<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967</id><updated>2012-02-16T20:19:44.075+01:00</updated><title type='text'>Batalla de Valdejunquera o de Muez</title><subtitle type='html'>Relato de la batalla que libraron en Navarra en el verano del 920 los reyes cristianos Ordoño II de León y Sancho Garcés I de Pamplona, contra el Emir de Al-Ándalus, Abderramán III. La batalla, que acabó en derrota estrepitosa, acaeció en tierras de los valles estelleses de Guesalaz y Yerri. Hubo muchos muertos cristianos. Los reyes se salvaron huyendo por los montes de Andía.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>13</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-8744872302923141796</id><published>2009-08-21T01:35:00.027+02:00</published><updated>2010-07-18T17:58:49.452+02:00</updated><title type='text'>Introducción</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlLErgV-I/AAAAAAAAAIo/OLZrb4dH384/s1600-h/372.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 260px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373890758780671970" border="0" alt="Crucero de Villanueva de Yerri sobre los escenarios de la batalla (Foto propia)" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlLErgV-I/AAAAAAAAAIo/OLZrb4dH384/s400/372.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;La historia del Reino de Pamplona arranca con Sancho Garcés I (905-925).&lt;/strong&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Aquel rey, primero de la dinastía Jimena, puso todo su empeño en recuperar los territorios arrebatados por los Banu Qasi del Ebro, poderosos e influyentes musulmanes que controlaban la Frontera Superior de Al-Ándalus, descendientes lejanos del conde Casius, un terrateniente godo que se pasó al Islam en el 714.&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt; &lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;Aquella decisión determinante la tomó el rey hacia el 910, y la llevó a la práctica en el cuadrante suroccidental de la actual Navarra, entonces País de Deio o Terram Degense, que comprendía las tierras entre el Arga y Álava. Aquella ardua empresa culminó en la conquista de la fortaleza de San Esteban sobre Monjardín, cuya ruinosa silueta sigue divisándose desde las inmediaciones del monte. Andando el tiempo, la comarca se convirtió en la próspera Merindad de las Tierras de Estella a raíz del auge que alcanzó el Camino de Santiago que cruzaba el territorio. De entre los diez valles originarios destacó Dierri, el cual no tardó en dividirse para formar el valle de Guesalaz, tomando él como nombre Val de Yerri, y que el curso del río Ubagua que nace de las entrañas de los montes de Andía apenas deslinda. Guesalaz está constituido por 15 concejos con capital administrativa en Muez, mientras que Yerri lo forman 19 con capital en Arizala. Ambos, sin embargo, entre finales del siglo XIX y mediados del XX vieron independizarse a tres de sus concejos más populosos: Salinas de Oro, Abárzuza y Lezaun.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FBSQyeLI/AAAAAAAAAG4/tK7W4FZd6a0/s1600-h/abderraman_3.jpg"&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 146px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372518400116553906" border="0" alt="Abderramán III, Emir de Al-Ándalus" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FBSQyeLI/AAAAAAAAAG4/tK7W4FZd6a0/s200/abderraman_3.jpg" /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;Los Valles desde la antigüedad no cesaron de acumular leyendas y hechos que de haberse podido confirmar los habría convertido en dos de los espacios con mayor peso histórico de Navarra. He ahí la posible localización en el concejo de Viguria del lugar natal del primer rey vascón Iñigo Arista, como había sugerido el etnólogo Julio Caro Baroja, o la misma existencia de un poblado de nombre Oro en cuyas inmediaciones hubo un castillo del que no quedó el menor rastro. Pero lo más relevante de estos Valles fue haber sido escenario, un 26 de julio del 920, de una trascendental batalla entre moros y cristianos, que pudo determinar la suerte futura de la Reconquista. En aquella fecha coincidieron por primera y última vez en Guesalaz y Yerri los tres monarcas más poderosos de la península ibérica de comienzos del siglo X: Abderramán III, Emir de Al-Ándalus, Sancho Garcés I, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León. La batalla acabó en estrepitosa derrota, salvándose los reyes y parte de sus hombres merced a los barrancos y montes de la sierra de Andía. Los cronistas árabes la denominaron batalla de Muez, probablemente porque con tal nombre designaron a ambos valles. Los cristianos, en cambio, la conocieron como batalla de Juncaria, que José de Moret en el siglo XVII universalizó como Valdejunquera, topónimo extraviado tiempo ha, que no obstante debió de corresponder a algún modesto paraje de Guesalaz, situado con toda probabilidad entre los concejos de Muez, Irujo y Arguiñano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8Czm495eI/AAAAAAAAAGw/zNlyLrnB498/s1600-h/castillo_villamayor.jpg"&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 214px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372515966112359906" border="0" alt="Castillo de Deio, desencadenante de la batalla de Valdejunquera" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8Czm495eI/AAAAAAAAAGw/zNlyLrnB498/s320/castillo_villamayor.jpg" /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;El Emir Abderramán, de claros orígenes navarros, viendo que sus generales eran derrotados una y otra vez por los reyes cristianos del norte peninsular, decide ponerse al frente de un poderoso ejército. Sale de Córdoba el 4 de junio del 920. Sancho Garcés I, el joven rey de Pamplona, mantiene a la sazón un férreo cerco a la ciudad mora de Tudela, que gobierna un Banu Qasi. El Emir pasa por Toledo y enfila el camino de Atienza hasta alcanzar Medinaceli (Soria). Allí, en vez de internarse por el desfiladero del Jalón -ruta habitual del valle del Ebro- se dirige a tierras del Duero, donde emprende una dura represión, arrebatándole al rey de León las plazas que tres años antes le había quitado. Desde San Esteban de Gormaz, en apurada marcha de cinco días, cruza el Ebro y se presenta al fin en la sitiada Tudela, el 19 de julio, un mes y medio después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FaygO7TI/AAAAAAAAAHA/ZX5PVPbvMG0/s1600-h/sancho1_garces.gif"&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 60px; FLOAT: right; HEIGHT: 140px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372518838267997490" border="0" alt="Sancho Garcés I, rey de Pamplona" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FaygO7TI/AAAAAAAAAHA/ZX5PVPbvMG0/s320/sancho1_garces.gif" /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;El rey Sancho, incapaz de hacer frente a tamaña fuerza, retrocede a Calahorra y Arnedo, momento que debió de aprovechar para pedir ayuda a su amigo Ordoño, que se hallaba por tierras de Nájera, en opinión de José María Lacarra. Liberada la ciudad, el Emir envía por delante a la caballería al mando del gobernador Banu Qasi, que por las inmediaciones de Sartaguda pasa el Ebro y toma al asalto la fortaleza de Cárcar. Pero no se detiene ahí, sino que se dirige hacia el corazón del País de Deio, arrasando todo lo que encuentra. El objetivo primordial tan al norte no podía ser otro que recuperar el castillo de San Esteban sobre el Monjardín, que el rey Sancho había conquistado hacia el 910.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FvIhNBTI/AAAAAAAAAHI/kB-xVTm5Qeg/s1600-h/Ordono_II.jpg"&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 119px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372519187775030578" border="0" alt="Ordoño II, rey de León" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So8FvIhNBTI/AAAAAAAAAHI/kB-xVTm5Qeg/s200/Ordono_II.jpg" /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#330033;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;La empresa prometía ser ardua, por lo que la caballería debió de esperar al Emir, que se hallaba en Calahorra. Sancho desde Arnedo también se pone en marcha hacia Deio, acaso con el propósito de defender el enclave, pero viendo que el ejército del gobernador acampaba en Dachero o Dixarra, un paraje a orillas del Ega que mencionan las crónicas árabes, se lanza al asalto por el glacis del Montejurra, pero fracasa y se ve obligado a huir hacia los montes de la sierra de Andía, únicos que podían acogerlo en aquellas circunstancias. Al cabo de la jornada llega por fin Abderramán, que nada sabía de lo que había acontecido. Satisfecho, quizás, imaginando cercano el fin de su enemigo, muy distinto debió de ser su semblante nada más despuntar el día cuando recibe la noticia de que Ordoño había conseguido unir sus fuerzas a las de Sancho en el transcurso de las últimas horas. El leonés habría cabalgado por Álava hacia el valle de la Barranca, y por el de Zumbel, entre Urbasa y Andía, habría ido al encuentro de Sancho. El más que previsible asalto moro al castillo del Monjardín quedaría descartado ante lo más apremiante: perseguir a los cristianos, a los que encuentran finalmente en los valles de Guesalaz y Yerri, bien porque buscaron un lugar propicio para el combate o bien porque acabaron atrapados tras la férrea persecución. El día de la lucha llega el 26 de julio del 920. El Emir logra vencerlos, causándoles gran mortandad. Los reyes huyen, salvándose por los montes. Los musulmanes emplean tres días en destruir pueblos y cosechas de los valles, y retornando al Ebro, por la ruta de Atienza se presentan al cabo de unas semanas en Córdoba, portando cientos de cabezas cristianas que exhiben orgullosos. &lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#660000;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Nota del autor&lt;/span&gt;: En los doce capítulos que presento, relato la que pudo ser la más determinante batalla del siglo X en los albores de la Reconquista, de haber perecido en ella los reyes Sancho Garcés y Ordoño. Perdieron la batalla y lograron salvarse. Es ésta la primera vez que se reconstruyen, total y fielmente, los itinerarios seguidos por los ejércitos y las propias jornadas bélicas.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#660000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;&lt;strong&gt;Accesos a &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;los &lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;valles de Guesalaz y Yerri&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#330000;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Malos y en regular estado, había constatado Pascual Madoz en el siglo XIX, los caminos de los valles se han transformadoen una red de carreteras interrelacionadas, que hacen de Guesalaz y Yerri los valle mejor comunicados de Navarra&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;strong&gt;Desde Pamplona por el puerto de Echauri&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG8SuZyusI/AAAAAAAAAHw/i5ybArIjekE/s1600-h/182.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 132px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373282860309592770" border="0" alt="Irujo y al fondo el Montejurra (foto propia)" src="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG8SuZyusI/AAAAAAAAAHw/i5ybArIjekE/s200/182.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; Guesalaz y Yerri son dos de los valles navarros mejor comunicados, con entradas en todas direcciones, la principal desde Pamplona por Echauri, remontando el puerto de 5 kms. por el glacis de Sarbil, sembrado de gigantescos monolitos desprendidos, que culmina a 840 m. bajo la mole rocosa del Cabezón. Qué espléndida vista de la Cuenca de Pamplona con el Arga serpenteando camino del desfiladero de Belascoáin. El descenso, entre tupidos encinales que apenas dejan entrever algún sendero que antaño cruzaban lobos y hoy, jabalíes y zorros durante las solitarias noches, corresponde a las tierras más orientales de Guesalaz. El trazado es reciente; ni siquiera aprovechó algún viejo sendero que comunicase con Echauri. La apertura del Camino Real a Pamplona llegó a finales del siglo XIX, por lo que en tiempos de la francesada ni los "brigantes" de Espoz y Mina osaban cruzar. Ellos, repetidas veces lo hacían por el camino que por el Esparaz descendía a Vidaurreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer pueblecito es Muniáin, aislado sobre un suave altozano entre trigales, cuya terminación en "ain" delata el nombre de su fundador romano, Munio o Muño. La carretera, aún flanqueada por nogales sobrevivientes de la costumbre de antaño, pasa por Izurzu, pueblo ganadero cuyos senderos se pierden por los montes circundantes, y entre curva y curva alcanza el fondo del diapiro, que ocupan las eras salineras, blancas, recortadas en cuadrículas que se llenan con el agua que mana salada de unos manantiales. El río Salado que nace dulce en el monte abandona el lugar por una angosta foz hasta morir en el embalse de Alloz. Las moles de roca desenterradas por el empuje diapírico se elevan de entre los montes, cual la Peña Grande, cuyo barranco impresiona desde la perspectiva de Salinas de Oro, el antiguo concejo que se independizó del valle a finales del siglo XIX. Envuelto el entorno en misterio y leyendas, sigue sin poder determinarse dónde se hallaba aquel paraje conocido por Oro y el castillo que mencionó José de Moret en el siglo XVII. Las miradas se centran en varios cerros, pero nada ha podido determinarse. El paisaje abierto de Tierra Estella se deja ver ampliamente desde la ermita de San Juan y San Pablo, a la vera de la carretera. Lejano se distingue la silueta del Montejurra.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desde Ollo y Goñi por el puerto de Guembe&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde puntos tan apartados como Irurzun, extremo oriental de la Barranca, se puede llegar también a Guesalaz. Pasada la foz de Oskía se accede por Anoz al valle diapírico de Ollo, desde donde se emprende la subida a las viejas Cinco Villas de Goñi, bien por el puerto de Ulzurrun a Azanza o bien por el de Arteta a Goñi. Ambas rutas se funden poco antes de Munárriz, último lugar habitado del alto valle instalado en la depresión oriental de Andía, y entre robles, encinas y enmarañados bojes viene el descenso por el gran cañón del Erragoz, impresionante desde cualquier perspectiva, hasta salir a Guembe, el recóndito pueblecito que se halla a menos de un kilómetro del de Vidaurre, que abre el paisaje a los trigales de Arguiñano e Irujo, otrora escenarios centrales de la batalla de Valdejunquera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde la Barranca por el puerto de Lizarraga&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Desde Echarri-Aranaz o desde Arbizu, cruzando el valle de Ergoyena al pie del llamativo morro antropomorfo de San Donato, hay que remontar el glacis de Andía, que es puro paisaje atlántico de hayedos, y pasar al pie de los escarpes calizos que semejan gigantescas dentaduras descarnadas, para atravesar finalmente el túnel que sale a la Venta de Lizarraga, los primeros terrenos del municipio de Lezaun, hoy independiente de Yerri. Junto a la venta comienza un atrayente recorrido de 3 kms. hacia el O., hacia la ermita de San Adrián, protector de las tormentas, situada sobre el roquedo que se ha considerado que es la confluencia geológica exacta de Urbasa y Andía. Por las inmediaciones iba la vía romana que subía de Bacaicoa y que descendía hasta el puente de Lorca, donde enlazaba con la del Ebro a Pamplona. Esa tuvo que ser la ruta que tomó Sancho Garcés hacia 910 cuando la conquista del castillo del Monjardín, y en 920, el rey de León, Ordoño II cuando acudió en su ayuda en la batalla de Valdejunquera. Todavía pueden verse claras muestras de vía empedrada en magnífico estado, pero ya su origen no es obra de romanos, sino de constructores rurales del siglo XVIII, con mejoras militares del general Tomás Zumalacárregui.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9Dm6LleI/AAAAAAAAAIA/NOlJyVbYHj0/s1600-h/185.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 130px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373283700111545826" border="0" alt="Inmediaciones de Salinas de Oro (Foto propia)" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9Dm6LleI/AAAAAAAAAIA/NOlJyVbYHj0/s200/185.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;La carretera NA-120, la segunda gran arteria de los Valles, deja la venta entre peladas laderas cercadas con toscos muros de piedras, que parecen contener retazos de encinas y espinos albares, que conforme se desciende van siendo sustituidos por corpulentas hayas que forman bosques de gran belleza; los hayedos siempre con ese halo de encantados. Ya se ven las ruinas de la vieja Venta de Zumbel y muy cerca, algunas casas del despoblado que había pertenecido al monasterio de Irache. Hasta esos parajes llegaba la Cañada Real de Tauste, cuyos rebaños se dispersaban hacia el monte por varios senderos. El entorno se hace valle despejado, aunque sin cursos de agua. Las huertas se extienden una tras otra, seguidas de rasos entreverados de encinas en los que pace el ganado vacuno de Lezaun, recio y cuidado pueblo de montaña por el que acceder al llano de Yerri tras sinuosa bajada hasta las Casetas de Ciriza, desolado medieval cuya iglesia parroquial es hoy solitaria ermita de Santa Catalina entre trigales. De no efectuar ese desvío, puede proseguirse hacia Estella por el barranco Erendazu, cual en tiempos la vía romana, hasta salir a Abárzuza, el primer concejo en independizarse del valle. Desde el pueblo parte la carretera que se dirige al monasterio de Iranzu, hasta salir a la espléndida explanada del viejo enclave religioso, que a su vez permite internarse hasta el corazón de Urbasa por el cañón de altas paredes por las que discurre el río homónimo, que se seca en verano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde Puente la Reina por el Alto de Guirguillano&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG8wRUdn2I/AAAAAAAAAH4/B4bIY-ehy4U/s1600-h/184.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 130px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373283367898685282" border="0" alt="Campos bélicos entre Irujo y Muez" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG8wRUdn2I/AAAAAAAAAH4/B4bIY-ehy4U/s200/184.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;En Puente la Reina, en la orilla derecha del Arga, se toma una carretera que se cruza con los peregrinos de Santiago que acaban de pasar el río por el viejo puente medieval. Es el camino de Artazu entre montes de pinares que apenas permiten distinguir la iglesia de Orendain, despoblado medieval. En lo más alto del entorno asoma la de Soracoiz, desolado por donde iba el viejo camino de Mañeru a Arzoz, confundido por algunos con una calzada romana. La ruta avanza por terrenos del valle de Mañeru, sube hasta Guirguillano y dobla el puerto en el magnífico balcón sobre los valles de Yerri y Guesalaz. Las aguas del embalse, encalmadas, refulgen al atardecer con el sol a punto de meterse por Urbasa y Andía. Lejanas se recortan las familiares cumbres del Montejurra y Monjardín. El descenso, por solitaria carretera, se realiza entre trigales predominantes, choperas por los resecos arroyos, barrancos que aparecen y desaparecen y por los concejos de Muzqui y Esténoz, muy cerca del cauce salitroso del Salado sobre el que se alza el crucero del puente de Viguria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde Estella por los pueblos de Grocin y Zurucuáin&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG95oILYRI/AAAAAAAAAIY/4GzXuyxygwM/s1600-h/189.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 130px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373284628151623954" border="0" alt="Camino viejo de Muez" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG95oILYRI/AAAAAAAAAIY/4GzXuyxygwM/s200/189.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;En Villatuerta, principal pueblo del valle de la Solana, que cruza de parte a parte el Camino de Santiago, hay una carretera local que remonta el curso del río Iranzu entre cuidadas huertas y parcelas con olivares y frutales, separadas unas de otras por pequeños ribazos. El acceso coincide con el antiguo camino que utilizaban los habitantes de los pueblos más occidentales de Yerri que se dirigían al mercado de Estella. Fue también ruta militar del general Concha, marqués del Duero, cuando la batalla de Muru, pero no como supuso José María Lacarra, del ejército de Abderramán III en la aceifa del 920, dado que las crónicas mencionaron que en el trayecto fueron atacados por los cristianos desde elevados montes, que no hay por esa parte del valle. El itinerario conduce finalmente a la NA-700, cerca de Murugarren, concejo en el lado occidental del valle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde Estella por los pueblos de Lácar y Alloz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos kilómetros más allá de Villatuerta hay nueva ocasión de acceder a los Valles. Al cabo de la cuesta que culmina en el desolado de Lorcatxipi, muy cerca de por donde entraba la cañada real de Tauste, arranca una estrecha carretera, recta en unos dos kilómetros, que deja a la espalda el Montesquinza y que se dirige a Lácar, concejo de Yerri fuera del ámbito geográfico, que figura en los anales militares como escenario de la aplastante derrota que infligió una columna carlista a un batallón liberal, sorprendido por la foz del Salado, hoy taponada por la presa del embalse. Viene enseguida Alloz, con el que ha de compartir iglesia parroquial en Santa María de Eguiarte, equidistante de ambos como indica el topónimo "sitio en medio". Tras él, y superada la cuesta de El Portillo, se entra en los Valles propiamente dichos. A un lado se ve el anchuroso trazado protegido de la cañada, que avanza por los campos del desolado de Montalbán, donde la recia casona del señorío aparece abandonada a la vera de la carretera. Una chopera que se mece los días de viento marca el curso del río Riezu, que viene de Abárzuza y del monasterio. Las casas de Arizala, capital de Yerri, y las de Ugar, se distinguen cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde Estella o Pamplona por el embalse de Alloz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9mstpAII/AAAAAAAAAIQ/17N4_0BMRZ8/s1600-h/186.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 133px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373284302964981890" border="0" alt="Muez y montes de Andía (Foto propia)" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9mstpAII/AAAAAAAAAIQ/17N4_0BMRZ8/s200/186.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;Entre los pueblos de Cirauqui y Lorca, la N-111 cruza el río Salado camino de Mendigorría para unirse al Arga. Unos metros antes, pasado el km.33, está la carretera que siguen los peregrinos unos cientos de metros antes de desviarse hacia el puente más legendario del siglo XII en España. El puente en el que el célebre peregrino poitevino Aymeric Picaud advertía a los atribulados caminantes que tuviesen cuidado con los asaltantes que allí los esperaban armados con cuchillos, pero sobre todo con que no bebiesen el agua del río porque era mortífera. ¿Sólo porque eran saladas, la sal que aflora ahí mismo del Gatzaga? Por ese puente pasaba la vía romana, y por él tuvo que tomar Abderramán III la dirección de los escenarios de Valdejunquera. La carretera, paralela al Salado, apenas visible entre crecidos carrizales, sale a un espacio cerrado que preside el convento de Santa María de San José. Un primer desvío de la misma se dirige al puerto de Arradia, que preside desde un alto las ruinosa ermita de San Quiriaco, donde aparecieron restos romanos, y cruzando un profundo tajo del monte se accede a los términos de Irurre y Garisoain. Otro desvío lleva a los pueblos de Alloz y Lácar y el tercero, que bordea el convento, lo hace en dirección a ese remanso de paz y belleza que es el contraembalse de Alloz, en plena zona diapírica. Cruza por la base de la presa y sube el monte hasta el concejo de Lerate, hoy a la vera del embalse y antaño vía de paso de la ruta romana por Villanueva de Yerri.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desde Estella a Yerri por Murugarren o Abárzuza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos accesos a los Valles muy próximos uno del otro. Por la calle que parte de la capital de la merindad paralela al Ega se llega a una bifurcación. Una carretera se dirige a la Valdega, por donde iba el antiguo ferrocarril de Vitoria, y a las Améscoas y Urbasa, mientras que la otra, la NA-120, lo hace hacia el túnel de Lizarraga por Bearin, otro de los concejos extremos de Yerri. Tras doblar el pequeño puerto de Muru se entra en el término de Abárzuza; en los campos en que fue abatido de un disparo fortuito cuando ya no había combate el Marqués del Duero, cuya muerte recuerda un sencillo monumento a la vera de la carretera. Poco antes comienza la NA-700, principio o fin de la arteria que recorre los Valles, que pasa por Murugarren entre enmarañados encinales, y por Zabal, rodeado de cuidadas huertas. Los terrenos son los más llanos de Yerri. La vista de los Valles es magnífica desde esa perspectiva. Lo es también la que se capta de las lejanas tierras de Tierra Estella, sobre las que se alzan inconfundibles los picos del Montejurra y del Monjardín y los escarpes verticales de la sierra de Santiago de Lóquiz, blancos cuando los ilumina el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde Olazagutía por el puerto de Urbasa&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9VgTeRqI/AAAAAAAAAII/5BogGeFdJMU/s1600-h/160.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 200px; FLOAT: right; HEIGHT: 134px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373284007576225442" border="0" alt="Montes de Andía hacia los valles" src="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG9VgTeRqI/AAAAAAAAAII/5BogGeFdJMU/s200/160.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;Desde las proximidades de la muga de Navarra con Álava, en Olazagutía u Olazti, extremo del valle de la Burunda, arranca la carretera que sube a la sierra de Urbasa, la única que recorre enteramente los ancestrales ámbitos pastoriles, entre corpulentas hayas y rasos interminables en los que pace el ganado durante todo el año. La ruta es moderna, no es histórica, aun tratándose de pastizales visitados desde la prehistoria, y se le atribuye su apertura al general Zumalacárregui cuando la guerra carlista. El descenso por la vertiente meridional se efectúa por parajes de gran belleza que permiten contemplar los descarnados escarpes del nacedero del Urederra que desemboca en el Ega. Se pasa por Zudaire, capital de la Améscoa Baja, y en dirección a Estella, se entra en Valdeallín al pie de la sierra de Lóquiz, del que se sale con el río por la foz de San Fausto, pasada la cual hay posibilidad a mano izquierda de acceder al recóndito subvalle de Eraul, el concejo más occidental de Yerri, que se cruza por su calle principal hasta doblar el portillo que preside una encina gigante de más de 500 años de edad, ya a la vista de Abárzuza.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;strong&gt;Historia de los valles de Yerri y Guesalaz&lt;br /&gt;(por Carlos Viñas)&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Entre las poblaciones romano-vasconas de la futura Navarra que mencionan los historiadores antiguos, la mayoría se situaba entre la Cuenca de Pamplona y la Ribera del Ebro. Era el extenso Ager Vasconum que abarcaba las merindades de Estella, Olite y Tudela. La identificación de Andelos, cercana a Mendigorría, no dejaba duda a la vista de sus ruinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Curnonium se sabe que lindaba con Los Arcos, por donde el Camino de Santiago enfila hacia Viana, y de Bitouris únicamente se tiene la sospecha de que podía tratarse de Vidaurreta en el valle de Echauri, pero más convincente es relacionarla con Viguria de Guesalaz, otrora su capital, no ya por proximidad física o por parecido con el nombre latino, sino por lo que había sugerido Julio Caro Baroja acerca de que fuese ése el lugar de origen del primer rey vascón de Pamplona, Iñigo Arista o Ariesta (el "ardiente" y no "el roble"). Algunos documentos medievales constatan que era de Bigorra o Bigoria, hoy Viguria, pero porque la historiografía de los últimos cuatro siglos se empeñó en que la grafía era Bigorre, todas las miradas desde entonces se dirigieron a la región allende el Pirineo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellas villas romanas eran las más importantes, pero tenían que existir otras sin notoriedad al margen de las rutas más transitadas, repartidas por valles al pie de las sierras de Urbasa y Andía, intensamente romanizadas con la llegada de los nuevos dueños y señores de la tierra. Soldados veteranos que por haber servido en las legiones en la larga guerra contra los pueblos del norte peninsular, a finales del siglo I a.d.C., fueron recompensados con poblaciones, bosques y campos. Aquello llevó a Caro Baroja a exponer su conocida teoría de que los topónimos de pueblos que acaban en "ano" y "ain" derivaban del nombre de sus propietarios, y entre los muchos ejemplos por Navarra cita tres referentes a los Valles: Muniáin, que procedería de Munio; Grocin, de Grotius y Arguiñano, de Argeus.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El proceso romanizador en esos pueblos tuvo que ser rápido e intenso pese a la falta de monumentos. Sólo algunos hallazgos ocasionales y dispersos que se circunscribían a unas cuentas aras, como la de la ermita de San Quiriaco de Arradia, término de Garisoáin, dedicada a Marcellus, de donde procede el topónimo local Marcaláin; las dos de Lerate en honor de la divinidad Lotsa, un trozo de una en Muzqui y otra muy reciente hallada en una escombrera de Irujo. Es notoria, asimismo, una lápida empotrada en un muro de la iglesia parroquial de Muez, capital de Guesalaz, en recuerdo de un veterano de las legiones, Ordunetsi. La importancia de los asentamientos en la futura Merindad de Estella, el auge que iba adquiriendo la agricultura con la implantación del arado, el uso de nuevos cultivos y los aprovechamientos forestales de los montes serranos, debieron de ser razones para abrir nuevas comunicaciones entre unas comarcas y otras. La más importante iba de la Barranca a Yerri y al puente de Lorca, con derivaciones a los valles de Mañeru y de la Solana. No tiene base sostener que un camino empedrado por Muzqui y Arzoz, en Guesalaz, fue calzada romana, tratándose de una vía rural del siglo XVIII que venía por el despoblado de Soracoiz. Otra vía como ésa existe aún entre Elzaburu de Basaburua Mayor y el alto embalse de Leurza. Los ejemplos se multiplican. No son tampoco verosímiles castillos medievales en los Valles, y no obstante citó uno casi inexpugnable José de Moret en el entorno de Salinas de Oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los siglos VI al VIII, hasta la invasión musulmana del 711, se caracterizaron por el acoso constante de los reyes godos, que chocan a menudo con los vascones, probablemente por no querer estos someterse al patrón unificador de la península ibérica, lo que hace que muchos de ellos se desplazasen con afán liberalizador hacia las comarcas de la cuenca alta del río Zadorra, hoy Álava, en las que moraban los várdulos, quienes se vieron forzados a emigrar en buena parte al solar del condado de Castilla y a los montes de Tulonio sobre el Ebro (hoy sierra de Tuloño). Los vascones que prefirieron quedarse en valles como Guesalaz y Yerri, hallándose próximos a la vía que subía de la Ribera por Los Arcos y dado su relativo aislamiento, es muy probable que experimentasen incrementos de población con la gente que huía de los godos. La vida rural hubo de continuar su andadura histórica hasta otro tiempo de sobresaltos. La entrada en suelo peninsular de los invasores musulmanes, cuya presencia en el valle de Ebro no se conoció hasta el verano del 714 con la gran expedición de Musa y Tariq, los arietes de la conquista, iba a provocar grandes cambios en la trayectoria histórica de la futura Navarra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primero fue el encuentro el verano de aquel año con el poderoso conde godo Casius, quien para conservar sus extensos dominios decidió renegar del cristianismo y convertirse al Islam. Sus descendientes, los belicosos Banu Qasi, se convertirían muy pronto en parte fundamental del reino de Iñigo Arista. A aquel encuentro siguió otro no menos sorprendente sólo días después: el descubrimiento árabe de los vascones, gentes del campo ocupadas en las faenas de la recolección, los primeros que veían y que tan mala impresión causaron en los cronistas. Aunque no hay acuerdo entre los historiadores, hay razones para suponer que aquella embajada cruzó el Ebro y se internó hacia el norte por la vía de Los Arcos hasta alcanzar la línea del río Ega, no en vano eran las únicas tierras que no dominó Casius hasta pasados dos siglos cuando sus hijos, caminando por la misma vía, establecen la Frontera Superior del reino de Al-Ándalus entre el Monjardín y el Montejurra, que vigilaban desde la fortaleza de San Esteban sobre el primero de los montes, que hacia el 910 les arrebató Sancho Garcés I. Aquella acción, porque se consideró osado desafío, condujo diez años después a la aceifa, a la operación de castigo contra el reino de Pamplona, encabezada por el Emir Abderramán III, la cual como es sabido concluyó en batalla de Valdejunquera en julio del 920, en campos de Yerri y Guesalaz. Fue precisamente la crónica de Ibn Idari -descubierta en el siglo XIX- la que reveló por primera vez que los Valles estaban habitados, como lo pone de manifiesto que una vez conseguida la victoria sobre los cristianos, empleasen los musulmanes tres días cabales en arrasar campos y cosechas, llevándose a Córdoba la producción del trigo y cientos de caballos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia finales del siglo XIII, la Merindad de las Tierras de Estella mantenía ya una sólida división en diez valles, entre los que sobresalían por su dimensión La Berroza y Dierri, formados de la partición del antiguo Deio o Terram Degense, los cuales no tardaron en dividirse en otros menores en los que procuró respetarse la topografía más relevante, como ríos, montes y valles geográficos que apenas deslindaban altos y portillos. Los valles como tales iban a convertirse en lo sucesivo en principales aglutinantes de pueblos y gentes con derechos y prerrogativas. De La Berrueza surgieron el de Aguilar (con algunas villas hoy alavesas) y el de Valdega; y de Dierri, el actual Yerri y el de Guesalaz, cuya línea divisoria siguió el curso del río Ubagua entre los pueblos de Iturgoyen, Riezu, Muez y Lerate. La unidad que marcaba la topografía quedaba salvaguardada, a excepción de los concejos de Alloz, Lorca, Bearin y Uraul, y un Lezaun perdido en el monte, que quedaron fuera, aunque no administrativamente. La población, superadas las grandes pestes bubónicas de los años 1348 y 1362 -la última bien tardía, en 1599-, que afectaron a Navarra entera y naturalmente a los valles estelleses, encontraron la estabilidad y la prosperidad que se había iniciado con el siglo XIII, que trajo cambios notorios en el aspecto de los pueblos, que ganaban más espacio habitable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas iglesias románicas de los siglos XI y XII, pesadas, angostas y oscuras, fueron sustituidas por las más esbeltas y luminosas góticas, pero conservando portadas y ábsides. Las que aún subsisten con el viejo estilo se debe a un temprano abandono de los pueblos, cual Ciriza de Yerri, por ejemplo, cuya iglesia es hoy encantadora ermita de Santa Catalina entre los dorados trigales. Otros lugares como Burumendi, Opaco, Zurbano, Erendazu… desaparecieron sin dejar rastro, bien porque acabaron diezmados por las pestes, bien porque fueron absorbidos por los pueblos limítrofes más ricos o bien porque entraron a formar parte de otros de nuevo cuño, como Villanueva de Yerri. La cañada real de Tauste, que permitía a los rebaños de la Ribera acceder a los pastizales de Andía, fue otra gran novedad de aquel tiempo. Pero a las pestes siguió otra clase de penurias. La guerra civil de la Navarra del siglo XV, entre agramonteses y beamonteses, sacudió los valles de Tierra Estella con virulencia, más que por quebrantos derivados de la merma de población, por las severas privaciones derivadas de los gastos de guerra, que obligó a algunos pueblos a poner en venta parte de las tierras comunales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los siglos XVI y XVII fueron también de prosperidad para los valles de Guesalaz y Yerri, cuyas gentes seguían proyectando la actividad comercial hacia Estella, hacia el mercado semanal, activo desde la Edad Media, al que acudían por tres antiguas rutas. Las dos que se fundían al paso por la estrecha foz del embalse para incorporarse al Camino Real en el puente de Lorca, y una tercera, la más occidental de Yerri, que seguía el curso del Iranzu por Murugarren y Grocin a Villatuerta. Fue aquella una larga etapa que traería nuevas remodelaciones arquitectónicas de las iglesias parroquiales y de las viviendas, muchas de ellas recias casonas que aún pueden admirarse en los pueblos. La vida parecía haberse estabilizado hasta comienzos del siglo XIX, en que es interrumpida bruscamente con el sometimiento napoleónico de Navarra. La represión en Estella y en las poblaciones aledañas al camino de Pamplona, fue intensa. Guesalaz y Yerri quedaron al margen de la presencia francesa, aislados entonces de la Cuenca de Pamplona vía Echauri. Consta alguna visita francesa a Arzoz desde Puente la Reina, siguiendo los pasos de Espoz y Mina, el "brigante" de Idocin, que en sus frecuentes correrías de la sierra de Andía solía hospedarse en dicho pueblo. Tras la francesada vinieron las guerras carlistas, que resultaron cruentas en esas tierras, y no hay más que recordar las masacres de Lácar y Abárzuza, donde murió el famoso general Concha, pero en cambio no repercutieron en daños sobre pueblos y gentes, tratándose de fuerzas combatientes de procedencia foránea de uno y otro sino…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya adentrados en el siglo XX, los Valles seguían manteniendo sus campos dedicados al cultivo del trigo, cuya producción solía quedar en su mayor parte para casa. Hacer pan era primordial en las familias de prole numerosa, pero una parte se llevaba a vender, juntamente con vino y aceite. Primordial era disponer también de cerdos y vacas, para cuyo alimento se cultivaba maíz. Los bueyes, que se requerían para las tareas más pesadas del campo, solían ser caros. Se procuraba sembrar todo lo que se podía en reducidas huertas al lado de las casas. La guerra civil se llevó a muchos hombres, cuyos brazos hubieron de suplir con esfuerzo los hermanos menores… Conforme se alcanza la década de los años cincuenta, los campos de trigo se convierten en predominantes. Los primigenios quejigales y encinales que descendían de los montes al llano, cada año disminuían. A más campos, más trabajo. Las faenas duraban de sol a sol y las fiestas patronales tenían que celebrarse ya al borde del invierno… La vida era laboriosa y llena de privaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La concentración parcelaria iba imponiéndose valle a valle. Llega la hora del éxodo rural de mediados de los años sesenta cuando desde Pamplona, principalmente, se reclama mano de obra para la industria que llegaba a Navarra. Los más jóvenes se van. Empieza a venderse el ganado de labor y a abandonarse las piezas. Muchos padres siguen los pasos de sus hijos; algunos, ya mayores, tienen que aceptar trabajos de menor cuantía. Las casas de los pueblos van cayéndose poco a poco; el adobe y la carencia de piedras sillares las echa abajo. Los Valles aún permanecían unidos cada uno en su jurisdicción, hasta finales del siglo XIX en que llegan las desmembraciones de Salinas de Oro y Abárzuza, seguida en 1951 de la de Lezaun, que se separa de Yerri. Valles tan tradicionales en Navarra como Roncal y Salazar se desintegraron. Otros como el jacobeo Esteríbar, el mayor de la comunidad autónoma, permanece unido. Navarra, que había sido la región española que regía su vida municipal por el mayor número de valles, después de Cantabria, pasaba a quedarse con los 30 actuales…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la historia a grandes trazos hay que pasar a la evolución toponímica de la comarca de Tierra Estella y a su relación con Guesalaz y Yerri, no en vano tantas fueron las cavilaciones por determinar si el espacio entre Urbasa-Andía y el Ebro y las cuencas del Ega y Arga correspondía en verdad a aquel etnónimo "navarros", despectivo según algunos hacia las gentes del campo, que por ser mayoritarias acabaron dando nombre al reino de Navarra. En lo que no debe de quedar duda es que el actual topónimo "Yerri" es reliquia del primigenio Degio o Deio, cuya cabeza visible era el castillo de San Esteban de Monjardín. Degio, supuso Caro Baroja que debía de ser adaptación medieval de un destacado antropónimo comarcal, Degius, relacionado con algún influyente propietario romano, cual en el siglo VIII el conde godo Casius en tierras del Ebro. De las diferentes grafías parece que quedó afianzada en la documentación medieval más tardía la de "Terram Degense", que la gente del pueblo de habla vasca predominante acabaría convirtiendo en Deierri, conjuntando el romance Deio con el vasco "erri", sinónimo de "país" y "tierra". Tanto es así que en el siglo XIII, el Fuero Antiguo de Navarra lo constaba ya como Deierri, una de las regiones españolas a salvo de la conquista musulmana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el siglo XV el Príncipe de Viana en su "Crónica de los Reyes de Navarra", además de mencionar la existencia de una "Navarra Vieja" que ciñe a los territorios estelleses, reflejaba el topónimo del valle con cierta deformación: "E llámese la antigua Navarra estas tierras, a saber: las Cinco Villas de Goñi, de Yerri, Valdelana, Amescoa, Valdegabol, Campezo e la Berrueza e Ocharan". Es obvio que lo que pretendió el Príncipe fue corregir lo que supuso un error del Fuero Antiguo, por lo que "Deierri" vio separada la "De" inicial, que pasó a preposición antepuesta a "Ierri" o "Yerri". El juego de palabras y los parecidos semánticos llevaron en el siglo XIX al archivero general José Yanguas y Miranda a volver sobre las palabras del Príncipe Carlos y deducir no sin asombro que "tomando la voz nava y uniéndola a Yerri podría haberse llamado Navaerri al valle de Yerri, y después, por contracción, Navaerri, para llegar finalmente a Navarra". Julio Caro Baroja tomó también en consideración que la misteriosa "Navarra vieja" de que hablaba era "una verdadera unidad geográfica, un país que por el norte termina con el tajo inmenso de las sierras de Urbasa y Andía", y lo corrobora con los fueros de Tudela y Gallipienzo, que consideraban a Alfonso el Batallador, en el siglo XII, como reinante "in Aragonia, in Irunia, in Navarra". En lo mismo incidió el profesor Floristán Samames con respecto a que si los montes de Andía (que durante mucho tiempo comprendían las sierras de Urbasa, Encía, Sarbil, Satrústegui y San Donato) figuraban en los mandamientos reales más antiguos como de uso exclusivo de los navarros, pudo deberse a que por tales se entendía los moradores de los valles limítrofes, entre ellos naturalmente los de Guesalaz y Yerri.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-8744872302923141796?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/8744872302923141796/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=8744872302923141796' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/8744872302923141796'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/8744872302923141796'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/introduccion_21.html' title='Introducción'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlLErgV-I/AAAAAAAAAIo/OLZrb4dH384/s72-c/372.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-4430309615201505755</id><published>2009-08-21T01:33:00.002+02:00</published><updated>2009-08-25T15:35:54.866+02:00</updated><title type='text'>Capítulo I. El rey Sancho Garcés recupera las tierras conquistadas por los musulmanes</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPoggM-QGI/AAAAAAAAAJI/QKdx95vUb98/s1600-h/362.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 210px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPoggM-QGI/AAAAAAAAAJI/QKdx95vUb98/s320/362.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373894425480937570" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La aceifa musulmana del 920, emprendida contra el reino de Pamplona, acabó en batalla en Valdejunquera, un modesto paraje de las inmediaciones del pueblecito de Muez, hoy capital administrativa del valle estellés de Guesálaz. Aun lo temprano de las fechas, fue aquel uno de los más trascendentes encontronazos de la larga y penosa Reconquista, no en vano se enfrentaban por primera y última vez los tres personajes más poderosos del siglo X en suelo peninsular: los reyes Sancho Garcés I (40 años) y Ordoño II de León (47 años) contra Abderramán III, Emir de Al-Ándalus (29 años). Aceifa y batalla fueron descritas con notoria precisión de fechas en dos crónicas árabes descubiertas a mediados del siglo XIX: una de Arib Ibn Saad, historiador contemporáneo de los hechos, traducida al inglés por Pascual Gayangos y al castellano por Ángel Casimiro de Govantes, y otra de Ibn Idari, que data del siglo XIV y que es compilación de la anterior con el título "Al- Bayan al- Mugrib", que tradujo al francés el orientalista Edmond Fagnan. Por el lado cristiano se conoce desde el siglo XII el cronicón de Sampiro, obispo de Astorga, personaje que fue también contemporáneo de la batalla, fallecido en1041, cuyo relato fue conocido por las compilaciones del llamado Silense, un monje de Silos (1110), que se mantuvo fiel a los hechos, y de Pelayo, obispo de Oviedo (1130), que los alteró en buena parte, arrastrando a la confusión al ilustre jesuita pamplonés José de Moret, autor de los famosos "Anales del Reino de Navarra", cuyas apreciaciones de la batalla, pese a la fuerte incidencia de la fantasía y el legendarismo como consecuencia de ignorar cualquier fuente árabe, acabarían imponiéndose como relato oficial de lo acontecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPopuThx_I/AAAAAAAAAJQ/QdMsPV6pYi8/s1600-h/193.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 207px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPopuThx_I/AAAAAAAAAJQ/QdMsPV6pYi8/s320/193.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373894583885350898" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Hay paisajes en Navarra de gran belleza como el valle de Baztán, intensamente históricos como la Cuenca de Pamplona o la llanada de Roncesvalles, pero ninguno como Tierra Estella que represente mejor y con mayor nitidez la frontera que separaba la Cristiandad de las tierras usurpadas por el Islam, cuya frontera septentrional por tierras de la actual Navarra se estableció, desde finales del siglo IX, en el espacio que media entre los montes Monjardín y Montejurra. Pero entonces las fronteras de moros y cristianos no se trazaban siguiendo nítidas líneas latitudinales, valles geográficos o demarcaciones municipales, sino cadenas montañosas como las sierras de Urbasa y Andía, ríos longitudinales como el Ebro, o inhóspitos y extensos desiertos como los que se crearon al norte del Duero, sin desdeñar que los desplazamientos de ejércitos tan numerosos habían de ceñirse, por lo demás, a las grandes vías romanas que dejaron intactas los godos cuando hubieron de retirarse tras la cordillera Cantábrica. Todo espacio que se alejase de los trazados oficiales se convertía inexorablemente en tierra de nadie, en frontera que se respetaba por miedo a lo que hubiera más allá. En la parte de Estella, el valle por el que desciende el río Ega en busca del Ebro no debió de conocer tránsito alguno hasta tiempos tan recientes como las guerras napoleónicas y carlistas, y lo mismo cabe decir de la extensa franja que media entre la sierra del Perdón y el llano de Tafalla, próximas al feudo Banu Qasi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corría el año 714 cuando la llegada al Ebro de los conquistadores de la Hispania goda. Musa y Tarik, en avasalladora marcha desde Tarifa, fueron conquistando pueblos y valles, hasta alcanzar en ese año Zaragoza, a donde accedieron desde Medinaceli cruzando el magnífico desfiladero del Jalón, ruta que habrían de seguir los ejércitos moros durante los siglos IX y X para atacar Álava y Castilla, con el fin de evitar el desierto del Duero. Musa y Tarik prosiguieron la marcha expedicionaria remontando el curso del Ebro por la vía romana de su margen derecha, y al poco de Zaragoza iba a trazarse una página de la historia. Al encuentro les salió un personaje de nombre Casius, poderoso conde godo que dominaba las tierras de Olite a Ejea, que con el propósito de conservar sus dominios no vaciló en renegar de sus creencias y convertirse al islamismo, lo que hubo de demostrar yendo a postrarse a los pies del emir en Bagdad. A su regreso, él y su belicosa descendencia fueron ganando fama, primero desde la sede de Borja (Zaragoza) y desde el siglo IX en Tudela, sin faltar temporales residencias en la disputada Viguera riojana. Quiso el destino que la estirpe de los Banu Qasi no sólo fuese decisiva en el desarrollo de los acontecimientos del joven reino de Pamplona, a cuya creación contribuyeron aupando al poder a sus parientes los reyes de la dinastía vascona Arista, sino en los continuos desafíos hacia el mismo poder central de los emires de Córdoba, los reiterados ataques a Álava y Castilla y los esfuerzos por truncar el reinado de Sancho Garcés I.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gran batalla que conoció el valle de Guesálaz empezó a fraguarse en el año 905, cuando Sancho se proclama rey de Pamplona (905-925), primer monarca de la dinastía Jimena que venía a sustituir a la Arista que regía a la sazón el viejo y caduco Fortún Garcés (870-905) desde una celda del monasterio de Leire, adonde se había retirado. La trascendencia del acontecimiento quedó reflejada en un cronicón posterior muchas veces citado: "Surrexit in Pampilona rex nomine Sancio Garseanis". Comenzaban así los veinte años más prósperos del futuro reino de Navarra, que dedicó aquel rey a la ingente tarea de recuperar las tierras que habían ido cayendo en poder de los Banu Qasi. No sólo era imprescindible para tal fin enfrentarse a aquella familia, sino romper definitivamente las estrechas alianzas que mantenían desde el año 803 con los Arista, dinastía nunca reconocida por los reyes asturianos, que a la sazón dominaban en Álava y en el condado de Castilla. Uno de los representantes más notorios de los Banu Qasi era Lubb Ibn Muhammad (898-907), que no cesó de acosar los límites territoriales de Sancho Garcés, hasta el otoño del 907 en que muere en un combate con él, como constató Ibn Idari: "Lubb tan pronto como oyó los gritos de guerra se precipitó a caballo, pero cayó en una primera emboscada y después en una segunda. Lo rodearon por todas partes y pereció con aquellos de sus compañeros que escogieron el martirio".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El choque debió de librarse en algún lugar meridional de la Cuenca de Pamplona, muy próximo, probablemente, al paraje que había escogido para erigir una fortaleza, lo que Sancho no estaba dispuesto a tolerar. "Marchó contra Pamplona, y temerario como era fue a acampar no lejos de allí, donde comenzó a levantar el castillo de Heriz", refiere Ibn Idari, y que José María Lacarra supuso que se trataba de un lugar del entorno del puerto del Carrascal, entre la sierra de Aláiz y los pueblos de Oriz y Olóriz, aunque más probable es que tuviese que ver con Enériz o con el monte aledaño, el Añorbe, corazón geográfico de Navarra, donde todavía figura un significativo topónimo, "Gazteluzar" (castillo viejo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muerte de Lubb (Lope) no se ciñó a un acontecimiento menor, a un asunto interno del reino de Pamplona. Su trascendencia repercutió poderosamente en las ansias reconquistadoras de Sancho Garcés, del rey Alfonso III de Asturias y muy especialmente de los condes castellanos porque, como apuntó Sánchez Albornoz, podía "Castilla avanzar hacia el sur hasta ganar en 912 las márgenes del Ebro". Los Banu Qasi, en cambio, veían el principio de la decadencia familiar, con escasas esperanzas que albergar con el sustituto de Lubb, su hermano Abd Allah ibn Muhammad (907-915), personaje retraído y carente de iniciativas que acabaría enclaustrado entre los muros de su castillo de Tudela, como Sancho VII el Fuerte siglos más tarde, aunque por motivos bien diferentes. Consciente de lo ventajoso de la situación, el joven rey Sancho no titubeó en lanzarse a la ofensiva. Para ello fue abriendo frentes hacia Carcastillo, Olite, Tafalla, Falces y Cárcar, extenso arco territorial que arrebata con prontitud y que ha de culminar con la empresa más ardua, la conquista del País de Deio, "la obra definitiva de su juventud por la que guardaría el resto de sus días grato recuerdo" (Lacarra), no en vano representó "el primer pedazo de solar navarro que rescató de la dominación musulmana" (Arbeloa). Aquella empresa tenía una cabeza visible: la fortaleza que los Banu Qasi habían erigido en la cima del Monjardín o "Mons Jardini" (890 m.) -todavía a la vista desde los valles limítrofes-, conceptuada por José de Moret como "un padrastro perjudicialísimo para Navarra que se retenía por los moros", el cual, andando el tiempo, en pleno siglo XII de las peregrinaciones a Santiago, la "Crónica de Turpín" convirtió en fantástico escenario del combate entre Furro, príncipe de los navarros, y el rey Carlomagno. El monte cayó y pasó a convertirse en "el lugar más seguro en el que Sancho tenía toda su confianza", había admitido el propio Ibn Idari, lo que debió de ser cierto a tenor de la decisión de ordenar que fuese en ese lugar cimero donde recibiese sepultura, y años después su hijo García Sánchez I, lo que daría pie a que algunos historiadores dejasen entrever que la dinastía Jimena podía ser oriunda de algún valle del País de Deio, de donde habría partido para alzarse con el poder en Pamplona, pero la crónica árabe de la aceifa del 924 había dejado bien claro que la "aldea del cristiano" que buscaban ansiosamente los moros estaba en alguna parte de las tierras orientales del reino, seguramente por la Tierra de Sangüesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las victorias de Sancho, incapaces de impedirlas los Banu Qasi, llegaron a ser motivo de seria preocupación en la capital de Al-Ándalus. En Córdoba, el poderoso y enérgico Abderramán III, determinó ponerse al frente de un ejército hacia la Frontera Superior, que a finales de julio del 920 lo llevaría a enfrentarse no sólo con Sancho Garcés, sino con Ordoño II de León, con el que no contaba. La contundencia del ataque fue fuerte aquel año 920, pero lo sería aún más en el 924, arrasando gran parte del reino pamplonés. No importó gran cosa el origen navarro del Emir; su madre era una cautiva del país, Muzna, que se casó con el príncipe Muhammad, primogénito de la infanta Iñiga Fortún, hija del rey Fortún Garcés, madre por otro matrimonio posterior de la reina Toda Aznar, la valerosa esposa de Sancho Garcés. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#990000;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Guesalaz y Yerri en su historia&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#003300;"&gt;Estas comarcas formaron parte del antiguo País&lt;br /&gt;de Deio o Terram Degense.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Entre las poblaciones romano-vasconas de la futura Navarra que mencionan los historiadores antiguos, la mayoría se situaba entre la Cuenca de Pamplona y la Ribera del Ebro. Era el extenso Ager Vasconum que abarcaba las merindades de Estella, Olite y Tudela. La identificación de Andelos, cercana a Mendigorría, no dejaba duda a la vista de sus ruinas. De Curnonium se sabe que lindaba con Los Arcos, por donde el Camino de Santiago enfila hacia Viana, y de Bitouris únicamente se tiene la sospecha de que podía tratarse de Vidaurreta en el valle de Echauri, pero más convincente es relacionarla con Viguria de Guesalaz, otrora su capital, no ya por proximidad física o por parecido con el nombre latino, sino por lo que había sugerido Julio Caro Baroja acerca de que fuese ése el lugar de origen del primer rey vascón de Pamplona, Iñigo Arista o Ariesta (el "ardiente" y no "el roble"). Algunos documentos medievales constatan que era de Bigorra o Bigoria, hoy Viguria, pero porque la historiografía de los últimos cuatro siglos se empeñó en que la grafía era Bigorre, todas las miradas desde entonces se dirigieron a la región allende el Pirineo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellas villas romanas eran las más importantes, pero tenían que existir otras sin notoriedad al margen de las rutas más transitadas, repartidas por valles al pie de las sierras de Urbasa y Andía, intensamente romanizadas con la llegada de los nuevos dueños y señores de la tierra. Soldados veteranos que por haber servido en las legiones en la larga guerra contra los pueblos del norte peninsular, a finales del siglo I a.d.C., fueron recompensados con poblaciones, bosques y campos. Aquello llevó a Caro Baroja a exponer su conocida teoría de que los topónimos de pueblos que acaban en "ano" y "ain" derivaban del nombre de sus propietarios, y entre los muchos ejemplos por Navarra cita tres referentes a los Valles: Muniáin, que procedería de Munio; Grocin, de Grotius y Arguiñano, de Argeus. El proceso romanizador en esos pueblos tuvo que ser rápido e intenso pese a la falta de monumentos. Sólo algunos hallazgos ocasionales y dispersos que se circunscribían a unas cuentas aras, como la de la ermita de San Quiriaco de Arradia, término de Garisoáin, dedicada a Marcellus, de donde procede el topónimo local Marcaláin; las dos de Lerate en honor de la divinidad Lotsa, un trozo de una en Muzqui y otra muy reciente hallada en una escombrera de Irujo. Es notoria, asimismo, una lápida empotrada en un muro de la iglesia parroquial de Muez, capital de Guesalaz, en recuerdo de un veterano de las legiones, Ordunetsi. La importancia de los asentamientos en la futura Merindad de Estella, el auge que iba adquiriendo la agricultura con la implantación del arado, el uso de nuevos cultivos y los aprovechamientos forestales de los montes serranos, debieron de ser razones para abrir nuevas comunicaciones entre unas comarcas y otras. La más importante iba de la Barranca a Yerri y al puente de Lorca, con derivaciones a los valles de Mañeru y de la Solana. No tiene base sostener que un camino empedrado por Muzqui y Arzoz, en Guesalaz, fue calzada romana, tratándose de una vía rural del siglo XVIII que venía por el despoblado de Soracoiz. Otra vía como ésa existe aún entre Elzaburu de Basaburua Mayor y el alto embalse de Leurza. Los ejemplos se multiplican. No son tampoco verosímiles castillos medievales en los Valles, y no obstante citó uno casi inexpugnable José de Moret en el entorno de Salinas de Oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los siglos VI al VIII, hasta la invasión musulmana del 711, se caracterizaron por el acoso constante de los reyes godos, que chocan a menudo con los vascones, probablemente por no querer estos someterse al patrón unificador de la península ibérica, lo que hace que muchos de ellos se desplazasen con afán liberalizador hacia las comarcas de la cuenca alta del río Zadorra, hoy Álava, en las que moraban los várdulos, quienes se vieron forzados a emigrar en buena parte al solar del condado de Castilla y a los montes de Tulonio sobre el Ebro (hoy sierra de Tuloño). Los vascones que prefirieron quedarse en valles como Guesalaz y Yerri, hallándose próximos a la vía que subía de la Ribera por Los Arcos y dado su relativo aislamiento, es muy probable que experimentasen incrementos de población con la gente que huía de los godos. La vida rural hubo de continuar su andadura histórica hasta otro tiempo de sobresaltos. La entrada en suelo peninsular de los invasores musulmanes, cuya presencia en el valle de Ebro no se conoció hasta el verano del 714 con la gran expedición de Musa y Tariq, los arietes de la conquista, iba a provocar grandes cambios en la trayectoria histórica de la futura Navarra. Primero fue el encuentro el verano de aquel año con el poderoso conde godo Casius, quien para conservar sus extensos dominios decidió renegar del cristianismo y convertirse al Islam. Sus descendientes, los belicosos Banu Qasi, se convertirían muy pronto en parte fundamental del reino de Iñigo Arista. A aquel encuentro siguió otro no menos sorprendente sólo días después: el descubrimiento árabe de los vascones, gentes del campo ocupadas en las faenas de la recolección, los primeros que veían y que tan mala impresión causaron en los cronistas. Aunque no hay acuerdo entre los historiadores, hay razones para suponer que aquella embajada cruzó el Ebro y se internó hacia el norte por la vía de Los Arcos hasta alcanzar la línea del río Ega, no en vano eran las únicas tierras que no dominó Casius hasta pasados dos siglos cuando sus hijos, caminando por la misma vía, establecen la Frontera Superior del reino de Al-Ándalus entre el Monjardín y el Montejurra, que vigilaban desde la fortaleza de San Esteban sobre el primero de los montes, que hacia el 910 les arrebató Sancho Garcés I. Aquella acción, porque se consideró osado desafío, condujo diez años después a la aceifa, a la operación de castigo contra el reino de Pamplona, encabezada por el Emir Abderramán III, la cual como es sabido concluyó en batalla de Valdejunquera en julio del 920, en campos de Yerri y Guesalaz. Fue precisamente la crónica de Ibn Idari -descubierta en el siglo XIX- la que reveló por primera vez que los Valles estaban habitados, como lo pone de manifiesto que una vez conseguida la victoria sobre los cristianos, empleasen los musulmanes tres días cabales en arrasar campos y cosechas, llevándose a Córdoba la producción del trigo y cientos de caballos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia finales del siglo XIII, la Merindad de las Tierras de Estella mantenía ya una sólida división en diez valles, entre los que sobresalían por su dimensión La Berroza y Dierri, formados de la partición del antiguo Deio o Terram Degense, los cuales no tardaron en dividirse en otros menores en los que procuró respetarse la topografía más relevante, como ríos, montes y valles geográficos que apenas deslindaban altos y portillos. Los valles como tales iban a convertirse en lo sucesivo en principales aglutinantes de pueblos y gentes con derechos y prerrogativas. De La Berrueza surgieron el de Aguilar (con algunas villas hoy alavesas) y el de Valdega; y de Dierri, el actual Yerri y el de Guesalaz, cuya línea divisoria siguió el curso del río Ubagua entre los pueblos de Iturgoyen, Riezu, Muez y Lerate. La unidad que marcaba la topografía quedaba salvaguardada, a excepción de los concejos de Alloz, Lorca, Bearin y Uraul, y un Lezaun perdido en el monte, que quedaron fuera, aunque no administrativamente. La población, superadas las grandes pestes bubónicas de los años 1348 y 1362 -la última bien tardía, en 1599-, que afectaron a Navarra entera y naturalmente a los valles estelleses, encontraron la estabilidad y la prosperidad que se había iniciado con el siglo XIII, que trajo cambios notorios en el aspecto de los pueblos, que ganaban más espacio habitable. Las viejas iglesias románicas de los siglos XI y XII, pesadas, angostas y oscuras, fueron sustituidas por las más esbeltas y luminosas góticas, pero conservando portadas y ábsides. Las que aún subsisten con el viejo estilo se debe a un temprano abandono de los pueblos, cual Ciriza de Yerri, por ejemplo, cuya iglesia es hoy encantadora ermita de Santa Catalina entre los dorados trigales. Otros lugares como Burumendi, Opaco, Zurbano, Erendazu… desaparecieron sin dejar rastro, bien porque acabaron diezmados por las pestes, bien porque fueron absorbidos por los pueblos limítrofes más ricos o bien porque entraron a formar parte de otros de nuevo cuño, como Villanueva de Yerri. La cañada real de Tauste, que permitía a los rebaños de la Ribera acceder a los pastizales de Andía, fue otra gran novedad de aquel tiempo. Pero a las pestes siguió otra clase de penurias. La guerra civil de la Navarra del siglo XV, entre agramonteses y beamonteses, sacudió los valles de Tierra Estella con virulencia, más que por quebrantos derivados de la merma de población, por las severas privaciones derivadas de los gastos de guerra, que obligó a algunos pueblos a poner en venta parte de las tierras comunales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los siglos XVI y XVII fueron también de prosperidad para los valles de Guesalaz y Yerri, cuyas gentes seguían proyectando la actividad comercial hacia Estella, hacia el mercado semanal, activo desde la Edad Media, al que acudían por tres antiguas rutas. Las dos que se fundían al paso por la estrecha foz del embalse para incorporarse al Camino Real en el puente de Lorca, y una tercera, la más occidental de Yerri, que seguía el curso del Iranzu por Murugarren y Grocin a Villatuerta. Fue aquella una larga etapa que traería nuevas remodelaciones arquitectónicas de las iglesias parroquiales y de las viviendas, muchas de ellas recias casonas que aún pueden admirarse en los pueblos. La vida parecía haberse estabilizado hasta comienzos del siglo XIX, en que es interrumpida bruscamente con el sometimiento napoleónico de Navarra. La represión en Estella y en las poblaciones aledañas al camino de Pamplona, fue intensa. Guesalaz y Yerri quedaron al margen de la presencia francesa, aislados entonces de la Cuenca de Pamplona vía Echauri. Consta alguna visita francesa a Arzoz desde Puente la Reina, siguiendo los pasos de Espoz y Mina, el "brigante" de Idocin, que en sus frecuentes correrías de la sierra de Andía solía hospedarse en dicho pueblo. Tras la francesada vinieron las guerras carlistas, que resultaron cruentas en esas tierras, y no hay más que recordar las masacres de Lácar y Abárzuza, donde murió el famoso general Concha, pero en cambio no repercutieron en daños sobre pueblos y gentes, tratándose de fuerzas combatientes de procedencia foránea de uno y otro sino…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya adentrados en el siglo XX, los Valles seguían manteniendo sus campos dedicados al cultivo del trigo, cuya producción solía quedar en su mayor parte para casa. Hacer pan era primordial en las familias de prole numerosa, pero una parte se llevaba a vender, juntamente con vino y aceite. Primordial era disponer también de cerdos y vacas, para cuyo alimento se cultivaba maíz. Los bueyes, que se requerían para las tareas más pesadas del campo, solían ser caros. Se procuraba sembrar todo lo que se podía en reducidas huertas al lado de las casas. La guerra civil se llevó a muchos hombres, cuyos brazos hubieron de suplir con esfuerzo los hermanos menores… Conforme se alcanza la década de los años cincuenta, los campos de trigo se convierten en predominantes. Los primigenios quejigales y encinales que descendían de los montes al llano, cada año disminuían. A más campos, más trabajo. Las faenas duraban de sol a sol y las fiestas patronales tenían que celebrarse ya al borde del invierno… La vida era laboriosa y llena de privaciones. La concentración parcelaria iba imponiéndose valle a valle. Llega la hora del éxodo rural de mediados de los años sesenta cuando desde Pamplona, principalmente, se reclama mano de obra para la industria que llegaba a Navarra. Los más jóvenes se van. Empieza a venderse el ganado de labor y a abandonarse las piezas. Muchos padres siguen los pasos de sus hijos; algunos, ya mayores, tienen que aceptar trabajos de menor cuantía. Las casas de los pueblos van cayéndose poco a poco; el adobe y la carencia de piedras sillares las echa abajo. Los Valles aún permanecían unidos cada uno en su jurisdicción, hasta finales del siglo XIX en que llegan las desmembraciones de Salinas de Oro y Abárzuza, seguida en 1951 de la de Lezaun, que se separa de Yerri. Valles tan tradicionales en Navarra como Roncal y Salazar se desintegraron. Otros como el jacobeo Esteríbar, el mayor de la comunidad autónoma, permanece unido. Navarra, que había sido la región española que regía su vida municipal por el mayor número de valles, después de Cantabria, pasaba a quedarse con los 30 actuales…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la historia a grandes trazos hay que pasar a la evolución toponímica de la comarca de Tierra Estella y a su relación con Guesalaz y Yerri, no en vano tantas fueron las cavilaciones por determinar si el espacio entre Urbasa-Andía y el Ebro y las cuencas del Ega y Arga correspondía en verdad a aquel etnónimo "navarros", despectivo según algunos hacia las gentes del campo, que por ser mayoritarias acabaron dando nombre al reino de Navarra. En lo que no debe de quedar duda es que el actual topónimo "Yerri" es reliquia del primigenio Degio o Deio, cuya cabeza visible era el castillo de San Esteban de Monjardín. Degio, supuso Caro Baroja que debía de ser adaptación medieval de un destacado antropónimo comarcal, Degius, relacionado con algún influyente propietario romano, cual en el siglo VIII el conde godo Casius en tierras del Ebro. De las diferentes grafías parece que quedó afianzada en la documentación medieval más tardía la de "Terram Degense", que la gente del pueblo de habla vasca predominante acabaría convirtiendo en Deierri, conjuntando el romance Deio con el vasco "erri", sinónimo de "país" y "tierra". Tanto es así que en el siglo XIII, el Fuero Antiguo de Navarra lo constaba ya como Deierri, una de las regiones españolas a salvo de la conquista musulmana. En el siglo XV el Príncipe de Viana en su "Crónica de los Reyes de Navarra", además de mencionar la existencia de una "Navarra Vieja" que ciñe a los territorios estelleses, reflejaba el topónimo del valle con cierta deformación: "E llámese la antigua Navarra estas tierras, a saber: las Cinco Villas de Goñi, de Yerri, Valdelana, Amescoa, Valdegabol, Campezo e la Berrueza e Ocharan". Es obvio que lo que pretendió el Príncipe fue corregir lo que supuso un error del Fuero Antiguo, por lo que "Deierri" vio separada la "De" inicial, que pasó a preposición antepuesta a "Ierri" o "Yerri". El juego de palabras y los parecidos semánticos llevaron en el siglo XIX al archivero general José Yanguas y Miranda a volver sobre las palabras del Príncipe Carlos y deducir no sin asombro que "tomando la voz nava y uniéndola a Yerri podría haberse llamado Navaerri al valle de Yerri, y después, por contracción, Navaerri, para llegar finalmente a Navarra". Julio Caro Baroja tomó también en consideración que la misteriosa "Navarra vieja" de que hablaba era "una verdadera unidad geográfica, un país que por el norte termina con el tajo inmenso de las sierras de Urbasa y Andía", y lo corrobora con los fueros de Tudela y Gallipienzo, que consideraban a Alfonso el Batallador, en el siglo XII, como reinante "in Aragonia, in Irunia, in Navarra". En lo mismo incidió el profesor Floristán Samames con respecto a que si los montes de Andía (que durante mucho tiempo comprendían las sierras de Urbasa, Encía, Sarbil, Satrústegui y San Donato) figuraban en los mandamientos reales más antiguos como de uso exclusivo de los navarros, pudo deberse a que por tales se entendía los moradores de los valles limítrofes, entre ellos naturalmente los de Guesalaz y Yerri.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-4430309615201505755?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/4430309615201505755/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=4430309615201505755' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4430309615201505755'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4430309615201505755'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-i-el-rey-sancho-garces.html' title='Capítulo I. El rey Sancho Garcés recupera las tierras conquistadas por los musulmanes'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPoggM-QGI/AAAAAAAAAJI/QKdx95vUb98/s72-c/362.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-344279736826945987</id><published>2009-08-21T01:29:00.005+02:00</published><updated>2009-08-25T18:18:06.709+02:00</updated><title type='text'>Capítulo II. Sancho Garcés conquista el castillo de Deio</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6nUOpZilI/AAAAAAAAAGg/kPBiaF_b5Lk/s1600-h/Villamayor+de+Monjardin.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; FLOAT: left; HEIGHT: 180px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372415371470539346" border="0" alt="El castillo de Deio que conquistó Sancho Garcés" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6nUOpZilI/AAAAAAAAAGg/kPBiaF_b5Lk/s320/Villamayor+de+Monjardin.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El monasterio de Irache, al pie del Montejurra, es uno de esos hitos del Camino de Santiago que parece que sigue viviendo el silencio de los siglos, sólo interrumpido por las bandadas de pájaros que revolotean entre los árboles del atrio y el agua de una fuente a la que acuden presurosos los sedientos peregrinos que suben desde Estella. Pocos metros antes tienen ocasión de toparse con una insólita "Fuente del Vino", el vino que proporciona gratuitamente y sin límites las afamadas "Bodegas Irache". Al viejo monasterio que regentó quien se convertiría en San Veremundo llegó Sancho Garcés un histórico día hacia 910, cinco años después de ser coronado, dispuesto a emprender la mayor de sus empresas guerreras: tomar por asalto el castillo de la cima del Monjardín, en posesión de los moros Banu Qasi, y con él el País de Deio, la futura merindad de Tierra Estella. Aquel día, Sancho, que venía de más allá de la Cuenca de Pamplona, habría encauzando la apresurada marcha por parajes distintos a los habituales que algún tiempo después tomarían los peregrinos. Desdeñaría la ruta por Valdizarbe y Puente la Reina, peligrosa por proximidad a los dominios moros, optando a buen seguro por la del valle de Araquil que, por el corredor de la Venta de Zumbel, entre las sierras de Urbasa y Andía, le permitía incorporarse al viejo camino romano de Pamplona por el puente de Lorca. Desde ahí avanzaría hacia Irache, cruzando primero el río Iranzu por el puente de Villatuerta, hoy tapizado su lecho de exuberante vegetación embravecida, y enseguida el Ega, "el río de agua dulce, sana y extraordinaria", como lo ensalzó Picaud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQOR_UlzqI/AAAAAAAAAJY/zjSZlbJkHtw/s1600-h/cfanton+hurtado.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 214px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQOR_UlzqI/AAAAAAAAAJY/zjSZlbJkHtw/s320/cfanton+hurtado.jpg" border="0" alt="Acuarela del Monasterio de Irache de Antón Hurtado"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373935957578206882" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Monte arriba, por el empinado glacis de Montejurra, entre encinales de Oncineda, Sancho y su gente apuraría los últimos pasos hasta "tocar en la marcha el monasterio de Irache que cae en el camino" (Moret). Antes hubo de pasar por Zarapuz, la legendaria aldea hoy reducida a un corral en ruinas, que pudo convertirse en próspera ciudad jacobea de no habérsele antojado al monarca aragonés Sancho Ramírez desviar el "Camino Francés" por la nueva villa que acababa de fundar, Estella, nacida en 1090. En el monasterio, el rey, consciente del trascendental paso que se disponía a dar, cuenta algún relato que se encomendó a la Virgen titular, a la que prometió profundo agradecimiento si lo ayudaba en su empresa guerrera, el asalto a San Esteban de Deio, el nombre por el que se conoció el lugar cimero durante la Edad Media; "el gran cerro piramidal de Degio", como lo denominó Claudio Sánchez Albornoz, cuya mejor perspectiva por belleza y espectacularidad hay que contemplarla no sin considerable esfuerzo desde los escarpes cimeros del Montejurra, más arriba de la ermita de San Ciprián. Sancho aquel mismo día, o tal vez al siguiente, se puso en marcha hacia la afilada montaña, que dista cinco kilómetros. Antes cruzó la histórica línea divisoria de moros y cristianos, que posteriormente durante un tiempo lo fue de Castilla y Navarra; repecho que coincide con el cambio de vertientes de los valles de la Solana y de Santesteban de la Solana, lugar de paso del camino jacobeo, que se dirige raudo al pueblo de Villamayor, al pie del monte, siempre concurrido con peregrinos que recorren sus empinadas calles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asalto al castillo debió de ser rápido, sin tregua ni descanso. Nada consta acerca de si la guarnición mora pereció en su defensa o si pudo huir por recónditos caminos en dirección al Ebro, en busca de los feudos de los Banu Qasi. La jornada acabó en victoria, y de vuelta a Irache, el rey hubo de aprestarse a cumplir lo que había prometido horas antes: "Donar a la Virgen Santa María y a los monjes que la servían, a perpetuo y enteramente, sin que tuviese parte el rey ni algún otro, el castillo y los pueblos todos de aquel valle de San Esteban", escribió José de Moret. Las repercusiones en Córdoba por tan osada empresa debieron de ser considerables, y porque no se podía permitir tamaño desafío del rey cristiano, el escarmiento había sido decidido con determinación. Sancho Garcés, entretanto, sabedor de que tarde o temprano iba a tener que enfrentarse al poder del Emir Abderramán, consciente de los riesgos que corría, se apresuró a consolidar la obra reconquistadora emprendida, reforzando las todavía precarias y maltrechas fronteras de su reino por el extremo suroccidental. Primero fue San Esteban de Deio y seguidamente Cárcar, próximo a la desembocadura del Ega en el Ebro. Joaquín Arbeloa era de la idea de que otros enclaves debieron de ser alzados también por la Ribera hasta más allá de Lodosa, aunque nada quedó de ellos, salvo vagas referencias toponímicas que reflejan algunos mapas. Uno de aquellos enclaves, según Antonio Ubieto Arteta, correspondía al genuino castro de San Esteban en el que fueron enterrados Sancho y su hijo, pero la tradición milenaria convertida en historia, siempre creyó lo contrario, que el lugar de los reyes estaba en el Monjardín. Mala cosa es torcer la tradición de los pueblos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQOiDIUu0I/AAAAAAAAAJg/Jak-eSxGDns/s1600-h/irache.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 199px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQOiDIUu0I/AAAAAAAAAJg/Jak-eSxGDns/s320/irache.jpg" border="0" alt="Irache, le monasterio al que acudió el rey Sancho a encomendarse a la Virgen"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373936233478404930" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;El avance del pamplonés no se detuvo. En el 918 cruza la frontera del Ebro, lo que provoca de inmediato la interrupción del tránsito de los ejércitos moros por la vieja vía romana de Zaragoza a Briviesca, el acceso que seguían a tierras alavesas y castellanas, las más castigadas de la larga dominación musulmana. El reino de Asturias, principal beneficiado, volvía a respirar por algún tiempo. Sancho no se detiene y prosigue sus campañas con la toma de las plazas riojanas de Calahorra y Arnedo, esta última a las órdenes de otro rey, García I (910-914), hijo y sucesor de Alfonso III de Asturias, que fatídicamente muere de las heridas recibidas en la lucha, ignorándose si en el mismo campo de batalla o días más tarde a su llegada a Zamora. La historia se disponía a dar otro gran paso con la llegada del sucesor, su hermano Ordoño II (914-924), el rey que acudió en ayuda de Sancho Garcés a la batalla de Valdejunquera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El desconcierto por tan repentina muerte sería aprovechado por Abd Allah ibn Muhammad, el gobernador Banu Qasi de Tudela, que reconquista Calahorra, pero que pierde un año después, en 915, tras entablar combate con Sancho, que lo hace prisionero en las Bardenas de Caparroso, en Yabal al-Bardí, a orillas del Aragón, y aunque es rescatado al poco tiempo por su hermano Mutariff, fallecerá misteriosamente a los dos meses. Le sucede su sobrino Muhammad, el hijo de Abd Allah (915-923), personaje de primer orden histórico por el destacado cometido en la batalla de Valdejunquera y por ser principal desencadenante de la aceifa del 924 contra el reino de Pamplona, también dirigida personalmente por el Emir Abderramán III, que sembró la destrucción en la mayor parte del reino. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-344279736826945987?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/344279736826945987/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=344279736826945987' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/344279736826945987'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/344279736826945987'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-ii-sancho-garces-conquista-el.html' title='Capítulo II. Sancho Garcés conquista el castillo de Deio'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6nUOpZilI/AAAAAAAAAGg/kPBiaF_b5Lk/s72-c/Villamayor+de+Monjardin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-3229797643817204737</id><published>2009-08-21T01:24:00.003+02:00</published><updated>2009-08-25T18:20:11.882+02:00</updated><title type='text'>Capítulo III. El País de Deio y la Merindad de las Tierras de Estella</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQPESskZkI/AAAAAAAAAJo/tHev5pwCYx0/s1600-h/435.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQPESskZkI/AAAAAAAAAJo/tHev5pwCYx0/s320/435.jpg" border="0" alt="Arguiñano de Guesalaz, uno de los pueblos desde los que atacaron los cristianos"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373936821772510786" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Desde el siglo XIII a hoy, los valles de pie de Andía y de Urbasa y los que se enmarcan en la cuenca del Ega medio y bajo, "constituían una próspera zona con notables excedentes de producción cerealícola y vitícola, atraídos sin duda por los mercados de los nuevos núcleos urbanos", escribió Ángel Martín Duque, historiador y profesor de la Universidad de Navarra. El centro de las transacciones comerciales era Estella, la ciudad que desde el siglo XV empezaba a dejar como primera fuente de riqueza las peregrinaciones, para pasar a convertirse en cabeza comarcal, con todas las prerrogativas que le concedía ser Merindad de las Tierras de Estella, hasta su disgregación territorial en valles administrativos independientes, algunos tan recónditos como el de Lana, limítrofe con Álava. La comarca, que iba del Ega al Arga y hasta el Ebro, de límites imprecisos históricos, experimentó un intenso proceso de romanización, con perfiles bien diferenciados una vez que los primitivos vascones habían pasado a llamarse navarros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las poblaciones a pie de sierra, cual Muez, Arguiñano e Iturgoyen, que vieron de cerca la batalla de Valdejunquera, subsistieron desde antiguo merced a los aprovechamientos de los montes de Andía, considerados desde antiguo montes realengos. Otras localidades más apartadas, asentadas en las tierras llanas aledañas a los ríos, como Villatuerta, Arróniz, Oteiza de la Solana, etc., aunque relacionadas también con el pastoreo, habían de convertirse en comunidades agrícolas. Unas y otras poblaciones conocieron una agrupación temprana, que debió mantener cierta unidad administrativa bajo la denominación de Degius, Deio, Degio o Terram Degense, oscuras variantes latinas perdidas en los albores medievales, hasta su reaparición en el siglo XIII como "Deyerri", una comarca imprecisa, aledaña a la Berrueza, que figuraba en el "Prólogo del Fuero Antiguo de Navarra" como uno de los espacios que permanecieron a salvo de la conquista musulmana, juntamente con los lejanos valles de Baztán, Salazar y Roncal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el siglo XV, Carlos, el Príncipe de Viana que nunca fue rey, en su "Crónica de los reyes de Navarra", determina no sin asombro de historiadores y eruditos que el "Deyerri" que citaba el "Fuero Antiguo" formaba parte de una unidad geográfica mayor, "Navarra", en la que fijó el núcleo genuino del reino: "E llámase la antigua Navarra estas tierras: son a saber, las cinco villas de Goñi, de Yerri, Valdelana, Améscoa, Valdegabol, de Campezo e la Berrueza e Ocharan…". Aquello llevó a un José Yanguas y Miranda a conjeturar: "Tomando la voz nava y uniéndola a Yerri podría haberse llamado Navayerri al valle de Yerri, y después por contracción Navaerri, para llegar finalmente a Navarra". Julio Caro Baroja, más realista, dedujo: "Val de Yerri debió de ser antes Deierri o Deio erri, un país de Deio o Degius", nombre este último que supuso que podría corresponder a un influyente terrateniente romano o "possessor", es decir, un personaje que empezaría mandando en una zona muy concreta y que acabase extendiendo su antropónimo a toda la ribera del Ega. De aquel amplio territorio hay que convenir que sólo perdura el valle de Yerri, a su vez partido en dos en el siglo XIV para formar el valle de Guesálaz, que literalmente quiere decir "Salado", topónimo alusivo al modesto arroyo que naciendo dulce en la falta de la sierra, se sala con los manantiales que afloran en el corazón diapírico de Muniáin-Salinas de Oro, donde al cabo de los siglos aún continúa extrayéndose sal con la ayuda del buen sol del verano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El próspero País de Deio, con su población estable desde muy temprano, hubo de asumir en cambio el riesgo de cruzar por él una importante vía romana, la que de Varea, en el Ebro, subía hasta el nudo de Curnoniun, en Los Arcos, lugar en el que un ramal partía hacia Santa Cruz de Campezo (Alava) y el otro hacia Pamplona, con enlace por Lezaun con la que venía de Roncesvalles por la Barranca. Cruzaron las legiones; muchos de los cuales, los licenciados de las guerras, llegaron a establecerse por buena parte de la comarca, y cruzaron los Bárbaros que penetraron por el Pirineo a comienzos del siglo V, sembrando desolación y muerte por doquier. Mayor trascendencia representó el paso de los moros hasta mediados del siglo X, ya desde aquel 714 de la expedición por el Ebro de los arietes Musá y Tarik, cuando deciden interrumpir temporalmente la marcha a tierras de Galicia con el afán de descubrir qué existía hacia el centro del solar de la actual Navarra. De aquella decisión derivó el primer histórico encuentro de musulmanes y campesinos vascones, probablemente ya conocidos como navarros, que tan mala impresión causaron en el cronista Ibn Idari: "Musá conquistó el país de los vascones y penetró en él bastante lejos, hasta encontrarse un pueblo semejante a las bestias".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es rigurosamente incierta tal conquista cuando sólo hubo toma de contacto. No hay acuerdo entre historiadores y estudiosos al respecto; alguno ha defendido que se trataba de una penetración por tierras alavesas, pero quedaban éstas muy apartadas de la ruta a Galicia, amén de lo que suponía los arduos accesos por los estrechos desfiladeros. Lo más probable es que el histórico encuentro se llevase a efecto por el País de Deio, en un campo en el que faenaban los hombres en la recolección del cereal, pero no más allá del entorno Monjardín-Montejurra. Lo hace suponer el hecho de que éstas eran las únicas tierras fuera de los dominios del conde Casius, a la sazón comprendidos en el interfluvio Aragón-Arga, coincidiendo con los meridianos de Ejea de los Caballeros (Zaragoza) y Tafalla, Olite y Caparroso, las cuales tuvieron que ser respetadas por Musa y Tarik, no en vano el renegado había jurado sumisión al Islam.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo más de medio siglo después, en el 781, cruzó por Deio el emir Abderramán I al frente de un gran ejército que se disponía a "restaurar su prestigio en las tierras del Pirineo devastando Pamplona y la comarca de los vascones" (Lacarra), soliviantados estos, juntamente con los moros oscenses, a raíz de la estrepitosa derrota de la retaguardia carolingia en los desfiladeros de Roncesvalles. Pero no sería hasta los años comprendidos entre el 850 y el 855 cuando los Banu Qasi toman conciencia firme de la importancia que tenía dominar las tierras degenses. Musa ibn Musa, el moro Muza de la leyenda, el que se hacía llamar "Tercer Rey de España" (tras el emir Muhammad I y el rey Ordoño I) traslada la sede gubernativa de Tudela al valle de Iregua (La Rioja), donde funda la ciudad de Albelda y fortifica la disputada Viguera, decisión que iba a permitirle llevar a cabo con mayor asiduidad ataques a Álava y Castilla desde el nudo vial de Curnonium. Inexplorado por entonces el cuadrante suroccidental de Navarra, es muy factible que aquel personaje se viese tentado alguna vez a cambiar de dirección y avanzar hasta el corazón de la comarca de Deio, y tomando como límite el río Ega debió de prestarle atención al Monjardín como el lugar idóneo en el que alzar una fortaleza que iba a constituirse en nueva frontera septentrional de Al-Ándalus.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No mucho después, ya las crónicas habían empezado a dejar constancia escrita de la disputada fortaleza, que en el 872 obraba en poder de Fortún ibn Muza, hijo y sucesor de Musa, y que pasados diez años, en el 882, poseía otro notable Banu Qasi, Muhammad ibn Lubb, conocido por "Ababdella", quien no tarda en cederla a Ismail, hijo de Fortún, pero aquel hacer y deshacer en la Frontera Superior no fue del agrado de Córdoba, que veía constantes muestras de insumisión y osadía, lo que motivó el envío al Ebro de un ejército que arrasa en buena parte el territorio de Deio, aunque sin conquistar"ninguna ciudad ni ninguna fortaleza", según el cronicón del Albeldense.&lt;br /&gt;Notas&lt;br /&gt;(1)-------------Martín Duque, Angel. Príncipe de Viana, nº 217, pag. 414. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-3229797643817204737?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/3229797643817204737/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=3229797643817204737' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/3229797643817204737'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/3229797643817204737'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-iii-el-pais-de-deio-y-la.html' title='Capítulo III. El País de Deio y la Merindad de las Tierras de Estella'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQPESskZkI/AAAAAAAAAJo/tHev5pwCYx0/s72-c/435.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-1416957045778402499</id><published>2009-08-21T01:20:00.006+02:00</published><updated>2009-08-26T00:07:09.045+02:00</updated><title type='text'>Capítulo IV. Abderramán III parte de Córdoba hacia la Frontera Superior</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6om7HDTYI/AAAAAAAAAGo/8yxoRfQ2Fpg/s1600-h/Medina+Azahara.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372416792155344258" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 202px" alt="Ruinas del fastuoso palacio cordobés de Abderramán III" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6om7HDTYI/AAAAAAAAAGo/8yxoRfQ2Fpg/s320/Medina+Azahara.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Aquel verano iba a ser determinante para los incipientes reinos cristianos del norte del Duero y del Ebro. Ignoraban que una fuerza militar, inusitada hasta entonces, iba a ponerse en marcha hacia la Frontera Superior. El 4 de junio del 920 todo estaba a punto para la aceifa. Así llamaban los árabes a las expediciones militares en verano contra los territorios cristianos del norte peninsular, que llevaron a cabo muchas veces durante los siglos X y XI. No eran campañas de conquista, sino de escarmiento y pillaje, sembrando desolación y muerte allí por donde pasaban los ejércitos. Muchas jóvenes doncellas fueron raptadas y llevadas a los palacios cordobeses. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El todopoderoso y enérgico emir Abderramán III -de netos orígenes navarros- viendo que los sucesivos generales que enviaba al norte a combatir no conseguían restablecer el orden en las fronteras de los reinos de León y de Pamplona, toma la firme decisión de ponerse él mismo al frente de una fuerza expedicionaria compuesta por "tantos guerreros que apenas podían avanzar por los caminos y que llenaban los más vastos espacios", escribió el cronista musulmán Arib Ibn Saad. No pudo imaginar aquel emir que a los reyes Ordoño II y Sancho Garcés I sólo acabaron derrotados no por la fuerza, sino por la enfermedad en el 924 y 925, respectivamente. Fue entonces cuando realmente Abderramán pudo empezar a disfrutar de la tranquilidad que requería empezar a soñar con el palacio de Medina al-Zahra en las inmediaciones de Córdoba, que habría de erigir no mucho después, cuyas ruinas dan cuenta hoy de la suntuosidad que representó en aquel tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La convocatoria de la guerra santa no se hizo esperar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abderramán "envió a Africa a sus alfaquís a que publicasen por ella ruidosamente, con promesas de grandes sueldos y premios de tierras que se ganasen, jornada contra cristianos", escribió el navarro José de Moret en el siglo XVII. Reunida aquella fuerza guerrera, que iría engrosando en el camino del norte, el emir partió con dirección a Toledo, incorporándose a la vía romana que unía Mérida con Zaragoza. Cruzó luego las tierras de Aranjuez, Alcalá de Henares y Sigüenza, hasta alcanzar el 5 de julio la vieja sede romana de Occilis, Medinat Salim desde 946, convertida luego en la Medinaceli medieval, plaza en la que tiempo después habría de morir el temible Almanzor, para alivio y salvación de los reinos cristianos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQQh4F980I/AAAAAAAAAJw/Pc9o5xnrX_E/s1600-h/zona_MED_1.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373938429538988866" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 210px" alt="Medinaceli, Soria. Hasta este pueblo llegó Abderramán III desde Córdoba" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQQh4F980I/AAAAAAAAAJw/Pc9o5xnrX_E/s320/zona_MED_1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Medinaceli es ciudad situada en uno de los montes serranos del Sistema Ibérico, en la cuenca alta del río Jalón, uno de los principales afluentes del Ebro, al que se une tras atravesar un hondo y sinuoso desfiladero, uno de los más trascendentes de la península ibérica, utilizado desde la antigüedad como vía de paso a la Meseta de los pueblos indoeuropeos del siglo VIII a.d.C. -los protoceltas-, que cruzaron por los puertos pirenaicos de Roncesvalles y Somport. Por esos estrechos pasajes accedieron a Zaragoza en el 714 los conquistadores árabes Musá y Tariq, pero no lo hizo en cambio el Emir Abderramán III aquel verano del 920, que desde Medinaceli tomó la vía romana que por campos hoy sorianos llegaba hasta la histórica Osma, enclave al que accede el 6 de julio habiendo recorrido tres jornadas en una, lo que debió implicar tremendo esfuerzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQQ0ibmG9I/AAAAAAAAAJ4/F6zi6Q1-naM/s1600-h/medinaceli7.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373938750141635538" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 205px" alt="Campos de Medinaceli" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQQ0ibmG9I/AAAAAAAAAJ4/F6zi6Q1-naM/s320/medinaceli7.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;La urgencia de la marcha debía de acuciarlo, pero ¿a qué podía deberse tanto apresuramiento? Inmóviles los moros junto al Duero durante el día 7, se ponen en marcha al día siguiente, 8, que emplean en arrasar el feudo del conde castellano que mandaba en la comarca, cuyo nombre se ignora, el cual, días antes, había hecho saber al Emir su disposición a someterse a su autoridad a cambio de que respetase sus dominios, cual en su día el conde Casius. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-1416957045778402499?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/1416957045778402499/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=1416957045778402499' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/1416957045778402499'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/1416957045778402499'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-iv-abderraman-iii-parte-de.html' title='Capítulo IV. Abderramán III parte de Córdoba hacia la Frontera Superior'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6om7HDTYI/AAAAAAAAAGo/8yxoRfQ2Fpg/s72-c/Medina+Azahara.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-7557012894966229697</id><published>2009-08-21T01:16:00.004+02:00</published><updated>2009-08-25T20:50:03.152+02:00</updated><title type='text'>Capítulo V. Asalto musulmán de Cárcar y partida hacia Dixarra-Dachero</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6lktRUeoI/AAAAAAAAAGY/egIZCy2mq0g/s1600-h/C%C3%A1rcar,+Navarra.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; FLOAT: left; HEIGHT: 168px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372413455545694850" border="0" alt="Cárcar hoy en lo alto del escarpe que se asoma al río Ega" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6lktRUeoI/AAAAAAAAAGY/egIZCy2mq0g/s320/C%C3%A1rcar,+Navarra.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;No faltaron opiniones partidarias de que en la marcha a Cárcar la caballería mora pasó el Ebro nada más salir de Tudela, por un puente situado donde el actual de origen romano, o por un vado algo más abajo, el de La Mosquera, por el que Lacarra supuso que cruzaría Sancho Garcés dos años antes cuando la conquista de las plazas ribereñas, que culminó precisamente con el asalto al de Valtierra. Lo factible, porque concuerda además con el relato de la crónica árabe, es que la vanguardia marchase hacia Calahorra, abandonada poco antes por Sancho y su gente, y que sin detenerse enfilase hacia el río por una vía que aún figura en mapas del Servicio Geográfico Nacional como "Camino de los Romanos", la cual habría de cruzar entre las poblaciones de Sartaguda y Lodosa por un puente del que Moret escribió "que solía ser tránsito de comunicación con la Rioja". Es revelador, además, que en ese punto, por la margen navarra que correspondía a los campos de Valderresa, confluyese todo un rosario de caminos rurales y cañadas pastoriles, de los que dan cuenta también los mapas del S.G.N. Como quiera que fuese, la caballería, que habría partido de Tudela temprano, tuvo que alcanzar la fortaleza de Cárcar hacia el mediodía del 21, pero no es factible que atacasen en lo que quedaba de la jornada. Los ejércitos musulmanes es sabido que solían reservar una para cada acción bélica, por breve y fácil que ésta pudiese resultar, lo que a veces ha motivado errores de apreciación al trazar los itinerarios de aquellos ejércitos. Lo que procedía aquel día del mes de julio del 920 era esperar a la mañana siguiente y proceder entretanto a preparar el campamento para pasar la noche, lo que debió de hacerse en los rasos de la vera del Ega, a la sombra de algún bosque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asalto vino con el día 22 de una forma rápida y contundente, lo que llevó al desmantelamiento y no a la destrucción del enclave cristiano, cuya ubicación habría que situar en el punto más elevado del solar de la villa, muy próximo a la iglesia parroquial de San Miguel. Por lo que refiere Ibn Idari no debió de haber resistencia alguna por parte de la gente de Sancho: "La guarnición evacuó el lugar ante la proximidad de nuestra caballería, que estableció allí su autoridad". Cuatro años más tarde, las mismas fuerzas moras cruzarían el Ebro para destruir el enclave recompuesto por el rey de Pamplona, lo que pone de manifiesto la trascendencia que tuvo para unos y otros. Arib Ibn Saad narraba así su demolición: "Llegó el Emir a Cárcar pensando hallar allí al rey Sancho, pero enterado éste de la llegada dejó desamparada aquella fortaleza, que fue inmediatamente destruida, quemándose cuanto había allí dentro".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQx_AvvX1I/AAAAAAAAAKA/-qUVe9-L5Fc/s1600-h/Carcar.1.Navarra.Spanien"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQx_AvvX1I/AAAAAAAAAKA/-qUVe9-L5Fc/s320/Carcar.1.Navarra.Spanien" border="0" alt="Inmediaciones de Cárcar"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373975213961600850" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Siguiendo con lo usual, cumplida la misión del 22, la caballería regresaría al campamento junto al Ega en espera de reemprender la aceifa al día siguiente 23, ahora con destino al objetivo más arduo y más acuciante: el apartado País de Deio, cuya cabeza visible era naturalmente el castillo de Monjardín. Pero la habitual imprecisión de los relatos de aquel tiempo impide determinar la ruta emprendida. Lacarra supuso que salieron de Cárcar remontando el curso del Ega hasta los campos aledaños a Villatuerta, entre Montejurra y Montesquinza, acampando en el paraje que las crónicas refirieron como Dachero o Dixarra, donde habrían de esperar al Emir. Un cálculo lógico revela que debieron de permanecer en ese lugar por espacio de algo más de 24 horas, demasiadas horas de inactividad en aquellas circunstancias en que los acontecimientos se desarrollaban con gran celeridad, máxime tratándose de una fuerza de vanguardia que iba abriendo brecha. Pudo ser la espera más corta porque la partida de Cárcar se hizo por otra ruta más larga con el fin de acometer otras empresas, es decir, que en vez de partir hacia el norte navarro hubiese retrocedido la caballería hacia el Ebro, y que por tierras ribereñas fuese batiendo una por una las fortificaciones que hallasen al paso, hasta Mendavia, donde pudieron haberse incorporado sin mayores contratiempos a la vieja vía romana que subía a Los Arcos y al entorno del Monjardín, y de ahí ir en busca del espacio de Dachero-Dixarra, junto al Ega e Iranzu, donde satisfacer plenamente los servicios de aguada. Lacarra, basándose en que el valle bajo del río fue el itinerario que había elegido el Marqués del Duero, general Gutiérrez de la Concha, en su marcha a Abárzuza en el valle de Yerri cuando la primera guerra carlista, se mostró partidario de que ése tenía que ser el que pensaron los moros, como si aquella gente en el siglo X hubiese respetado escrupulosamente el actual trazado de la carretera a Estella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQyMQDrTvI/AAAAAAAAAKI/gIxmxDjRC3E/s1600-h/Carcar.6.Navarra.Spanien"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpQyMQDrTvI/AAAAAAAAAKI/gIxmxDjRC3E/s320/Carcar.6.Navarra.Spanien" border="0" alt="Tierras ribereñas del Ega desde Cárcar"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373975441410051826" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Aun con la cautela que requiere todo lo referente a periodos históricos tan oscuros, no es factible tal itinerario, porque entre la desembocadura del Ega y el entorno del Montejurra no consta que existiese camino antiguo, cual una vía romana, ni siquiera cañadas reales a los pastos de Andía y Urbasa, que aparte de tardías, bajomedievales, discurrían por inhóspitos y apartados cerros y calveros de Sesma, Larraga y Oteiza de la Solana. Cabe, sí, que partiesen de Cárcar por el río hasta las inmediaciones de la villa de Lerín y que pasada la misma se desviasen al Oeste en el paraje el Alto del Rey -que hoy cruza la carretera de Estella-, y que prosiguiesen el avance por los terrenos más meridionales del valle de Santesteban de la Solana, lo que les permitía incorporarse a la vía romana de Los Arcos a la altura de las poblaciones de Barbarin y Luquin. Camino antiguo, sin la menor duda, como atestigua ese rosario de ermitas que lo flanquea: San Isidro, San Bartolomé, Santa María y San Jorge, que debió de ser el mismo que tomaron las fuerzas napoleónicas destacadas en Los Arcos para sorprender por la espalda a una nutrida partida de guerrilleros de Espoz y Mina que descansaban confiados en un viejo lugar de la margen izquierda del Ega, Baigorri, causándoles gran matanza, una de las más crueles que se recuerdan en Navarra.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-7557012894966229697?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/7557012894966229697/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=7557012894966229697' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/7557012894966229697'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/7557012894966229697'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-v-asalto-musulman-de-carcar-y.html' title='Capítulo V. Asalto musulmán de Cárcar y partida hacia Dixarra-Dachero'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So6lktRUeoI/AAAAAAAAAGY/egIZCy2mq0g/s72-c/C%C3%A1rcar,+Navarra.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-2790310472869668839</id><published>2009-08-20T11:28:00.007+02:00</published><updated>2009-08-23T19:10:24.828+02:00</updated><title type='text'>Capítulo VI. Ataque sorpresa cristiano a la caballería árabe</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So81b84xzmI/AAAAAAAAAHY/3XCJv7VBUMg/s1600-h/201.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 271px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372571634793303650" border="0" alt="Puente de Lorca por el que cruzó el ejército musulmán" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So81b84xzmI/AAAAAAAAAHY/3XCJv7VBUMg/s400/201.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A falta del conocimiento o siquiera la sospecha de otras operaciones por tierras de Deio, hay que convenir que la caballería al mando del gobernador de Tudela, tras la toma de Cárcar se desplazó a Dixarra-Dachero, un lugar que Lacarra situó en el entorno oriental del Montejurra. "La identificación que propongo es hacia el actual caserío de Echavarri, cerca del Ega, entre Aberin y Villatuerta." (1). Aunque las crónicas nada determinen en concreto, en ese reducido espacio hay que localizarlo, no en vano en Ordoiz, un antiguo desolado de la zona, ubicado a la vera del Ega, fue hallado en 1949 "un tesorerillo de 205 monedas de plata musulmanas", que correspondían al tiempo de Abderramán III. Además, por las inmediaciones cruzaba el río la vía romana, posteriormente convertida en Camino de Santiago, que originariamente subía al monasterio de Irache por Zarapuz, hasta que el rey Sancho Ramírez alteró su dirección hacia el solar de la ciudad que acababa de fundar, Estella, en 1090. Menos acertado se mostró Alberto Cañada Juste, autor hace años de un pormenorizado estudio de la aceifa del 924, convencido de que Dixarra podía ser lo mismo que Licharra, un término rural de las inmediaciones de Oteiza de la Solana, a unos 8 kilómetros de Villatuerta, pero ni era ése el sitio propicio para sorprender a nadie ni parece razonable deducir batallas por semejanzas toponímicas. Especulando de ese modo podía haber pensado también que Dixarra derivase de "lizarra", fresno, fitónomo que pasó a la toponimia de Navarra y Vascongadas con relativa frecuencia; o de Bizcarra, paraje próximo a Dicastillo, e incluso en el desolado de Baigorri, a la vera del Ega, hacia el que apuntaba un intrigante "camino de matamoros" que figura en los mapas del S.G.N.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No en el relato de la aceifa del 920, sino en la del 924 en que Sancho Garcés intenta en Dixarra-Dachero asestarle un contundente golpe al mismo Abderramán en persona cuando éste regresaba de asolar la mayor parte del reino, tanto Arib Ibn Saad como Ibn Idari -su compilador-, prestan algo más de atención a la zona. El topónimo árabe, representado con dos grafías obviamente ajenas a la comarca, no hay que descartar que provenga de alguno anterior euskérico, deformado por razones de comprensión, perdido como tantos en la larga travesía medieval. Arib Ibn Saad lo constató así: "Llegó la hueste a Dixarra. Las cumbres de los montes cercanos estaban cubiertas de enemigos. Sancho había reunido todas sus fuerzas, implorando además el auxilio de sus vecinos de Álava y Castilla, los cuales vinieron en tropel a servir bajo su bandera. Los muslimes pelearon hasta vencerlos y ahuyentarlos a lo más alto de los montes". También Ibn Idari: "Después de la etapa de Mañeru (Mnyyr) pasó el Emir a la de Dachero (Dashrh), próxima a San Esteban (Shant Ashtibn), que era la plaza más segura en la que Sancho tenía toda su confianza. Apareció en lo alto de la montaña este perro cristiano que había reunido todas sus bandas y que había pedido ayuda a Álava."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la marcha que concluiría en batalla de Valdejunquera o de Muez, los moros alcanzarían el paraje del Ega hacia el mediodía del día 23, y antes de que se echara la noche tenía que estar listo el campamento. El 24 por la mañana temprano partió el Emir desde Calahorra hacia ese mismo lugar, al que llegaría ya anochecido, merced a la previsible lentitud de ejército tan numeroso, que se desplazaba con carros y gente de a pie. Los cristianos tuvieron que atacar sólo unas horas antes, puesto que el Emir llegó cuando todo había concluido. No consta tampoco el motivo último que llevó a aquella gente tan al norte del Ebro, pero no es difícil sospechar que tenía que ver con la restitución del límite de la Frontera Superior de Al-Ándalus, localizado en San Esteban de Deio, la fortaleza "desde la cual se vigilaba el camino de Logroño a Pamplona por Los Arcos y se dominaba el valle del Ega y la entrada a tierras alavesas por los pasos de Herrenchu y de Guereñu", había apuntado Sánchez Albornoz no sin cierta exageración. La reconquista del enclave, porque debieron de considerarla empresa ardua y arriesgada, requeriría la acción contundente de las fuerzas árabes unidas, conscientes de que se enfrentaban al "lugar más seguro en el que Sancho tenía toda su confianza" -escribió Ibn Idari-. Ésa pudo ser una posible explicación de por qué la caballería no se decidió a intervenir por sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No han faltado opiniones como la de Lacarra, inclinándose porque no hubo tal sorpresa, sino batalla decidida de antemano y en toda regla entre musulmanes y cristianos: "La idea de Sancho era defender el paso del ejército árabe, apoyándose entre las estribaciones de Montejurra y el río Ega". Pero no es verosímil teniendo en cuenta que en el asalto a Cárcar, Sancho se hallaba en Arnedo a la espera de acontecimientos, de donde no se movió hasta el despuntar del 24, ya con la certeza de que la vanguardia mora estaba en algún lugar de Deio. No es relevante que Ibn Idari escribiese: "Salió del castillo de Arnedo a la cabeza de sus tropas cristianas para atacar nuestra vanguardia", porque es constatación posterior a los acontecimientos. Sancho partiría temprano en aquella fecha en dirección al Ebro, que hubo de cruzar por el paso habitual de Sartaguda, internándose a continuación "por lugares seguros, buscando descuidos que lograr", supuso Moret, que Lacarra, con escaso convencimiento, concibió como "una marcha rápida por Lodosa y Sesma". En aquel momento, lo más acuciante para el rey tenía que ser alcanzar antes que el enemigo el castillo de Monjardín, lo único que podía imaginar que atacasen. Pamplona era meta descartada desde esa perspectiva. Una vez en la fortaleza, Sancho se entera de que el enemigo se halla acampado a varios kilómetros del monte. Sancho, entonces, es previsible que cavilase con la idea de un ataque sorpresa, acariciando la idea de un fácil y pronto triunfo por suponer una equiparación de fuerzas, unido a las ventajas de una posición alta, el glacis del Montejurra, y al hecho de que el mismo río podía frenar la huida. No pensó siquiera en esperar a que se le uniesen las fuerzas del rey de León, que a punto estaban de llegar a tierras de Deio. Tampoco disponía de tiempo sabiendo que no tardaría en llegar el grueso del ejército moro que iba con el Emir. En parecidas circunstancias, en el mismo lugar, se vio en 1883 Santos Ladrón de Cegama para intercambiar los primeros tiros de fusilería sobre una columna de tropas constitucionales apostada por las huertas de Noveleta, al otro lado del Ega, que desembocaron en la primera guerra carlista en Navarra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Joaquín Arbeloa, con cierta concesión a la épica, concibió a un Sancho Garcés lanzándose cuesta abajo por las laderas del Montejurra, "con la furia de un torrente sobre la vanguardia del ejército cordobés". Otros estudiosos de la aceifa del 920 también prestaron atención a esa montaña, que por su impresionante planta es apropiada para imaginar asaltos emboscados. No parece factible identificarla con la aludida por Ibn Idari: "Un lugar prominente al que se había encaramado este perro cristiano que había reunido todas sus bandas". La altura, como la distancia y lo intrincado del monte habrían hecho ineficaz el asalto, amén del riesgo que entrañaba para Sancho y sus hombres caer copados entre la caballería y las columnas emirales que subían del Ebro, dado que el monte se halla aislado por sus cuatro costados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay que descartar que el asalto fuese en realidad una calculada maniobra para desviar la atención de los moros de la fortaleza del Monjardín, haciéndoles creer que huían a la desesperada y hacia parajes cerrados que presagiasen una victoria fácil y contundente, lo que podría explicar el encontronazo final de moros y cristianos en los valles de Yerri y Guesalaz. Tampoco hay que desestimar que Sancho pudiese recibir noticias en el último momento de la llegada inminente de su amigo el rey Ordoño y que intentase ganar tiempo mientras tanto, consciente de que él sólo poco más podía hacer contra fuerza tan superior como era la caballería que mandaba el gobernador Banu Qasi. El asalto acabó en derrota estrepitosa, constató Ibn Idari: "En lugar de desmayar y sucumbir ante un ataque tan inesperado, se lanzaron contra ellos con la rapidez de la flecha y los derrotaron. La caballería los persiguió haciendo gran carnicería. Se cortaron muchas cabezas para presentarlas al Emir, que no tenía conocimiento del combate por ir al mando de la retaguardia". La huida rápida debió de ser lo que evitó mayor número de bajas. Los supervivientes abandonaron el campo de lucha "hasta que ganaron las montañas y se refugiaron en los desfiladeros" -puntualizaba el cronista-, parajes escabrosos que sólo cabe relacionar con los apartados montes de Andía y con las conocidas foces del río Urederra a su paso por las Peñas de San Fausto (puerta de Val de Allín y de las Améscoas), y de Alloz tajada por el río Salado, hoy sellada por la presa de hormigón de un embalse. El enfrentamiento decisivo en Valdejunquera estaba más cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Citas&lt;br /&gt;(1)---------Lacarra, José María. Estudios de historia navarra, Pamplona, 1982.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#990000;"&gt;Iranzu, el valle&lt;br /&gt;del monasterio&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#000099;"&gt;Profundo entrante que preside&lt;br /&gt;el viejo monasterio benedictino,&lt;br /&gt;antesala de la sierra de Urbasa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El municipio de Yerri perdió el concejo de Lezaun a mediados del siglo XX y con él el valle de Zumbel (ver su descripción en la web). Cien años antes ya había perdido a Abárzuza, cuyo término se prolonga en dirección N.O. hasta las estribaciones surorientales de la sierra de Urbasa. A él pertenece el vallecito del río Iranzu, que culmina en una explanada entre montes a poco más de cuatro kilómetros, que preside uno de los monasterios más venerados de Navarra desde el siglo XI, atendido por monjes benedictinos y cistercienses, que lo engrandecieron con la ayuda de reyes, obispos, ricoshombres y... las sufridas gentes de estos valles y de otros más lejanos, obligados a contribuir en muchos casos con gravosos diezmos. El valle de Iranzu, enmarcado entre tupidos encinales y cornisas de roca caliza de sugerentes tonalidades ocreoxidadas que refulgen en todo lo alto con el sol del amanecer, lo recorre la carretera local NA-7135, sinuosa y estrecha, siempre por terreno llano, que arranca de las afueras del núcleo urbano de Abárzuza, en la confluencia de las carreteras que se dirigen a Lezaun y Arizala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abárzuza es pueblo situado en alto sobre los campos cerealísticos del valle de Yerri, que se contemplan magníficamente desde el atrio de la iglesia parroquial de la Asunción, cuya recia torre del reloj atraviesa el túnel de entrada a la plaza del ayuntamiento, que a su vez se comunica con la principal por angosta calle que flanquean los bellos arcos de los portales de las casas. En el apeo del año 1427, el primero más importante que se hacía en Navarra, el pueblo contaba con 36 fuegos o casas, lo que suponía una notable población. Aquel censo tenía el aliciente de reflejar como habían quedado pueblos y comarcas de Navarra tras el paso de las dos primeras pestes bubónicas, que en lo que atañe a Abárzuza hizo que se perdiese una veintena de casas. El pueblo tuvo siempre "montes muy considerables de enzinas y robres", se decía por el año 1700, los bosques primordiales de su economía a lo largo de su historia. La vida se hacía en el monte porque la ganadería así lo requería. La agricultura no cobraría importancia hasta principios del siglo XX. Al monte se accedía por viejos senderos pastoriles que partían desde distintos puntos del vallecito, hoy desdibujados o perdidos irremisiblemente, merced a la proliferación de toda clase de arbustos, yerbas y malezas desde que no se realizan las "limpias y rozas" de antaño. Al monte se acudía para "allegar leña para el hogar, hojas y ramas para alimento y cama del ganado". Las bellotas o "robreñas" solían cotizarse en todo tiempo. A los encinales, robledales y hayedos, ubicados en pisos forestales a cada cual a mayor altitud, eran conducidos los rebaños, donde permanecían casi todo el año sueltos, vigilados de tarde en tarde por sus dueños. Pero la propiedad del ganado, al igual que ocurría en otras zonas de Navarra, era cosa de unos pocos. Esta circunstancia hizo que la mayoría de los vecinos tuviese que dedicarse a la paciente tarea de recoger la leña que "con gran trabajo llevaban a Estella a vender", constató algún acta local. No sólo se abastecía leña a la capital, sino también a los valles del carasol del Montejurra o a la misma ciudad de Viana, mejor comunicados desde que se trazó el Camino Real de Logroño de finales del siglo XVIII. Los fríos inviernos y la carencia de bosques obligaba a los estelleses a procurarse la leña con premura en toda la merindad. Ocasiones no faltaron, sin embargo, de discordias entre compradores y vendedores por cuestión de precios, que alcanzaron su momento más tenso en 1582 con la suspensión del suministro a la ciudad. El no tener ganado determinó, también, que otra parte de los vecinos de Abárzuza se dedicase a la obtención de carbón vegetal con la madera de encina, que era gratuita cuando provenía del monte facero; pero como a menudo las necesidades familiares eran acuciantes, se hacía preciso entonces comprársela a la comunidad o a otros concejos vecinos. Aquella actividad, practicada hasta tiempos recientes, es muy antigua en Tierra Estella, pues hay constancia de ella desde 1427. Pero no siempre se sometía la gente a las reglas impuestas. Hubo abusos que repercutieron en la degradación de los montes, y las infracciones a tal efecto se hacían constar en los "libros de daños y de multas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apacible valle de Iranzu tiene entrada desde el pueblo por una magnífica alameda de enhiestos chopos entre los que corre el río y corpulentos nogales que esconden una cascada, que cuando apenas baja agua cae lamiendo el escarpe recubierto por gruesa capa de musgo. Entre las penúltimas casas alineadas bajo el encinal va la carretera del monasterio, que deja al Iranzu a mano izquierda, silente y visible a ratos, disponiéndose a salir humilde de las estrechuras por el puente sobre el que pasa la carretera del valle de Zumbel, y entre cuidadas huertas alejarse por trigales y esparragueras de los concejos de Zabal y Grocin, para acabar finalmente en el Camino de Santiago por el puente de Villatuerta, pasado el cual se une al Ega por el histórico paraje en el que el rey Sancho Garcés atacó por sorpresa a la caballería de Abderramán, días antes de la Batalla de Valdejunquera. Arroyo más que río debió de ser siempre, a juzgar por el apelativo con que se lo conocía, "riachuelo de Abárzuza", que no obstante no impidió arrastrar alguno de los puentecillos apenas entrevistos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pueblo queda atrás, apenas se distingue ya alguna casa entre los árboles. Más adelante aún aparecerá otro ramillete de viviendas, solitarias y aisladas entre el río y ambos lados de la carretera. Al poco de adentrarse en el valle se presenta el monumento que en 1979 erigieron a la Virgen del Puy algunos vecinos emprendedores con el fin de honrar la memoria de la tradición milenaria. Construido con enormes peñascales calizos arrancados del monte, blanquecinos o grisáceos según la luz del día, lo preside la figura de la Virgen con el Niño, a la que flanquean dos sencillos personajes, un carbonero y un pastor, que representan a los dos vecinos de Abárzuza que hacia el siglo XI vieron como del monte que se eleva sobre la ciudad de Estella, conocido por el Puy, cierto día salían haces de luz de la tierra... Rodeándolo se ven algunas huertas salpicadas de árboles frutales, mientras que otras permanecen abandonadas, desvanecidas entre el matorral que va ganando terreno y la airosa sucesión de chopos que parecen retar las alturas de taludes de encinas y escarpes que asoman. A los lados del asfalto llaman la atención algunas bandas de bojes y helechos por cuanto representan tenues soplos de la humedad cantábrica de los valles de la Barranca, que rebasa los rasos cimeros de Andía y desciende a Guesalaz y Yerri por las entalladas depresiones. Monte arriba queda patente que el "enzinedo" sigue siendo el bosque que predomina en el valle de Iranzu, que en su vertiente derecha constituye facería de unas 7.000 robadas que comparten Abárzuza y el concejo vecino de Ibiricu. Dos partes para el primero y una para el segundo. Pero aquel encinal de antaño, fuente de la riqueza local, se extendía mucho más al sur, invadiendo campos abiertos con el quejigal. Las talas abusivas en todo tiempo y la roturación de tierras del común llevadas a cabo durante el siglo XIX, lo hicieron retroceder. La depredación forestal en Navarra afectó a los valles pirenaicos por la calidad maderera. Abetos y hayas eran destinados mayoritariamente a la construcción de barcos de la marina real, "los reales bageles". En los valles de la merindad de Tierra Estella, en cambio, fueron de especial incidencia las extracciones de leña de encina y haya, que determinó en unos casos y otros la promulgación por las Cortes de Navarra en 1757 de la primera ley de protección de bosques. Pero aquella severa norma se llevó a la práctica sin apenas planificación y de una forma anárquica y desordenada. Ayuntamientos, concejos y particulares plantaron árboles en los lugares más insospechados, recurriendo a especies tanto autóctonas como exóticas. Montes, ribazos, sotos, piezas sembradas, caminos, casas, los mismos pueblos e incluso los cementerios, vieron medrar mimbrales, cerezos, arces, fresnos, sauces, etc., parte de los cuales aún pueden verse en distintos sitios. Otras repoblaciones más recientes y racionales se realizaron en las décadas centrales del siglo XX, inmediatamente antes y después de la guerra civil de 1936, al poco de que la agricultura cerealística ocupase en estos valles de pie de Andía la trascendencia que alcanzó en estas últimas décadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Iranzu discurre por la juntura con el talud del monte, de donde recibe aportes de varias regatas menores. Cerca, a sólo pasos, lo sigue la carretera, último de los caminos que recorren el valle, cuyo trazado ha de coincidir seguramente con el antiguo de los pastores y con el que acondicionaron los primeros monjes para el tránsito de los pesados carros cargados con piedras y maderos de la obra monumental que habrían de acometer. No sólo la espesura del encinal tenía que dificultar el trazado de los senderos, sino los escarpes que sobresalían, hoy rebajados por exigencia de la construcción de la carretera. Todavía hacia 1830 podía constatarse por el diccionario geográfico de Pascual Madoz que "el camino que de Abárzuza va a la granja de Iranzu" estaba en pésimo estado, "permitiendo con dificultad la entrada a la profunda planicie situada en el confín septentrional del valle, en un recodo muy llano y profundo, circundado de elevadas montañas". Al recinto monumental, corazón de Iranzu, se entra nada más doblar la peña que corona una sencilla cruz de hierro, bajo la cual puede leerse en una lápida: "Buscad primero el Reino de Dios". La primera impresión es de asombro por la belleza de lugar tan recóndito, pero es lo propio, lo que hay que sentir cuando se va en pos de los monasterios de origen medieval. En un extremo permanecen todavía en pie las ruinas románicas y góticas del viejo recinto, arrinconadas y agazapadas contra la ladera del monte de pinos, marginadas de la reconstrucción de 1942.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espléndidos arcos que delatan un claustro primitivo, vigorosos muros y contrafuertes y portalones que los traspasan, hablan por sí mismos de la vida monacal en su primera época. Arrimadas a esas ruinas se alzan las nuevas dependencias, fundidas a su vez con lo que fue propiamente monasterio cisterciense, rehecho casi en su totalidad al acabar la guerra civil por iniciativa de la entonces Diputación de Navarra, que trajo a Iranzu a una comunidad de monjes teatinos de la orden fundada en el siglo XVI por San Cayetano de Thiene, sus moradores hasta hoy cuando se habla ya de que el recinto volverá a quedarse sin comunidad religiosa... Aquel cuadro desolador en que se encontraba Iranzu lo presenció Juan Iturralde y Suit, escritor navarro de finales del siglo XIX, descubridor de paisajes, ámbitos y monumentos, y que describió desde una perspectiva romántica tardía entre lamentos y reflexiones que tienen el interés de ser las apreciaciones más cercanas a la marcha de los cistercienses en 1839 como consecuencia de la desamortización eclesiástica. "Aquel severo y primoroso monumento, oculto en medio de abruptas soledades y ceñido de espesos bosques, situado en el fondo de una angosta garganta cortada por altas y tajadas peñas, sin más rumores que el murmurio continuado del cristalino torrente que baña sus cimientos, es el monasterio de Iranzu, que se descubre al doblar un extenso recodo rodeado por todas partes de excelsos montes poblados de encinas y nogales. El soberbio monumento convirtiose pronto en desoladas ruinas, imponentes y tristes, con la poesía de la majestad caída."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La severa fachada de la iglesia de Santa María, orientada hacia el N.O., como el valle de Iranzu, impone por su sobriedad y decoración inexistente en los muros y en el pórtico que rematan cuatro arcos ligeramente ojivales. Todo lo que hay son tres afiladas aspilleras verticales, un óculo central de ocho cristales emplomados y una diminuta cruz de piedra que corona la iglesia. El edificio muestra claramente el periodo de transición del románico tardío al primer gótico, pesado y falto de la estilización de líneas que alcanzaría en el siglo XIII. Las naves laterales descansan en la casa abacial y en un grueso muro que aísla la iglesia del monte. Delante se extiende un atrio enyerbado al que se accede tras dejar a un lado una efigie de la Virgen enmarcada en un arco tapiado. La historia dice que en fecha tan temprana como el año 1027 aquel primer monasterio fue donado a la catedral de Pamplona por el rey Sancho el Mayor, juntamente con el pueblo de Abárzuza. En él se habían instalado los monjes benedictinos, congregados en torno a la pequeña iglesia de San Adrián, hoy restaurada, que preside una Virgen sedente con el Niño en brazos. Debieron de permanecer en Iranzu por espacio de dos siglos, hasta 1176 en que los reemplazaron los cistercienses por decisión del influyente obispo de Pamplona, Pedro de París, natural de Artajona, que ofreció terrenos y estancias al monasterio de Curia Dei, cerca de Orleáns, uno de cuyos miembros era el hermano del obispo, nombrado abad de Iranzu. Reyes, nobles y obispos habrían de protegerlo en los siglos venideros. Laboriosa tuvo que ser la tarea de los monjes de Bernardo de Claraval para allanar los terrenos que circundan el monasterio, porque al igual que con el camino del valle desde Abárzuza, no cabe que se topasen con un vergel tal cual hoy, de piezas en las que se cultiva el trigo, prados en los que pace el ganado y encantadoras arboledas que conducen al recinto. Ese panorama vendría después. La norma de aquella gente era ir en busca de lugares incultos y recónditos en los que levantar sus dependencias y roturar el terreno para huertas. "Nuestros cenobios no deben construirse en las ciudades ni en los castillos ni en las villas, sino en lugares apartados de trato con los hombres", reza uno de los capítulos de la regla. Trabajar en la obra de la naturaleza era primordial, y contaban para ello con sus propios herreros, canteros, albañiles y agricultores, cuyas enseñanzas hacían extensible a la población de las comarcas limítrofes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sendero de la foz del alto Iranzu arranca del bello crucero inmaculista sobre capitel adornado con querubines. Es obra del siglo XVI, pero no parece que fuese ese su primitivo emplazamiento. El camino, de tierra, a ratos pedregoso, avanza flanqueado por el muro que lo separa del último trigal de Abárzuza, otrora piezas sembradas de los monjes. Las influencias climáticas de uno y otro sino vuelven a hacerse notar con la alternancia de bojes y helechos. Un alargado aska en el que beber el ganado parece indicar el punto de referencia para el encuentro de sauces, arces y quejigos.Enseguida viene el primero de los paneles explicativos de ruta verdiblanca, catalogada como "Sendero Local NA-180 del Cañón del río Iranzu", que con un fácil y cómodo recorrido de 4,4 kms y un desnivel de 105 metros invita al caminante a no detenerse únicamente en la visita al monasterio. Los escarpes calizos, altos y majestuosos, que dejan caer por las laderas la piedra menuda deshecha, se presentan siempre como de muy difícil acceso. Empiezan a vislumbrarse los estrechos pasajes del cañón, que los geólogos se muestran unánimes en considerar que fue excavado por las aguas de escorrentía que han ido sobreimponiéndose en los terrenos al paso (epigénesis), ayudadas por la carstificación del subsuelo, fenómeno consistente en la proliferación de grietas y simas intercomunicadas, que sumen el agua y la devuelven a la superficie en cualquier punto. A veces, la insignificancia de los elementos de la naturaleza es sólo aparente cuando va unida a la pertinaz labor erosiva de millones de años, que es capaz de excavar barrancos como el de Iranzu o del Ubagua en las rocas calizas. El arroyo discurre a unos cuantos metros más abajo del camino, pero porque éste fue trazado por parajes que antiguamente no existían, abiertos en su momento a costa de los abombados y cuarteados escarpes que se elevan a los flancos, pone de manifiesto que esta parte del alto Iranzu tuvo que ser casi intransitable. El riachuelo, que desde la hondura está acompañado de algunos magníficos robles que lanzan su grueso ramaje al camino, como si hubiese cambiado su cauce primigenio debido a la formación de nuevas fracturas, deja al descubierto en algunos tramos y en los meses más secos un lecho seco y descarnado, entallado en el piso de roca, que contrasta vivamente con otros puntos en que se originan pozas cristalinas que semejan manantiales que brotan en ellas. La foz o cañón está a punto de llegar a su término. Vuelve el sendero, presto a bifurcarse entre robles que se reparten entre pastizales de pronunciada pendiente en los que pace el ganado vacuno. Uno se dirige a los faceros de Larraiza, frecuentados desde muy antiguo, mientras que el otro lo hace internándose por el barranco Legarrogui que sale al pie del monte Dulanz por una ruta que los senderistas más osados utilizan para acceder a la lejana Venta de Zumbel.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-2790310472869668839?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/2790310472869668839/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=2790310472869668839' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/2790310472869668839'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/2790310472869668839'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-vi-ataque-sorpresa-cristiano.html' title='Capítulo VI. Ataque sorpresa cristiano a la caballería árabe'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So81b84xzmI/AAAAAAAAAHY/3XCJv7VBUMg/s72-c/201.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-2646934957654551079</id><published>2009-08-20T01:10:00.005+02:00</published><updated>2009-08-25T15:27:07.601+02:00</updated><title type='text'>Capítulo VII. Abderramán va camino de Valdejunquera</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlq4e1HrI/AAAAAAAAAIw/APE7qkHDWvI/s1600-h/191.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; FLOAT: left; HEIGHT: 210px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373891305262096050" border="0" alt="Camino de Valdejunquera que siguió la cabaler´´ia musulmana tras cruzar el Ubagua" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlq4e1HrI/AAAAAAAAAIw/APE7qkHDWvI/s320/191.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;El choque de Dixarra-Dachero en la jornada del día 24 supuso muchas bajas cristianas y la huida precipitada. Victorioso el Emir, reunido el ejército al completo, sólo procedía pasar la noche. En la mañana del día siguiente tendría que decidirse qué hacer, pues ni mucho menos se habían cumplido los objetivos en Deio. "El campamento fue levantado en el mismo campo de batalla", precisó Ibn Idari. El entorno del Ega y del Iranzu era apropiado para un ejército de aquellas proporciones; agua había; pastos había, y nada tendrían que temer después de lo acaecido. Abderramán se mostraría satisfecho por cómo iba desarrollándose la aceifa contra el reino de Pamplona; cavilaría sobre todo con la idea de tener acorralado contra las montañas a su enemigo Sancho Garcés. Pero algo inesperado iba a acontecer el día 25 cuando llega a sus oidos la mala noticia de que el Ordoño II había logrado reunirse al fin con Sancho en el transcurso de las últimas horas. Al semblante de complacencia del día anterior se sumaba ahora la contrariedad, la preocupación y la inquietud al ver juntos a los dos reyes más combativos del Norte hispánico, sabedor de la astucia y combatividad que eran capaces de poner en juego en un medio que les favorecía. Las cosas ya no iban a resultar tan fáciles; había que cambiar de planes. A la sorpresa del primer momento seguiría el desconcierto por no concebir Abderramán por qué ruta pudo acceder Ordoño, consciente de que su ejército permanecía apostado desde hacía dos días en la única vía que subía del Ebro, la de Varea a Los Arcos y Deio, la única que conocía a la sazón, pero ignoraba que existiese otro modo de presentarse en Navarra desde tierras de Alava y Castilla, la dirección del leonés, pues Lacarra lo había situado por la parte de Nájera, vigilante seguramente de los movimientos de las tropas del Emir por sus dominios de Osma en la ribera del Duero. Prevenido Ordoño por los emisarios del pamplonés, supo a tiempo el riesgo que corría si se dejaba ver por el entorno del Monjardín y Montejurra, por lo que lo más probable es que tuviese que recurrir a la vía romana de Briviesca a Burdeos por Roncesvalles, que entraba por el espectacular corredor entre las sierras de Opacua, Alzania, Urbasa, Andía y Aralar, que los moros no sólo desconocían, sino&lt;br /&gt;que no hollaron nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So810bZjkZI/AAAAAAAAAHg/2mZkxSbjltA/s1600-h/195.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 314px; DISPLAY: block; HEIGHT: 192px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372572055300706706" border="0" alt="Valle de Yerri desde Murugarren" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So810bZjkZI/AAAAAAAAAHg/2mZkxSbjltA/s400/195.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El más que probable asalto al castillo de Monjardín quedaría para mejor ocasión ante lo más apremiante, continuar con "la marcha adelante en territorio enemigo" (Ibn Idari), lo que iba a obligar a las fuerzas moras a caminar con extrema cautela, conscientes de que franqueaban las lindes de Al-Ándalus. "El Emir, al enterarse que los dos cristianos, Sancho y Ordoño, reunían sus fuerzas para prestarse mutuo apoyo con la esperanza de atacarlo o sorprenderlo por la retaguardia, hizo disponer sus tropas en línea de batalla y vigilar bien los flancos", precisó Ibn Idari. ¿Qué camino tomaron? Tras la derrota de los cristianos en Dixarra-Dachero y su huida es de suponer que les siguiesen los pasos, acaso con la pretensión de cercarlos contra los montes de Andía. No hay que descartar que fuese un intento de Sancho por conducirlos a un medio más favorable para la lucha, como los valles de Yerri y Guesalaz en que se enfrentaron finalmente. Hoy son varios los accesos a los valles, pero lo que es en el siglo X las comunicaciones comarcales debían de hallarse en un estado muy parecido a como estaban durante la larga dominación romana, es decir, por un lado, las grandes vías transversales y longitudinales que cruzaban el territorio de la futura Navarra, y por otro, la serie de ramales menores que nunca merecieron constar en el "Itinerario de Antonino", pero cuya utilidad y significación debieron de ser notables por los puntos que unían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel mes de julio del 920 no es factible que desde el Ega las tropas moras se apartasen de la vía que se dirigía a Pamplona por Puente la Reina y la Valdizarbe. Remontar el curso del Ega por la margen izquierda, cual si se dirigiesen a Estella por la actual carretera, cruzar el solar de la ciudad y enfilar seguidamente la cuesta del pueblecito de Bearin para acceder a las tierras más occidentales de Yerri, es decir por el desolado de Muro y por Abárzuza, o acortar poco antes por donde hoy se desvía la carretera a Murugarren, no eran caminos expeditos, cerrado ese entorno a cal y canto por tupidos y enmarañados encinares que impedirían atisbar cualquier sendero o camino. Al igual que diez años atrás debió de hacer Sancho Garcés cuando la toma del Monjardín, los moros fueron en busca de la vía romana. Cruzaron el Ega por un puente entre Zarapuz y Noveleta, que tiempo después lo fue de peregrinos, y dejando a mano izquierda el achatado cerro en el que se alza desde el siglo XI la ermita de San Miguel, accederían a Villatuerta, la vieja localidad de origen romano, cabecera del valle de la Solana, que se sitúa en el extremo meridional de la depresión del Iranzu, muy cerca de las aldeas meridionales del valle de Yerri -Grocin, Murillo y Zurucuáin-, por cuyas inmediaciones concibió Lacarra el paso a los valles de Abderramán III, basándose en que ésa era la ruta que siguieron en 1874 las tropas liberales que mandaba el general Manuel Gutiérrez de la Concha, Marqués del Duero, en su marcha a Abárzuza, donde un certero disparo acabó con su vida. No es verosímil ese itinerario en el 920 si se presta atención a la crónica árabe, que señala que durante el trayecto a los campos de Muez hubo hostigamiento desde lugares encumbrados, a todas luces inexistentes por esa parte del valle. "Los cristianos se mostraron en las cumbres de montañas poco accesibles..." escribió Ibn Idari. Los moros, tras cruzar el modesto Iranzu por el puente de Villatuerta, situado donde el medieval todavía en uso, remontarían la suave cuesta que culmina donde el desolado de Lorcatxiki, y sin perder el camino romano, que tenía que coincidir con el actual trazado de la carretera de Pamplona, a los pies del Montesquinza, sólo tenían que adentrarse en la depresión del río Salado, pasando primero por el solar de la villa jacobea de Lorca y, por donde el actual km. 34 de la carretera -muga de los municipios de Yerri y Mañeru-, se desviarían en dirección al puente sobre el Salado, también de origen romano, hoy gótico de dos ojos, que alcanzó fama universal entre los atribulados peregrinos desde el siglo XII, en que el clérigo Aimeric Picaud les prevenía del peligro de ser asaltados por partidas de navarros armados con navajas y garrotes y del riesgo que entrañaba beber en sus "envenenadas" aguas. "Cuidado con beber en él ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero". ¿Todo por ser ligeramente saladas las aguas, la sal que sigue aflorando al pie del pequeño monte contiguo, el Gatzaga, es decir, "sitio de sal"?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ese puente pasó Abderramán III en el 924 de regreso a Córdoba tras asolar gran parte del reino, pese a que Alberto Cañada Juste, en su afán por amoldarse al paraje Licharra que descubrió en las inmediaciones de Oteiza de la Solana, optase por desviarlo unos cientos de metros antes, enviándolo "por el valle del río Salado hasta las cercanías de Andión", en el término de Mendigorría, ajustando a ese itinerario caminos ovejeros muy posteriores. En la aceifa del 920, el Emir no prosiguió en dirección a la capital del reino, sino al O., incorporándose seguramente a la vía ya mencionada que enlazaba con la ruta de Roncesvalles por la Barranca, por donde el genuino trazado jacobeo de Pamplona a Álava, ruta de acceso asimismo de Sancho Garcés cuando la conquista del Monjardín. A esa vía, en su tramo final, iban a parar los senderos que bajaban de los pueblecitos del valle de Guesalaz y de parte del de Yerri antes de la construcción del embalse de Alloz; otros en cambio lo hacían por Grocin directamente a Villatuerta, donde también se unían al general de Estella, la ciudad de la que dependían para toda clase de menesteres. A la capital nadie iba, como prueba el hecho de que hasta después de las guerras carlistas sólo existieran arduos senderos de cabras hacia Arguiñariz y el puente de Belascoain sobre el Arga; el empedrado de Arzoz al Alto de Guirguillano y a Puente la Reina, pese a que algunos lo den como romano, es rural que se remonta al siglo XVIII.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el camino viejo que partía del puente jacobeo de Lorca se ha perdido enteramente, absorbido por la actual carretera local. Al igual que ésta, discurría por terreno llano entre monte bajo, próximo al sinuoso y silencioso Salado, apenas entrevisto entre juncos y carrizos. El espacio pronto se abre a la altura del convento de Santa María de San José, un lugar legendarizado, aún a mediados del siglo XIX, por Pascual Madoz, convencido de que en él se había descubierto "una multitud de sepulcros de piedra, donde hay esqueletos y algunos de estos con rosarios". En el convento la carretera se bifurca; un ramal se dirige a los pueblos de Lácar y Alloz, que comparten iglesia en Eguiarte, mientras que el otro avanza hacia el remansado contraembalse de Alloz, que bordea entre carrizales y casas bajas con huertas. Pasa al pie de la presa de hormigón, soldada a los cuarteados escarpes calizos que se alzan a la vertical, y monte arriba entre curvas sale a Lerate, primer pueblo del valle de Guesalaz. Antes de la construcción del embalse, el Salado y el viejo camino cruzaban juntos el angosto paso de Atarrabia, que se forma entre el Burumendi y el Alto Irurre, dos montes que procuraban desniveles de hasta 400 metros sobre el cauce, que a buen seguro supieron aprovechar los hombres de Sancho para tender una nueva emboscada que recogen los cronistas. Arib Ibn Saad: "Los cristianos aparecían en las cumbres de las montañas casi inaccesibles y se lanzaban contra los flancos de nuestras tropas para atemorizar sus corazones". Ibn Idari: "Los cristianos se mostraron en las cumbres de las montañas poco accesibles. Después atacaron los flancos de nuestras tropas lanzando gritos y alaridos para atemorizar a los nuestros".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el intento que prometía ser empeño fácil acabó en nuevo fracaso ante la pronta reacción de los moros, que desde la partida del Ega habían extremado la cautela, que pudo llevarlos a enviar hombres a las mismas cimas, a las que pudieron acceder fácilmente desde el puente del Salado, siguiendo un viejo camino de monte, el Lorcabidea, que atravesaba un solitario paraje conocido como Arradia, ¿"piedra grande"?; un lugar en el que se han descubierto vestigios romanos, y que en otro tiempo es posible que hiciese las veces de ruta opcional para quienes no deseaban o no preferían cruzar la foz. Aquella vez no hubo degollina como en Dixarra-Dachero, pero sí huida rápida, probablemente por la línea de montes del sinclinal colgado que va del Axixuri al Esparaz, lo que les habría permitido internarse con facilidad por Salinas de Oro a la siempre salvadora Andía. Menos precavidas fueron las tropas liberales apostadas en Lácar, sorprendidas en 1875 por una columna carlista al mando del general Mendiri, desplazada desde el frente del Carrascal al Alto de Guirguillano y de ahí directamente a la foz, sorprendiendo a los liberales que no se percataron del peligro que entrañaba el estrecho pasaje, conceptuado por aquel militar como "un verdadero desfiladero que atravesaba una cordillera de peñas que, aunque de poca elevación, es inaccesible". &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-2646934957654551079?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/2646934957654551079/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=2646934957654551079' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/2646934957654551079'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/2646934957654551079'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-vii-abderraman-va-camino-de.html' title='Capítulo VII. Abderramán va camino de Valdejunquera'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPlq4e1HrI/AAAAAAAAAIw/APE7qkHDWvI/s72-c/191.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-4448450040485453735</id><published>2009-08-19T18:08:00.007+02:00</published><updated>2009-08-26T18:00:35.494+02:00</updated><title type='text'>Capítulo VIII. Los musulmanes acampan en el valle de Yerri</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;El &lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG-tMKj_HI/AAAAAAAAAIg/60QNKhi6wr8/s1600-h/190.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 257px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373285513998630002" border="0" alt="Puente medieval sobre el Ubagua por el que cruzaron las tropas musulmanas. Río que separa oficialmente los valles de Guesalaz y Yerri" src="http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG-tMKj_HI/AAAAAAAAAIg/60QNKhi6wr8/s400/190.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#330099;"&gt; El río Ubagua o Muez separó realmente a los ejércitos musulmanes &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#330099;"&gt;de los cristianos la víspera de la batalla&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Superada la foz del Salado sin bajas, las fuerzas emirales se vieron en lo más hondo de los valles, los terrenos que corresponden a la depresión que ocupa el embalse. A la derecha, Lerate, aldea muy antigua en la que se han localizado hallazgos romanos. A la izquierda, en alto, Villanueva, más reciente en la historia. El viejo camino cruzaba el río por un puente hoy sumergido, desde donde emprendía una larga subida por el barranco de Ugar, entonces cubierto por quejigos y hoy por trigales, muy cerca de la cañada real de Tauste a Andía. Juntas las rutas, descendían al valle por las Casetas de Ciriza y la ermita de Santa Catalina, otrora iglesia parroquial del poblado desaparecido. Los montes serranos cierran el espacio por el norte. El trazado genuino se dirigía monte arriba hacia Lezaun y la Venta de Zumbel. Las fuerzas árabes tomaban posiciones por el corazón de Yerri, reliquia toponímica de aquel remoto Deio. Hombres, caballos y carros irían repartiéndose por occidente hasta la vera del Iranzu y por oriente hasta el Ubagua, más allá del cual es de suponer que se hallaban las gentes de Ordoño y Sancho. La descripción de José de Moret se ajusta admirablemente a como debieron desarrollarse los primeros movimientos de tropas: "Por las comarcas de Abárzuza y Azcona llegaron a tocar en el valle que por la copia de sal de seiscientas fuentes saladas que revientan en Salinas de Oro y forman el río Salado, que baña por medio el valle de nombre vascónico llamaron Gazala y hoy, con alguna inmutación, Guesálaz".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La jornada del día 25 llegaba a su fin y había que levantar el campamento. Tampoco en esta ocasión faltaron voces que sostenían que aquel mismo día se llegó a la batalla. Se alegaba que había tiempo para combatir, considerando la corta distancia desde Dixarra-Dachero, pero olvidan que no fue aquella la cabalgada de cien hombres, sino la de un ejército numeroso que se topó con enormes dificultades en la foz y con los acosos de Sancho, lo que tuvo que suponer gran demora. No hay que dudarlo, aquella tarde de julio se hizo lo que constataron los cronistas. Arib Ibn Sad: "El Emir mandó hacer alto, y como el sitio fuese a propósito, dispuso dar algún descanso a la hueste". Ibn Idari: "El Emir, deteniendo su marcha, dio orden de acampar y de levantar las tiendas". El obispo Sampiro, cronista de campaña de Ordoño, también se hizo eco: "Al tercer año del desastre de Mitonia (917) llegó un innumerable ejército sarraceno al lugar denominado Muez". La noticia la reprodujo Moret en términos parecidos: "Asentaron los reales, con tan inmenso campo que, Sampiro dice, no se podía contar por la multitud en sitio muy acomodado". Echada la noche, los valles se habrían convertido en un hervidero de voces y órdenes. "Tendió Abderramán su inmensa morisma por la campaña, y componiéndola en forma de batalla, discurría por los escuadrones, recordando a todos sus victorias pasadas", imaginó Moret. Los primeros que iban a entrar en combate nada más despuntar el día 26 ocuparían posiciones destacadas, acaso a la vera del Ubagua, al pie de Muez, como bien dispuso el jesuita: "Tenían a la espalda y muy cerca un copioso arroyo de agua dulce y poco más abajo el río Salado que entra en él para la comodidad de la sal en los reales".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada se sabe de las posiciones de los cristianos aquella noche de víspera, pero tenían que hallarse acechantes por los altos entre Iturgoyen y Arguiñano. El campamento lo tendrían por la explanada que preside Lezaun, ya en el corazón serrano. Los reyes Sancho y Ordoño, imaginó Moret, infundían ánimos a los hombres en aquellas horas de angustia: "Mientras el ejército (leonés) descansaba del prolijo camino y los soldados se encendían con las promesas alegres del hospedaje reciente, los reyes, con los cabos principales, reconocían en torno a la campaña y deliberaban de la suma de la guerra". Algo tendrían que decir también los dos obispos que habían venido acompañando a Ordoño, personajes casi legendarios, apresados en el transcurso de la batalla y llevados cautivos a Córdoba. Uno era Dulcidio, presbítero de Toledo y obispo de Salamanca, que tiempo atrás, en el 883, había sido enviado a la capital de Al Andalus por el rey de Asturias Alfonso III con la misión de rescatar el cuerpo martirizado de San Eulogio, el primer peregrino del Pirineo navarro en el 848, lo que lograría al cabo de un año. El otro, Hermogio, cautivo también en Córdoba, aunque rescatado seis años después por su sobrino Pelayo, que se quedó en su lugar para no volver jamás. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#660000;"&gt;Ubagua o Riezu, el río que separa los valles&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;&lt;strong&gt;Es el río de aguas gélidas que&lt;br /&gt;nace de las entrañas de Andía&lt;br /&gt;en medio de un apacible vallecito.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;En un extremo de Muez, capital del valle de Guesalaz, se halla la ermita de San Miguel, un lugar apropiado desde el que divisar la entalladura en la sierra de Andía que forman dos montes, el "Monte Primero" (636) y el "Monte de Riezu" o "Errezumendia" (609). Entre ellos se abre el vallecito que canaliza el Ubagua, el río que pasa por el pueblecito de Riezu y que se origina con arroyos de signo torrencial de incierta localización, procedentes del Erbioz, el barranco que desciende del entorno de Lezaun entre elevados escarpes tajados en las rocas calizas, merced al fenómeno cárstico, la epigénesis y la compleja red de fallas que fracturan la cara meridional de Andía. Pero es el agua que mana abundantemente en invierno por el popular nacedero lo que concita el atractivo de la visita al vallecito, no en vano arduo empeño es localizar los cursos altos de los ríos. A unos cien pasos de la ermita está la casa palaciana de Irigoyen de recios ventanales enrejados que rematan cruces de hierro, esa clase de vestigios de otros tiempos de fe más arraigada. Tres calles se dirigen hacia la plaza que preside la iglesia parroquial de Santa Eulalia, en cuyo muro meridional, a un lado de la vieja puerta de acceso, hoy cegada, puede admirarse un sillar tumbado con una borrosa inscripción en latín dedicada por un veterano de la Legión II Augusta a otro que murió en alguna batalla contra los bárbaros del inseguro limes del Rhin. Se llamaba Aemilius Ordunetsi, algún vascón de cierta notoriedad local que debió de ser recompensado con alguna concesión territorial, práctica frecuente entre los soldados veteranos, que llevó a la fundación de pequeños pueblos que habían de compartir vecindad. Muez se halla en un altozano sobre un paisaje de trigales, que salpican aquí y allá quejigos aislados, nogales a la vera de la carretera y los sotos que acompañan al río, donde se concentran las cuidadas huertas. Cuando el tiempo de los primeros caminos reales, por el pueblo pasaba el que se dirigía a Estella por la hoya que hoy ocupa el embalse y al que se le acababan de unir varios caminos menores de la parte oriental de Guesalaz. Partía de Muez por terrenos de Obancea y entraba en los del antiguo Señorío de Novar una vez que vadeaba el río Ubagua por el pequeño puente medieval de recios tajamares que aún aguantan firmes las fuertes crecidas. Ubagua es hidrónimo euskérico transmutado que deriva de un genuino "urbegui", que literalmente significa "sitio de agua", nombre descriptivo con el que tiempo ha la gente se refería a manantiales, nacederos o fuentes de ríos. No son pocos los elementos de la topografía que porque perdieron la relevancia que tuvieron, perduran desarraigados y sin significado en los mapas regionales y comarcales. Lo constatan, por ejemplo, los "lizarras" y "lizarragas", otrora apreciados fresnos y fresnedas para el ganado, que dieron lugar en algunos casos a poblaciones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ubagua es a la vez río de corto curso, nueve kilómetros, y escasas menciones historiográficas que se remontan a mediados del siglo XIX. Una corresponde al diccionario de la Academia de la Historia, y confirma claramente la relación del hidrónimo con el entorno concreto en el que surge: "Nace en su término [el de Riezu] a un quarto de legua por el N. un arroyo. El sitio de su origen se dice Ivagua". La otra, del diccionario geográfico de Pascual Madoz, revela su etimología, pero traducida al castellano: "Lo atraviesa un río llamado Nacedero, que tiene su origen en la falda de la sierra de Andía, y tiene dos puentes." La descripción prueba la celeridad con que retrocedía el euskera de estas comarcas estellesas, en tanto la gente, ya por entonces, no comprendía que ambos términos significaban lo mismo. Pero muchas veces la intrascendencia de ríos, valles o montes, es sólo aparente pudiendo esconder ecos históricos relevantes. Es lo que pudo pasar probablemente con el modesto Ubagua a tenor de la descripción de José de Moret, el ilustre analista del Reino de Navarra, acerca de la batalla de Valdejunquera, cuando en la lejana fecha del 25 de julio del 920 le cupo ser línea separadora de moros y cristianos. "Asentaron los moros teniendo a sus espaldas y muy cerca un copioso arroyo de agua dulce y poco más abajo al río Salado que entra en él". Aquel amanecer, la aguerrida caballería al mando del gobernador de Tudela inició el ataque contra los reyes cristianos nada más cruzar el río e internarse en "un campo de más igual llanura y algún ensanche mayor, que por la copia de juncos que allí nacen llaman Valdejunquera" (Moret).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre una verde alameda de árboles ribereños que recorre trigales y huertas, viene el Ubagua desde Riezu, el pueblo que en el siglo XVII aún formaba parte de una de las cuatro cendeas que se constituyeron en el valle, la de Arizaleta, que comprendía además los concejos de Iruñela y Lezaun. Una cendea era el mutuo acuerdo de cien hombres de una comunidad rural vecina, dispuestos a la defensa de casas, cultivos, ganados y leñas del monte. Riezu parece ser el topónimo más antiguo que se conoce de estos valles, documentado ya en 1027 como Arriezu y en 1055 como Arrioz, grafía ésta que podría estar relacionada con Arbioz, el nombre del barranco, que parece dejarse traducir por "bajo la roca", probable alusión al "Monte de Riezu", que desde antiguo debió de representar mucho para los lugareños por alguna razón desconocida. El acceso al pueblo arranca de la NA-700, la carretera que recorre Yerri y Guesalaz de parte a parte. No llega al kilómetro la distancia que antaño mediaba entre el "Camino que se ba a Novar" (1829) y el "Camino de Estella" (1707), hoy carretera NA-7140 que sube hasta Iturgoyen cruzando Riezu. Antaño, a ese pueblo se accedía desde Muez. La calle principal se llama Rochapea, que porque significa lo mismo, "pie de la roca" (de "rocher" en francés, como el puente del Arga en Pamplona), puede tomarse como una nueva referencia al monte citado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desemboca en una anchurosa plaza que rodean casas blasonadas, y de ella parte la del Molino entre nogales centenarios hacia la plaza mayor que enmarcan notables edificaciones, como la iglesia parroquial de la Asunción, el palacio de los Remírez de Ganuza (s. XVII) y un severo torreón de factura medieval, hoy aprovechado como vivienda, que en otros parajes acabaron convirtiéndose en iglesias parroquiales con el añadido de naves y ábsides. Lezaun y Arguiñano son dos ejemplos claros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madoz, al que siempre hay que citar por las pintorescas descripciones de unos pueblos que perdieron su vieja fisonomía, con aquel aire entre rural y naturalista que caracterizaba su diccionario, situaba a Riezu "al final de la garganta que forman los montes de Arizaleta e Iturgoyen, poblados de encinas, robles, hayas, bojes y otros arbustos", y a la vera del río, notorio por la "excelente calidad de sus aguas, que se utilizaban para beber y demás usos". Mencionaba también álamos y nogales, tan corpulentos seguramente como los que enmarcan el paseo de la Rochapea hasta el viejo molino de agrietados muros a las afueras del pueblo, conocido en el siglo XVII por "molino farinero". Hasta él solían venir las gentes de Arguiñano e Irujo por el "Zaldunbidea", el camino que cruzaba campos legendarios de la batalla de Valdejunquera. Aledaño al molino hay otro puente que otrora debió de ser de piedra y que hoy carece de importancia. Ahí arranca el camino del vallecito del Ubagua, ancho y pedregoso hasta culminar la suave cuesta que sale a un prado entre árboles de agradecida sombra en los rigores del verano. El río, que se remansa en una pequeña presa, deja ver claramente el lecho de cantos aplanados, que semejan una tosca calzada que baja de la montaña al valle. Un sauce de alto porte deja caer su desmelenado ramaje sobre el agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aliagas, zarzamoras, bojes, juncos e hileras de chopos ribereños, crean bellos efectos con los primeros rayos del sol. Las laderas, muy próximas una de la otra, empiezan a ser tomadas por el encinal, que pronto se convierte en bosque predominante. Los escarpes grisáceos y cuarteados del "Monte de Riezu" parece que van a desmoronarse sobre la ermita de San Blas, que ya se ve cercana, mientras los del "Monte Primero" son socavados pertinazmente por el río, aún torrente, que en un acusado quiebro se esfuerza por desarraigar una encina que descuelga su ramaje de orilla a orilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino parece jugar a alejarse del agua. Cuesta arriba se dirige hacia una antigua central eléctrica, hoy vivienda, la única que puede verse en el entorno. Junto a ella, al otro lado del sendero, situada ligeramente en alto y agazapada bajo el roquedo, se halla la ermita de San Blas con su recoleto prado en el que ha crecido un árbol. Tiene un ventanuco enrejado y una sencilla puerta lateral a la que se accede por dos escalones. En el tejano hay una cruz de hierro y una veleta inmovilizada. Un letrero apenas legible constata el nombre, San Blas. El santo titular se guarda en la iglesia de Riezu. Pero tiempo hubo en que tan humilde fábrica fama tenía por quien moraba en ella hacia 1726, fray Jorge Martínez, general de los ermitaños navarros, que con empeño y tesón obtuvo autorización eclesiástica para que desde ella pudiese pedir limosna, privilegio que no siempre se concedía por los muchos abusos que traía... El fervor popular hace acto de presencia del modo más inesperado. Enclavada a unos metros del suelo, en la roca, una diminuta efigie en piedra arenisca de la Virgen con el Niño en brazos, tiene puesta la vista en el cielo. Es la Virgen del Rosario, presente en la mayoría de los retablos de las iglesias de los valles de Guesalaz y Yerri. Debajo, a la altura de los ojos del caminante, cuelga un tiesto con flores dedaleras, y ya en el suelo herboso, una tosca losa apoyada entre dos troncos parece querer remedar un sencillo altar... El camino, cuesta abajo, retorna a la compañía del río, silencioso y encalmado hasta que se hace estruendoso a su paso por otra represa que se parece a una concha vieira de los peregrinos. Río arriba emergen algunas isletas revestidas de flores de bellos colores azulados, que enmarcan los blanquecinos cantos al aire. Unos pasos más adelante se halla un pequeño puente de dos arcos, rehecho de mala manera al ser arrastrado el genuino por una riada. Por él iba el camino al "Monte Primero" y al pueblo de Arizaleta, y hasta él llegaba el de Iturgoyen, que hoy cruza entre piezas sembradas. Un grupo de enhiestos chopos, ruidosos cuando sopla el viento, enmarcan el paraje. Se observan las alambradas de espino que avisan de la presencia de una antigua facería que comparte ese concejo con Riezu, que hace la número 543 de las existentes en Navarra. Otra muy similar, la 544, se halla entre los cercanos pueblos de Lerate y Alloz. Las facerías las definía el Fuero Nuevo como "la servidumbre recíproca entre varias fincas de propiedad colectiva o privada".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Helechos e hileras de juncos delatan la presencia de un manantial diminuto, que incapaz de verter al río, lo hace a lo largo del camino, que refulge con los primeros rayos del día. El paisaje del vallecito se ensancha. Ya asoman los elevados escarpes serranos. A unos 1.500 metros de Riezu y a una altitud de 510 m., se halla el nacedero. Una treintena de pasos lo separan del último y rudimentario puente que apenas puede encauzar el río en invierno. Seco éste en el estío, exhausto el acuífero de Andía, el caminante puede acceder a la gruta saltando entre piedras recubiertas de líquenes y musgos. No cabe esa posibilidad con otros cursos altos, que cuando no son arduas tentativas, son empeños imposibles, cual si persistiese un especial interés de la naturaleza por mantener el misterio del origen de las aguas terrenales, los lugares recónditos en que se forman. Las fuentes de los ríos, desde la remota antigüedad, simbolizan uno de los mitos más arraigados entre los seres humanos de todas las culturas, la unión de la madre tierra y del cielo, que envía a través de la montaña las aguas que habrán de canalizarse hasta el mar. La mitología de la ancestral y recóndita Navarra de valles pirenaicos, al igual que otras tierras del norte peninsular que experimentaron profundas influencias celtas, es muy posible que alguna vez emparejase los términos euskéricos "lur" y "ur" (tierra y agua), como supuso Julio Caro Baroja, y que les diese una significación concreta de signo desconocido, que ha llegado hasta hoy enmascarada en los ritos del Año Nuevo que siguen celebrándose en algunas comarcas, como parecen demostrar los versos que suelen recitarse por esas fechas de casa en casa: "Ur goiena, ur barrena / Urteberri eguan ona", referencia literal a "agua de arriba y agua de abajo"..., el agua de la lluvia que corre por arroyos y ríos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andía es una elevada meseta constituida por sucesivos sinclinales que forman un sinclinorium, en cuyas zonas más deprimidas de margas permeables, compuestas por calizas y calcarenitas eocénicas, proliferan las simas y dolinas que sumen las aguas de lluvias y nieves, que descienden cientos de metros por esos terrenos porosos hasta detenerse en las margas marinas impermeables del cretácico superior, que constituyen los fondos de los valles de la Barranca, de las Améscoas, de Ollo y de Guesalaz y Yerri. Una pequeña parte de esa agua, aun filtrada, vierte en las depresiones superficiales de Urbasa y Andía al quedar retenida sobre capas impermeables de margas intermedias, pero en su inmensa mayoría desciende hasta llenar los acuíferos, cuyas dimensiones se calculan entre 80 y 100 kilómetros cuadrados, correspondiendo la captación mayor a las enormes dolinas del apartado entorno del valle de Zumbel. Una vez que los niveles se superan, el agua se libera con ímpetu por los nacederos, manantiales cársticos que se encuentran al ras de los profundos barrancos que caracterizan la cara meridional de Andía. El euskera antiguo reservaba para estas grutas el nombre de "arpeas", es decir, cavidades "al pie de las rocas", pero tratándose de manantiales la denominación apropiada es la de "urbegis". El Ubagua llega a alcanzar caudales máximos de 30 metros cúbicos por segundo. Sus aguas, tremendamente frías todo el año, hoy están reguladas por la Mancomunidad de Valdizarbe, que surte a los valles de Guesalaz y Yerri. De entre los nacederos que dependen de la sierra de Andía, el de más aforo es el de Arteta en el valle de Ollo. Existen otras surgencias por Echauri, además de los aportes subterráneos incuantificables que vierten en el río Araquil al paso por el puente de Asiáin, en la cendea de Olza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta el último puentecillo próximo al nacedero el recorrido es un suave y agradable paseo por terreno llano. En ese punto el camino se divide. Uno, muy pedregoso, arranca cuesta arriba por encima de la boca del manantial, perdiéndose rápidamente por el monte encinal. Era antaño el que subía a Lezaun. El que hay que seguir cruza el puente nada más dejar atrás el poste que lo identifica como PR-NA-182 con un trazado de 3,3 arduos kilómetros, y se dirige entre alambradas hacia una cancela herrumbrosa bajo una encina de gruesas ramas zoomórficas, tras la cual se interna en parajes de pura vegetación mediterránea. Pero pronto llega su final no sin el asombro del caminante, que ve como se interrumpe ante el lecho seco del río, que deja al descubierto el áspero pedregal recubierto de líquenes y ramilletes de bellas flores rojas y verdes que se pierden en el primer recodo. Así permanece aun en época de intensas lluvias, lo que parece indicar que algo determinó el cambio de su curso, tal vez la formación de nuevas fracturas del terreno, que sumen las aguas en otra dirección... El camino, ya convertido en sendero de herradura, se reanuda en la otra orilla entre bojes y encinas enmascaradas por las hiedras que trepan enroscadas, reencontrándose poco más adelante con el cauce muerto, en un solitario paraje que sólo permite descubrir el cielo. Los farallones calizos, que llegan a alcanzar alturas de 250 metros, han ido dejando caer enormes peñascos por las honduras por las que corre un arroyo de arduo acceso que no se alcanza a ver, pero que se oye. El lugar se sitúa en pleno corazón del Erbioz, barranco o cañón que pertenece en su mayor parte al concejo de Riezu, salvo el extremo superior, que en forma de cuña se interna en terrenos del municipio de Lezaun, en donde hace acopio de aguas, a las que se suman las que vienen del barranco Inaroz, que se forma en el entorno de la cota 1.100 m. de Andía, muy cerca de la ermita de la Trinidad de Iturgoyen. Por los mapas se aprecia que el Erbioz tiene clara orientación NNW-SSE, como su gemelo el del Iranzu, y que como aquél constituye una entalladura excavada por las aguas de superficie en materiales calizos alterados por la existencia de fallas transversales que han provocado la formación de otras depresiones menores inaccesibles, coronadas por cornisas en que anidan colonias de buitres.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-4448450040485453735?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/4448450040485453735/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=4448450040485453735' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4448450040485453735'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4448450040485453735'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-viii-los-musulmanes-acampan-en.html' title='Capítulo VIII. Los musulmanes acampan en el valle de Yerri'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpG-tMKj_HI/AAAAAAAAAIg/60QNKhi6wr8/s72-c/190.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-6482671873094091427</id><published>2009-08-19T18:02:00.004+02:00</published><updated>2009-08-26T19:22:04.873+02:00</updated><title type='text'>Capítulo IX. Ordoño II y Sancho Garcés I unen sus fuerzas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Uno de los capítulos más intrigantes de la aceifa del 920 que desembocó en la batalla de Valdejunquera está precisamente en la petición de ayuda de Sancho a Ordoño cuando se veía incapaz de hacer frente a Abderramán. Pero aun la premura que requería la situación, el leonés acudió una semana después. ¿Se debió el retraso a la larga caminata que hubo de dar para eludir a los musulmanes en los campos de Dixarra-Dachero? Tiene sentido y no hay que descartarlo, pero tampoco que la razón fue otra muy distinta: la paciente espera del rey porque se le uniesen las fuerzas de los condes castellanos, sus vasallos, que había convocado a acudir en ayuda del rey Sancho. Ordoño se hallaba cerca de Navarra, o nunca habría podido llegar a tiempo, según deducción de Lacarra: "De haber estado en León no hubiera llegado a tiempo, y además hubiera podido recoger a su paso a los condes de Castilla, que inexplicablemente no acudieron a la cita de Valdejunquera". Los condes no se le unieron al final. ¿Habrían valido aquellos refuerzos para inclinar la batalla hacia el lado cristiano? Ordoño debió de contar en el último momento con su propia gente y con los alaveses que recogería en el camino, pues constituía Álava lo más oriental de su dilatado reino. La imaginación de que hizo gala José de Moret lo llevó a atinar extraordinariamente con el itinerario del leonés: "Don Ordoño, habiendo llevado las jornadas por Burgos y después, según parece, por la Bureba y Álava -que de haber sido por la Rioja, hubiera sido fácil el cortarlo- atravesando por los tránsitos que le tenía prevenidos don García, arribó en fin a sus cuarteles con el ejército numeroso y bien aprestado". Llama la atención la mención de esos "tránsitos" que no aclara, que pueden corresponder perfectamente al tramo final que hubo de seguir aquel monarca hasta tocar en los valles de Yerri y Guesálaz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los leoneses cabalgarían por la llanada de Vitoria, por la cuenca alta del Zadorra que seguía la vía romana y primera jacobea antes del desvío de Pamplona a Estella. A mano derecha se alzaba la que parece interminable cadena de montes que va de Opakua a Satrústegui, pasando naturalmente por las emblemáticas sierras de Urbasa y Andía, que por algún paraje habían de cruzar; era inevitable en tanto que los caminos del Ebro desde La Rioja hacia la Navarra suroccidental acababan topándose con las fuerzas emirales. La primera opción la tuvo que encontrar Ordoño en un antiguo paso montañoso, utilizado por romanos y árabes, en mayor medida estos últimos cuando las frecuentes acometidas a Álava y Castilla en el siglo IX, y que iba de las poblaciones de Alegría y Salvatierra a los montes de Iturrieta y Encía, que cruzaba por los puertos de Herrenchu-Guereño, explorados en lejana fecha por Claudio Sánchez Albornoz, acompañado a la sazón por José María Lacarra. Ese acceso permitía a los leoneses entrar por Maeztu en la cuenca alta del Ega muy cerca de Santa Cruz de Campezo, y desde ahí proseguir la marcha por la navarra Berrueza hasta tocar el nudo de Los Arcos, pero de nada habría valido teniendo que dirigirse hacia Monjardín y Montejurra, donde estaban los árabes. Tampoco cabía entonces desviarse por la Tierra de Campezo a las inmediaciones de Estella por la Valdega y Valdeallín bordeando el Ega, cual hoy la carretera que viene de Vitoria, porque hasta tiempos recientes era ruta cerrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ordoño debió de proseguir la marcha en dirección al corredor navarro de la Barranca que entra por Ciordia, muy cerca de la cual se halla Olazagutía, de donde arranca una sinuosa carretera a Estella por los rasos de Urbasa. Habría sido ése un buen acceso, pero queda descartado por reciente, puesto que se remonta a la guerra carlista, abierto a la sazón por el general Zumalacárregui. El rey de León avanzaría por la Barranca hasta la localidad de Bacaicoa, donde de hecho pudo abandonar la vía romana de Roncesvalles para internarse por el viejo ramal que, entre espesos hayedos, subía el monte hasta doblar las gigantescas moles calizas, muy cerca de la ermita de San Adrián, confluencia geológica exacta de Urbasa y Andía. Entre dólmenes aquel ejército fue descendiendo por pastizales y campos de hondas dolinas hasta encaminarse por el valle que se abre a la altura de la Venta de Zumbel, solar de una población medieval. Sancho Garcés esperaría a Ordoño en el circo intramontañoso de Lezaun, desde donde ambos descendieron a los valles de la batalla por el barranco Erendazu, que pasa por las inmediaciones de Iruñela. La ruta responde perfectamente a los "tránsitos" a que aludía Moret, y que Sancho tenía que conocer bien por haber recurrido a ellos años cuando la conquista del Monjardín, porque al igual que la cautela que tomó Ordoño hubo de tomarla él diez años antes, pues moraba el rey por la tierra de Sangüesa, en el extremo oriental de Navarra, y proviniendo de esa parte, aunque lo más sensato era seguir el itinerario que marcaba la vía romana que atravesaba el valle de Aibar, era entonces desaconsejable por ser ruta que en su extremo se aproximaba a los dominios Banu Qasi de Olite y Tafalla. Era asimismo insegura la vía de Pamplona al puente de Lorca, enmarcada la franja meridional de la sierra de El Perdón y el paso del Carrascal en incierta frontera de moros y cristianos, como reconoció en alguna ocasión Lacarra. El acceso de Zumbel debe de remontarse al neolítico, cuando los poblados ribereños del Ebro descubrieron los ricos pastos serranos de verano, que acabaron instituyendo una de las cañadas reales más importantes de Navarra, la que iba de Tauste a Andía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los albores de la era cristiana, los romanos también debieron de utilizar ese camino por la trascendencia de las comarcas que unía. Pero más importancia pudo tener por su nítido trazado meridiano entre Urbasa y Andía, que haría de ella la frontera natural, la ilocalizable divisoria entre la antigua Vasconia (la genuina Navarra) y las tierras de várdulos y caristios (alaveses y guipuzcoanos de hoy). Sánchez Albornoz ya lo había puesto de manifiesto, aunque sin atreverse a aventurar un trazado: "No sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzkadi de hoy de la Navarra milenaria". Siendo así, el corredor de la Venta de Zumbel constituyó entonces otra divisoria de signo legendario, la que separaba el Conventus juridicus caesaraugustanus, con capital en Zaragoza, del Conventus juridicus cluniensis, con capital en Clunia, cuyo último eslabón se interrumpía en Curnonium -cerca de Los Arcos- y reaparecía misteriosamente al otro lado de los montes, en la mansión militar romana de Araceli, es decir, Huarte-Araquil, desde donde proseguía su trazado por las villas guipuzcoanas de Ataun y Beasain, hasta tocar el Cantábrico por Oiarso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo transcurrió y el camino intraserrano caería en el olvido, cegado por la exuberante vegetación atlántica. Pero es muy posible que reviviese cuando "la guerra civil del siglo XV en Navarra entre beamonteses y agramonteses" (Pascual Madoz). A la ruta debió de recurrir también Carlos, Príncipe de Viana, el conflictivo verano de 1450 en que decide abandonar misteriosamente Navarra para trasladarse a Guipúzcoa, donde pasa un año acogido al amparo de los condes castellanos que allí mandaban, al cabo del cual regresa a su castillo de Olite, previsiblemente por el mismo sitio, ya reparado como parece probarlo que sólo meses después de la vuelta del Príncipe entrase un ejército castellano, que porque pudo coger desprevenidos a los estelleses hay que deducir que fue debido a haber accedido por la parte de Abárzuza. El tiempo transcurrió; volvió a echarse encima. La falta de uso abiertas otras rutas y las duras condiciones climatológicas del ámbito de Urbasa y Andía devolvieron de nuevo el camino de Zumbel al olvido, hasta el siglo XVIII en que es definitivamente reparado, coincidiendo con una época de grandes obras públicas en España, caracterizada por la construcción de los primeros caminos reales y toscas calzadas rurales que unían pueblos y valles, como las de Elzaburu a Santesteban de Lerín, de Arzoz al Alto de Guirguillano, y naturalmente la de Zumbel, que a más de un incauto llevaron a confundir con calzadas romanas. El actual empedrado y los puentes con que salvar dolinas y barrancos que se conservan por las inmediaciones de la ermita de San Adrián, a tres kilómetros al oeste del túnel de Lizarraga, son exactamente los mismos que pisaron los guerrilleros de Espoz y Mina y los carlistas de Tomás Zumalacárregui, amén de los últimos arrieros que transportaban vino de Cirauqui y Mañeru hasta principios del siglo XX. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Zumbel, valle entre Urbasa y Andía&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="color:#333300;"&gt;Por este corredor que une las tierras de la Barranca y las ribereñas del Ega, accedieron los reyes Sancho Garcés I y Ordoño II cuando la batalla de Valdejunquera. &lt;/span&gt;&lt;span style="color:#660000;"&gt;Sirve además este estudio personal mío para desmontar las absurdas apreciaciones de algunos en Navarra que hablan de "calzada romana" sólo con ver algunos tramos de camino empedrado por las inmediaciones de la ermita serrana de San Adrián. Confundir un camino rural empedrado del siglo XVIII con una calzada romana es lo más frecuente entre gente poco exigente. Caminos empedrados entre comarcas se construyeron bastantes en aquel siglo cercano, en un tiempo en que aumentaron considerablemente las relaciones comerciales entre los valles y los medios de transporte eran mejores, a la vez que más pesados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#330000;"&gt;El recorrido fugaz o la estancia de unas horas en Guesalaz y Yerri no puede prescindir de las visitas a los entornos naturales del diapiro de Salinas de Oro, del monasterio de Iranzu y del cañón del Ubagua, pero es Zumbel el que encierra mayores valores geográficos e históricos, el alto valle situado a 800 m. de altitud, alargado y anchuroso corredor al que se accede por la NA-120 desde Estella vía Abárzuza y desde Echarri-Aranaz y Arbizu en la Barranca. Dependiente en una parte del término de Lezaun, el antiguo concejo de Yerri, el valle avanza con trazado meridiano entre las dos grandes unidades fisiográficas, las sierras amesetadas de Urbasa y Andía, esos mundos pastoriles inmensos que divide por la mitad. Zumbel es una fosa tectónica que por su particular morfología cárstica carece de cursos de agua regulares al sumirse estos por las abundantes dolinas, esas fosas circulares o cónicas que esconden peligrosas simas que tanto temen los pastores, objeto de leyendas recogidas por José Miguel de Barandiarán. La conocida por la "Sima del Roble" tiene un diámetro de 83 metros, y a ella van a parar las aguas que salen por el nacedero del Ubagua, en Riezu. El valle alterna la vegetación mediterránea con la atlántica, creándose asombrosos contrastes entre un extremo y otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De los enmarañados encinales y quejigales que proliferan por los concejos de Ibiricu e Iruñela y el gran barranco Erendazu que enlaza con el alto valle, se pasa a los hayedos y acebos del desolado de Zumbel, y conforme la carretera se aproxima a la cota de los 1.000 m. del puerto de Lizarraga, el paisaje se hace árido y rocoso, salpicado aquí y allá de espinos albares, aquellos árboles que antiguamente se consideraban ahuyentadores de las tormentas y que hoy simulan parapetarse tras los gruesos muros de lajas. Ya al cabo del recorrido, la NA-120 parece detenerse frente al potente escarpe calizo que se interpone, y así habría sido de no ser por un túnel de unos cien metros que permite el descenso vertiginoso entre hayas hacia el valle de Ergoyena, sobre el que se asoma el perfil antropormórfico del morro de San Donato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vía romana y todos cuantos caminos se trazaron encima no discurrían en esa dirección, sino que lo hacían cerca de la gran falla oriental de Urbasa, el descomunal muro de 300 m. de alto, hasta rozar la ermita de San Adrián, que se alza desafiante sobre el escarpe rocoso que representa el único punto de confluencia geológica de ambas alineaciones serranas, desde donde descendía al llano en la villa de Bacaicoa. Hasta la apertura de la vía romana, el valle de Zumbel constituía un espacio cerrado, un profundo entrante en la montaña que aprovechaban los pastores de la Ribera que subían con sus rebaños por la cañada real de Tauste, 135 kilómetros de paciente marcha hasta las inmediaciones de Zumbel, único lugar habitado desde mediados del siglo XIII, que Pascual Madoz describió en el Diccionario Geográfico (1840-45) del siguiente modo: "Término redondo de Navarra, partido judicial de Estella, en el valle de Yerri, en cuyo confín septentrional y en una suave pendiente está situado. Tiene un edificio bastante capaz con una venta contigua de gran consuelo para los viajeros y la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves." Los que habían de pernoctar en la venta eran las cuadrillas de arrieros que llevaban vino y trigo de Mañeru y Cirauqui a Guipúzcoa, últimos en utilizar el viejo camino. Hoy el valle lo cruzan veloces automóviles que intentan recuperar algunos minutos perdidos en el sinuoso trazado del puerto. No falta esa gente que acude en busca del halo encantado de los hayedos; tampoco los esforzados senderistas que, fieles a los itinerarios marcados, bordean la iglesia del lugar, solitaria y enmudecida, para encaminarse hacia los parajes más intrincados de Urbasa. Otros, en cambio, prefieren aventurarse por el bosque tras el rastro primigenio de la ruta antigua, visiblemente marcada en algunos puntos, sorteando dolinas y vaguadas. Las bordas pastoriles, recias edificaciones que delatan las humeantes chimeneas y los ladridos de los perros guardianes, aparecen entre los claros. Cercanas a las casas de Zumbel se ven las anchurosas y bien cuidadas huertas de las gentes de Lezaun, alineadas unas tras otras, separadas de los pastizales de más al sur por recintos murados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es ese trazado meridiano entre esos mundos fronterizos de Urbasa y Andía -en otro tiempo, sólo Aundía, "la grande" o "el grande"- lo que le confiere al valle su particular y relevante peso: ser el eslabón perdido que falta para completar el limes occidental del convento jurídico cesaraugustano por el que se regían los pueblos romanizados de la Tarraconense hasta el solar de Navarra, más allá del cual venía el cluniense con sede en Clunia (Coruña del Conde, Burgos), que ocupaban várdulos, caristios, autrigones y cántabros, los pueblos que acabaron formando el primitivo condado de Castilla. "No sólo es lícito, sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzkadi de hoy de la Navarra milenaria", determinó Claudio Sánchez Albornoz (1). Tan legendaria línea había empezado a dibujarse con visos de precisión hacia el siglo II, si bien dejando por delante extensas zonas neutras, tierras de nadie que nadie tampoco osaba traspasar. Accidentes orográficos como el Pirineo o ríos como el Aragón y el Ebro no presentaban dudas serias en cuanto a límites, pero sí desde el río ribereño en dirección a los valles terraestelleses de La Berrueza, Lana, Valdega y Valdeallín, que aunque apartados de la vía romana que subía a Pamplona, seguían siendo vascones pese a quienes los consideran várdulos. Los historiadores grecorromanos fijaron en la zona comprendida entre Mendavia, Viana y Los Arcos la posición de la villa de Curnonium, el enclave más occidental del "ager vasconum", que habría de convertirse muy pronto en vía de enlace con las tierras de Santa Cruz de Campezo, Alegría y Salvatierra, ya en el espacio de várdulos por el que se extendían los nuevos "fundi" que los romanos requerían para sus propósitos repobladores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el siglo III, el "Itinerario de Antonino", compendio de vías romanas en Hispania, ponía de manifiesto la existencia de poblaciones a lo largo de la "Iter 34" que venía de Burdeos a Briviesca (Burgos). Una de ellas era Arakeli o Araceli, situada entre Alantone (¿Atondo?) y Alba (Salvatierra), probablemente en el entorno de los actuales pueblos de Bacaicoa, Arbizu y Huarte-Araquil, la medieval Tierra de Aranaz que comprendía entonces los valles de Ergoyena y Lizarrusti. El itinerario romano dejaba claro que el corredor de la Barranca, al otro lado de Urbasa y Andía, formaba parte de uno de los brazos meridionales del "saltus vasconum" que más se aproximaba al "ager vasconum", con el que se enlazaba por el valle de Zumbel, que a la vez constituía la muga con los várdulos alaveses. Araceli tuvo que ser nudo vial de primer orden, no sólo por el hecho de pasar la vía romana que unía la Cuenca de Pamplona y la Llanada de Álava, sino porque también otros caminos confluían en las inmediaciones: el del saltus pirenaico por el valle de Larraun, el de Vardulia que venía de las comarcas guipuzcoanas de Ataun y Beasáin y el del Valle de Zumbel. Sánchez Albornoz se ocupó con detenimiento por desentrañar el trazado de aquellas rutas naturales, que no vías romanas construidas expresamente. Buscó y halló pasos de la Meseta a los valles asturianos y desde Navarra a la cuenca alta del Zadorra, pero contra lo que era su costumbre no acertó a dibujar el eslabón perdido con el mundo que representaba el corredor de la Barranca. Se había detenido en los accesos de Sta. Cruz de Campezo por él descubiertos en 1929 en compañía de José María Lacarra, que le permitieron explorar el itinerario de los musulmanes en el siglo IX. Pero se trataba de accesos muy apartados, por lo que no vaciló entonces en dar por buena la ruta de Urbasa vía las Améscoas que sale a Olazagutía y Alsasua, en el valle de la Burunda, último antes de Álava, olvidando que correspondía a un paso moderno, abierto durante la primera guerra carlista por el general Zumalacárregui. El ilustre medievalista, porque no se percató de la existencia del valle de Zumbel, ni que por él marchase la vía romana a que aludía cuando refirió vestigios de una en el puente de Lerate, hoy sumergido en el embalse de Alloz, se vio obligado a aceptar como único acceso a la Barranca el camino desde la misma Cuenca de Pamplona, lo cual es inadmisible desde cualquier punto de vista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la travesía de Zumbel hizo alusiones José de Moret (siglo XVII) y referencias confusas Pascual Madoz, y porque la historiografía tampoco le prestó atención, algunos hechos históricos continúan sin explicación razonable. A menudo se olvida la importancia de ciertas vías de comunicación intermedias o secundarias, en relación con las grandes del estilo de la "Iter 34" de Roncesvalles. Bajo la dominación romana y hasta el siglo V parece seguro que el valle de Zumbel tuvo fines sólo comerciales con las comarcas que unía, pero el horizonte debió de ser muy distinto entre los siglos VI y VII, cuando los desplazamientos vascones del "ager" a otras tierras, forzados por los godos de más allá del Ebro que los obligaban a integrarse territorial y jurisdiccionalmente en la nueva realidad nacional que atisbaban, que los llevó a desplazarse en varias direcciones, la más notoria a las seguras comarcas orientales de la Llanada de Álava, provocando a su vez la huida de los várdulos de Alegría, los más próximos a la muga vascona, que hubieron de acogerse a la sierra de Tuloño sobre el Ebro y a los valles del norte de Burgos. Fácil es suponer con estos datos históricos y con lo que refirió el historiador navarro Joaquín Arbeloa que el paso de los vascones se hizo a través del valle de Zumbel: "Se repliegan (los vascones) hacia el Oeste, traspasan las sierras de Andía y Aralar y obligan a sus moradores (los várdulos) a desplazarse a la zona meridional".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primacía de la ruta no se detuvo en aquellos siglos. Hacia 910, a los cinco años de subir al trono el nuevo rey de Pamplona, Sancho Garcés I tuvo que recurrir al valle de Zumbel para emprender la recuperación de las tierras suroccidentales que habían caído en poder de los musulmanes Banu Qasi, la región de Degio o Terram Degense, cuyo corazón constituía el espolón septentrional de la Frontera Superior de Al-Andalus en la fortaleza del pico Monjardín. Sancho era consciente de que desde su sede regia en la Tierra de Sangüesa era muy arriesgado acceder a la comarca de Estella por la ruta habitual romana del valle de Aibar, que desembocaba en la amplia franja territorial de Tafalla a Olite, en poder de los belicosos descendientes del conde Casius, el terrateniente godo que se pasó al Islam en el 714 para ver salvados sus dominios. Sabía también Sancho que al sur de la Cuenca de Pamplona, al otro lado de los montes del Perdón, la vía romana a Estella, futuro Camino de Santiago, cruzaba tierras de nadie que tampoco ofrecían seguridad, próximas las fortalezas moras. Moret lo dejaba claro: "Se entraba muy adentro y desacomodaba mucho la comarca, teniéndola siempre en arma viva y expuesta a las correrías y robos de los bárbaros" (3) El rey debió de dirigirse de Pamplona a la Barranca, y desde el nudo de Tierra Aranaz tomaría el viejo camino de subida al valle de Zumbel, que le iba a permitir acceder al puente de Lorca, el que maldijo el peregrino Aymeric Picaud en el siglo XII, y desde allí desplazarse con facilidad al río Ega y al monasterio de Irache, donde se encomendó a la Virgen titular antes del asalto del castillo de Monjardín. Años después (920), cuando Sancho huía acosado del entorno del Montejurra por el Emir Abderramán III, volvió a ponerse a prueba la trascendencia del paso de Zumbel a raíz de la solicitud de ayuda al rey de León, Ordoño II, que a la sazón se hallaba por tierras de Nájera (La Rioja). Sabedor el leonés que no podía cruzar desde el Ebro a los valles de Guesalaz y Yerri con las fuerzas emirales apostadas a la vera del Ega, no le quedó otra opción que marchar hacia el norte, incorporarse a la ruta romana en dirección a la Llanada de Álava y alcanzar finalmente el nudo de Bacaicoa para encontrarse con Sancho en algún paraje de la parte de Lezaun. La ruta la concibió magníficamente José de Moret en un alarde de intuición: "Atravesando por los tránsitos que le tenía prevenidos don García (sic), arribó en fin a sus cuarteles con el ejército numeroso y bien aprestado"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo transcurrió y el camino intraserrano cayó en el olvido, cegado por la exuberante vegetación atlántica, pero es muy posible que renaciese cuando "la guerra civil del siglo XV en Navarra entre beamonteses y agramonteses" (Madoz), a buen seguro que algunos meses antes cuando la misteriosa salida de Navarra de Carlos, Príncipe de Viana, el conflictivo mes de julio de 1450, cuando por desavenencias con su padre el rey decide abandonar su castillo de Olite y partir hacia Guipúzcoa, donde pasa un año acogido al amparo de los condes castellanos que allí mandaban, al cabo del cual es de suponer que regresa por los mismos caminos ya debidamente reparados, como prueba que poco después entrase en Navarra un ejército castellano que si sorprendió por la espalda a la guarnición de Estella se debió a haber accedido por el valle de Zumbel y enfilar el camino de la capital desde Abárzuza. Tras aquel periodo, el tiempo volvió a echarse encima. La falta de uso, abiertas otras rutas, y las duras condiciones climatológicas del ámbito de Urbasa y Andía, devolvieron de nuevo el camino de Zumbel al olvido, hasta el siglo XVIII en que es definitivamente reparado, coincidiendo con una época de grandes obras públicas en España, que se caracterizó por la construcción de los primeros caminos reales, al tiempo que varias calzadas rurales entre pueblos y valles. Las ferrerías y serrerías, por ejemplo, se hicieron indispensables en la construcción de barcos para la marina real, por lo que los montes tenían que disponer de caminos firmes que aguantasen pesadas cargas en las peores condiciones meteorológicas. "De los montes puede decirse que no cobran verdadero auge hasta el siglo XVIII, ante la demanda masiva de pinos y abetos", puntualizó Florencio Idoate. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#330000;"&gt;Notorias fueron, entre otras, las de Elzaburu a Santesteban de Lerín; de Arzoz al Alto de Guirguillano y Soracoiz, en el valle de Guesalaz, y naturalmente la de Zumbel, objeto de este estudio, las tres todavía en buen estado, una de las razones que llevó a algunos a confundirlas con vías romanas. Así, el actual tosco empedrado de la vía de Zumbel, cercano a la ermita de San Adrián, no corresponde en modo alguno al pavimento romano genuino, ni siquiera al que tendría durante la Edad Media, como tampoco la ingente obra de rellenado de las dolinas y barrancos, pero es seguro en cambio que es el mismo que pisó el guerrillero Espoz y Mina durante la Francesada, y antes de que fuese reforzado en la primera guerra carlista "para el transporte de la artillería" (Madoz), por él hubo de cruzar un amanecer del decisivo año 1833 el general Zumalacárregui, procedente de Huarte-Araquil y de Pamplona, o de otro modo no habría podido personarse en unas horas en el pueblo de Piedramillera (La Berrueza) para tomar el mando de las fuerzas revolucionarias y dirigirse al frente de Estella. El acceso milenario, el remoto y legendario alcorce, se cerraba definitivamente para la historia.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-6482671873094091427?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/6482671873094091427/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=6482671873094091427' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/6482671873094091427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/6482671873094091427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-ix-ordono-ii-y-sancho-garces-i.html' title='Capítulo IX. Ordoño II y Sancho Garcés I unen sus fuerzas'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-1506113508674926865</id><published>2009-08-19T01:23:00.004+02:00</published><updated>2009-08-25T15:28:28.634+02:00</updated><title type='text'>Capítulo X. Musulmanes y cristianos se enfrentan en Valdejunquera</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPm253MbSI/AAAAAAAAAI4/RG6nUtMqCwo/s1600-h/194.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; FLOAT: left; HEIGHT: 209px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373892611302780194" border="0" alt="Los valles desde el entorno de Salinas de Oro" src="http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPm253MbSI/AAAAAAAAAI4/RG6nUtMqCwo/s320/194.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En las crónicas árabes, la batalla consta como "Campaña de Muez", pero el topónimo, tal como lo entendían, no podía referirse a la capital de Guesálaz, sino al espacio geográfico de los propios valles. Ignorando referencias tan antiguas como Deio u otras que lo sustituyeran, pudieron tomar como la única el nombre del pueblo, Muez, no en vano su existencia se remonta al tiempo de los romanos. Obvio es reconocer que un choque armado de aquella envergadura, en el que tomó parte tanta gente, se extendiese por llanos, vaguadas, cerros, laderas y ríos, cuanto más porque hubo persecución de los que huían de la matanza. El obispo Sampiro no sólo cita en su crónica a un Muez genérico, escrito Mohis, al que había arribado "un innumerable ejército sarraceno", sino que además precisa que lo más grueso de la lucha se desarrolló en el "valle qui dicitur Juncaria", cuya localización exacta no ha sido posible determinar, y no hay razón para pensar que no existiese. El lugar lo universalizó luego Moret como Valdejunquera, un espacio amplio y bien diferenciado que describe con la perspectiva paisajística de quien como él venía de Pamplona y contemplaba los valles de Yerri y Guesálaz desde algún paraje cimero, cual el Alto de Guirguillano, por donde sube la carretera de Puente la Reina, único lugar dable en su época, siglo XVII. "Tiéndese en este valle por una grande legua en longitud desde Salinas al oriente hasta el pueblo de Muez al occidente una llanura no muy igual sino antes quebrada, frecuentemente con ribazos…Un campo de más igual llanura y algún ensanche mayor, que por la copia de juncos que allí nacen llaman Valdejunquera... Tiene cuatro millas de largo y tres de ancho... entre montañas por los lados de septentrión y oriente…, notablemente encumbradas y muy ásperas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente de los pueblos sabe lo de la batalla, pero por el contrario nadie recuerda haber oído mencionar a sus padres y abuelos un paraje por nombre Valdejunquera, que a buen seguro debía de ceñirse a ámbito muy reducido, muy local, en un tiempo en que la falta de comunicaciones y la lentitud con que discurría la vida hacía que las cosas cobrasen otro valor del que hoy carecen. Valdejunquera, topónimo perdido, pudo corresponder a alguna vaguada en la que predominasen juncos que crecían en los humedales a la vera de algún curso de agua, y su importancia derivar de su utilización para señalar alguna linde entre pueblos, piezas o pastizales, pues costumbre arraigada durante la Edad Media era recurrir a accidentes topográficos para establecer mugas, lo que ha sembrado Navarra y el resto de España de nombres romances, castellanos y euskéricos, parte de los cuales aún perduran, aunque carentes de la significación que tenían, tales como Valseca, Valderresa, Valdesantos, Anocíbar, Velarán, Ibarra... El Valdejunquera o Juncaria de Guesálaz bien pudo corresponder a uno de los sinuosos surcos que recorren los campos, excavados pacientemente por los regachos que bajan de los barrancos de Andía, como el Ogancia que viene de Iturgoyen; el Saratse o Elza que discurre paralelo al camino que divide los términos de Arguiñano e Irujo, o incluso también espacios mayores como el vallecito del Erragoz al sur de Irujo, por el que hoy pasa la carretera de Pamplona a Estella, documentado ya en 1050 como "Aristiya o Aridia", alusivo a robles o quejigos que predominaban en el valle, que en 1690 pasó a llamarse "Aristi Sacana", es decir, "corredor o vaguada de robles", pieza que fue donada por los reyes de Navarra, sus propietarios, al monasterio de Irache para que esta institución pudiese afrontar las muchas necesidades de los peregrinos jacobeos, según Julio Caro Baroja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La batalla comenzó el día 26, presumiblemente, poco antes de salir el sol por los montes de Salinas de Oro, que lo primero que ilumina es la ladera de Andía con los pueblos de Iturgoyen, Arguiñano y Vidaurre. A una orden, la caballería se pondría en marcha, presta al ataque, asumiendo una vez más posiciones de vanguardia, mientras el grueso de fuerzas se mantendría a la expectativa, dispuesta a intervenir cuando la situación lo requiriese, lo que no debió de hacer falta en ningún momento dada la pronta derrota cristiana. Desde el primer momento los árabes tenían que saber que la lucha aquel día les iba a resultar favorable, tal vez comprendiendo que los hombres de Ordoño y Sancho estaban atrapados en las angosturas del valle, por los términos de Vidaurre y Guembe. Los moros lo primero que hicieron aquella mañana fue cruzar el Ubagua, apenas sin agua en verano; los menos lo harían por un puente de piedra ubicado donde el medieval de Novar, cuya bella planta puede admirarse entre los sotos del río, muy cerca de Riezu. Desde esa perspectiva se divisa Muez, encaramado a un achatado y prominente cerro, con sus casas de piedra arremolinadas en torno a la iglesia. Para quien conozca lo que pasó hace más de mil años, el avistamiento del pueblo una de esas plácidas tardes de verano es realmente emocionante. A mano derecha, muy cerca del pueblo, destaca el aislado altozano que corona la ermita del Sagrario, sencilla y humilde que apenas se distingue de una borda. La carretera de Pamplona cruza también el río, pero unos cientos de metros más adelante del puente de piedra, por donde arranca el acceso a Villanueva, y tras ligera cuesta arriba rozando las primeras casas de Muez, enfila la depresión de Erragoz en dirección a Salinas de Oro y al puerto de Echauri. Aquel día los moros debieron de tomar un camino diferente después de pasar el Ubagua, que a buen seguro que habría de coincidir con el actual que marcha paralelo al regacho Ogancia, entre cuidadas huertas y flanqueado por bellos ramilletes de flores azuladas e hileras de juncos, vagos testimonios aquí y allá que parecen querer mostrar donde se hallaba Valdejunquera. El espacio en torno a Muez se ajusta a la llanura concebida por Moret, "no fácil de hallar tan despejada por todas aquellas comarcas". El avance de las tropas se haría, primero, hacia el norte, con la vista puesta en el monte Artesa o Elimendi que se recorta en el cielo de Andía; luego, torciendo bruscamente a oriente entre suaves hondonadas y achatadas lomas, y chopos solitarios supervivientes en campos en que predominan los trigales, irían dejando a mano derecha Muez, hasta verse en el paraje que hoy señala un crucero de piedra, indicador del camino principal que se dirigía hasta no hace tanto tiempo a los pueblos de Irujo, Arguiñano y Salinas de Oro, que apenas perdura entre piezas sembradas. La batalla tuvo que empezar en cualquier momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué hacía mientras tanto el Emir? Las crónicas no se ocuparon del personaje central durante la batalla; sólo Moret que lo imaginó arengando a las tropas, lo propio en aquellas circunstancias: "Tendió Abderramán su inmensa morisma por la campaña, y componiéndola en forma de batalla, discurría por los escuadrones recordando a todos sus victorias pasadas". Una vez iniciada la refriega lo colocó en un lugar prominente desde el que "podía muy bien Abderramán estar reconociendo sus batallas y cebándolas". Recuérdese que el ilustre analista del Reino de Pamplona desconocía cualquier referencia de la batalla del 920 por las crónicas árabes, que como ya se indicó en otro momento fueron descubiertas y traducidas a finales del siglo XIX. En esa línea puramente imaginada, aunque sorprendentemente fiel a lo que debió pasar en realidad, el jesuita no vacila en elegir un cerro próximo a Muez sobre el que situar al Emir que observaba la batalla. "Una eminencia, llana por arriba, que hoy día llaman los naturales en su vascuence Larrana Mauru, que suena era o campo de los moros", pero tampoco ese topónimo lo conoce nadie en el valle, pero pudo existir en su época, hay que volver a repetir. Lógico es admitir que Abderramán no podía intervenir, por lo que desde algún lugar observaría, y el más apropiado parece el achatado cerro San Miguel, entre Muez e Irujo, que coronan varios robles chaparros. No hay que descartar el vecino Elza que aún conserva restos de viejas cepas por sus costados, como tampoco las elevadas eras de Irujo. ¿Estaban acaso demasiado cerca del campo de batalla? Puede que así lo considerarse un prudente Abderramán, desconfiando tal vez de la capacidad guerrera de sus enemigos, por lo que pudo pensar entonces en cerros más apartados, como el de la ermita del Sagrario, a caballo entre los arroyos Erragoz y Salado, o el mismo espolón montuoso que sobresale de Villanueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Dónde se hallaban los hombres de Ordoño y de Sancho? Todo parece indicar que fueron ellos y no los moros los que iniciaron el ataque. Arib Ibn Saad constata: "Bajaron los cristianos de sus montes y atacaron a los muslimes, pero quedaron muy mal parados". Ibn Idari sostiene lo mismo: "Precipitándose sobre los infieles que habían bajado de sus montañas, trabaron pelea". Los cristianos tuvieron que abalanzarse por las laderas de Andía, entre Iturgoyen, Arguiñano y Guembe. No parece verosímil que lo hiciesen desde los montes meridionales, muy apartados y con escasas posibilidades escapatorias. Con menos motivo el espacio más oriental del valle de Guesalaz, que se forma entre Salinas de Oro y Muniáin, por el que difícilmente hubiesen osado adentrarse los moros. Esa evidencia pudo ser la razón de que Moret eligiese ese entorno para escondrijo de los reyes cristianos la víspera de la batalla. El obispo Sampiro parece confirmar también que fueron los cristianos los que atacaron en primer lugar: "Salieron al encuentro en el valle llamado Junquera". La noticia la reproduce y amplía Moret: "Ora fuesen presentando los reyes la batalla y aceptándola Abderramán, ora al contrario -que no se escribe-, a este campo sacaron los reyes sus huestes de las estancias, saliendo todos de los reales con gran denuedo". Deja entrever, por lo demás, que los primeros en salir a combatir fueron los hombres del leonés, lo que parece lógico teniendo en cuenta la más que probable superioridad numérica sobre las fuerzas que mandaba Sancho Garcés, pero el pronto descalabro lo lleva a concebir la entrada prematura en combate de los pamploneses. "Roto y desordenado el cuerno de don Ordoño [ala de un ejército o escuadra] peleaba ya el rey don García (sic) con desigualísima fortuna... Con el menor desorden que se pudo, comenzó a retirar las tropas y seguir la fortuna común del día, y uno y otro ejército fue desamparando el campo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El enfrentamiento tuvo que ser contundente, sin tregua ni respiro, de principio a fin hasta vencer o morir. Acorralados los cristianos por los parajes deprimidos de Vidaurre y las primeras rampas del puerto de Munárriz, los moros tuvieron que ver cercana la posibilidad de exterminarlos: "Las gentes del séquito privado del Príncipe, los guerreros, los héroes y los defensores de la Frontera se arrojaron sobre ellos con el arma en la mano y los cosieron a lanzazos", expresó Arib Ibn Saad. Moret, con aires épicos, acudió al choque de dos mundos, dos culturas y dos religiones irreconciliables: "El enemigo desplegó su inmensa morisma por la campaña entre un estruendo de adufes y tambores y horrendos alaridos de voces guturales. Se luchó con grandísimo coraje. Fue el primer esfuerzo de la ira una espesa lluvia de lanzas, dardos, saetas y piedras arrojadas con sonoro chasquido de las hondas". Apenas se debieron de hacer prisioneros. Los cristianos que caían atrapados eran degollados al instante y sus cabezas apiladas metros y metros unas encima de otras para ser transportadas finalmente a Córdoba. Pero no se llegó a la matanza general, y Arib Ibn Saad lo deja bien claro: "Los cristianos, vencidos, huían tan atropelladamente que ni siquiera acertaban a volver a su campamento. Los nuestros les siguieron los pasos, mataron a cuantos cayeron en su poder y no dejaron de perseguirlos hasta que cerró la noche". También Ibn Idari: "Los cristianos, derrotados, huyeron sin volverse o dirigirse hacia su campamento, mientras que los nuestros les seguían los pasos matando a cuantos caían en sus manos, y no se detuvieron en su persecución hasta que llegó la noche". Sampiro admite que las bajas fueron considerables: "Como en otras ocasiones, por culpa de nuestros pecados, cayeron muchos de los nuestros", cumpliéndose así el fatalismo medieval en las batallas contra el Islam. Sánchez Albornoz lo contaba: "Los cristianos juzgaron castigos del Altísimo sus grandes fracasos militares; la derrota de Valdejunquera, los desastres de los días de Almanzor..." Moret, con el mismo tono épico-legendario, concluye: "Aunque fueron muchos los que cayeron en la batalla, fueron pocos los prisioneros... Teñíase la tierra con mucha sangre y ya apenas se pisaba sino en ella... El poder todo de África y España combatieron sobre si España había de ser cristiana o mahometana". &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#990000;"&gt;EL ORGANISTA LOCO DE IRANZU&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;por Juan Iturralde y Suit&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#003333;"&gt;Relato de finales del siglo XIX de Juan Iturralde y Suit (1840-1909), que su gran amigo Arturo Campión encuadró en “Leyendas y tradiciones religiosas, patrióticas y fantásticas de Navarra”. En este escrito se refleja con descarnada realidad el deplorable estado en que encontró el monasterio de Iranzu, víctima de “las leyes de desamortización, el brutal despojo de los monasterios y la expulsión de los frailes”, anotó. Es de sumo interés incluirlo en este blog.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Hace muchos años que visité por vez primera el venerando ex monasterio de Iranzu. Aquel severo y primoroso monumento, oculto en medio de abruptas soledades y ceñido de espesos bosques, situado en el fondo de una garganta cortada por altísimas y tajadas peñas, sin más rumores que el murmurio continuado del torrente que baña sus cimientos y el mugido de los vientos huracanados que barren y azotan aquellas breñas con singular violencia, produce profunda impresión de tristeza y predispone a la meditación. Pensador y poeta debió ser el que echó los cimientos de aquel asilo de santidad y ciencia en tan grandiosas y desamparadas soledades, donde todo parece hablar de Dios y donde la vista sólo puede extenderse y espaciarse elevándose al cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El monasterio de Iranzu se descubre al doblar un extenso recodo rodeado por todas partes de montes poblados de encinas y nogales, y coronados de plateadas rocas. Llégase a él después de atravesar una vasta explanada donde se alza una historiada cruz de piedra y una ancha calzada que termina ante un enorme arco ligeramente apuntado, sobre el cual se ve una elegante ventana de medio punto. Por aquel arco se penetra en patio desmantelado; en el muro que lo cierra hay una gran puerta, y más allá, los primorosos claustros románico-ojivales; todo ello vestido, festoneado, cubierto amorosamente por la hiedra, que parece querer ocultar el vandalismo de los hombres. El monasterio de Iranzu, una de las más antiguas abadías benedictinas de España, fue donado con el lugar de Abárzuza por D. Sancho el Mayor a la catedral de Pamplona en 1027, siendo conocido en aquellos tiempos, según se cree, con el nombre de San Adrián. Llegó a gran decadencia en el siglo XII y fue restaurado por el obispo de Pamplona D. Pedro de Artajona (o de París), que estableció en él monjes bernardos del célebre monasterio de Scala Dei; escogiéndolo dicho prelado para lugar de su sepultura, y siendo enterrado allí a su muerte, acaecida en 1193, en lugar próximo al altar mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La suerte del monasterio de Iranzu fue la de casi todos los de nuestro suelo después del inicuo despojo perpetrado por la Revolución: expulsados los monjes de su santa morada, abandonada ésta, vendido o saqueado su patrimonio, el soberbio monumento convirtióse pronto en desoladas ruinas, imponentes y tristes, con la poesía de la majestad caída. Todos nuestros extinguidos monasterios presentan ese conmovedor aspecto; pero en ninguno quizá se retrataron la desgracia, el abandono y el olvido con tan patética severidad como en Iranzu. Una vegetación exuberante ha invadido aquella grandiosa morada con pintoresco desorden: la yerba, los arbustos, los árboles, y sobre todo la hiedra, extendiéndose por todo el sagrado recinto, trepando hasta lo alto de los mutilados muros, retorciéndose en torno de las columnas y oprimiéndolas en estrecho abrazo, parece querer ocultar, como ya dijimos, el vandalismo de los hombres, vistiendo y adornando con las galas de la Naturaleza lo que él criminalmente destruyó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando por primera vez contemplé aquella ruina, que según un ilustre escritor “hiela el corazón y puebla la mente de mil fantásticas visiones” (Madrazo), yo también sentí penetrada el alma de horror sublime, y me detuve en sus umbrales con indignación y pena profundas. Pasé, sin embargo, por entre aquel dédalo de muros y arcos desplomados, y penetré en la iglesia. El antiguo pavimento, que en otro tiempo ostentaba venerandas lápidas sepulcrales, estaba oculto por montones de escombro desprendido de lo alto; veíanse cruzar las nubes por los anchos boquetes abiertos en la bóveda; y en el mutilado ábside y en los pilares cuarteados, y en las profanadas aras y en los violados sepulcros se retrataba la más espantosa desolación. Las golondrinas habían anidado dentro del templo, sobre las cornisas, y revoloteaban gorjeando en torno de sus pequeñuelos, y nuestros pasos, al resonar en aquellas solitarias naves, hacían huir a las alimañas, que sorprendidas y medrosas se ocultaban en las grietas de los muros y en las concavidades de las entreabiertas sepulturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a un ángulo del destrozado imafronte descubrimos en un oscuro rincón, acurrucado en tierra y recostado sobre un montón de escombros recubiertos de maleza, a un anciano de extraño y respetable aspecto; apoyaba los codos en las rodillas y descansaba la frente sobre sus manos, que casi la ocultaban. Inmóvil, entregado al parecer a profundas meditaciones , permanecía indiferente a cuanto en derredor suyo pasaba, y no pareció haber reparado en nuestra presencia. Vestía un raído balandrán que fue negro, y a su lado se veía un gorro de terciopelo, pelado ya por el uso, que era el tocado con que habitualmente abrigaba su cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sorprendido por tan inesperado encuentro e interesado por el aspecto extraño y venerable a la vez de aquel hombre, me detuve a contemplarlo, buscando una explicación a su presencia en tal sitio, hasta que mi bondadoso acompañante, anciano sacerdote de uno de los vecinos pueblecillos, comprendiendo mi extrañeza, dijo adelantándose a mis preguntas:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;-¡Vamos¡ Ya está por aquí el buen D. Jerónimo. Debí figurármelo al sentir el viento que sopla hoy por estos montes-. Y agarrándome del brazo y separándome de allí mientras señalaba con índice su frente, cual si quisiera indicar que estaba privado de razón, añadió: -Adivino la curiosidad de usted, y voy a satisfacerla refiriéndole lo que atrae aquí a ese venerable señor; pero dejémosle tranquilo, porque al infeliz le molesta en extremo que turben su soledad y le distraigan de sus pensamientos.- Tiene el aspecto de un filósofo –dije, impaciente por entrar en materia.&lt;br /&gt;-¿Filósofo?... No lo sé –contestó mi amigo-; pero con seguridad es loco y es poeta.-&lt;br /&gt;Y penetrando en desierto claustro, y sentándonos sobre dos primorosos capiteles que entre otros fragmentos arquitectónicos yacían por tierra, me refirió la historia de aquel hombre, que como él lo hizo voy a relataros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al finalizar el primer tercio de este siglo, pocos años antes de la revolución que expulsó a las comunidades religiosas de España, el monasterio de Iranzu se encontraba próspero y poblado de monjes cistercienses que desde el fondo de este desierto ejercían benéfica influencia sobre el país, al que moralizaban con el ejemplo de sus virtudes, instruían gratuitamente y socorrían generosos en sus necesidades. El culto que en este santo asilo se daba a Dios era espléndido; las funciones religiosas que frecuentemente se celebraban en él, magníficas, y a presenciarlas acudía con devota solicitud inmenso concurso de montañeses que habitaban aquellas comarcas. Entre lo mucho notable que allí se admiraba, llamaba singularmente la atención del sencillo pueblo el hermoso órgano de la iglesia, cuyas voces llevaba el viento, encajonado en el valle, a grandes distancias. Ecos de la oración cristiana que desde el fondo de las selvas y rompiendo el silencio de aquellas soledades se elevaban hasta el cielo, asociados a la solemne voz de las campanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si el órgano era notable, no lo era menos el organista. El monje que desempeñaba tan honrosas funciones, y cuya fama se extendía en veinte leguas a la redonda, era un respetable religioso a quien sus padres habían hecho ingresar cuando niño en el convento, en clase de acólito, a fin de que en aquel asilo santo pudiera educarse e instruirse y vivir después si se sentía con vocación religiosa. En aquel desierto había transcurrido feliz y sosegada su juventud; sin ambiciones, sin deseos, sin más aspiraciones que el vivir a la sombra de los artísticos claustros que fueron testigos de sus inocentes y místicos ensueños, y ser enterrado bajo las sagradas bóvedas cuando Dios le llamara a su seno. Entre los pobladores de aquel cenobio ninguno había quizá con menos afición que él al cultivo de la ciencia, todo por el arte musical que desde niño constituía sus encantos. La finura de su oído, la pureza de su voz, fueron causa de que a su ingreso en la santa casa se le designara para formar parte del coro de infantes, instruyéndole y permitiéndole consagrarse de lleno a sus estudios favoritos, para los que tan excepcionales aptitudes presentaba. Algún tiempo después, el anciano organista del convento le inició en los secretos de la armonía y composición, que fueron para él como el descubrimiento de un nuevo idioma de expresión y riqueza inagotables, y por último le hizo aprender el clavicordio y el órgano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus progresos fueron extraordinarios, y pronto aventajó a su maestro; y cuando éste, fatigado por el peso de lo años, cesó en su cargo, fue su discípulo predilecto el designado para reemplazarlo. Todos los ensueños de éste se habían cumplido, y la realidad sobrepujaba a sus deseos. Sentado delante del órgano, dejando correr los dedos sobre el teclado, haciendo resonar el grandioso instrumento, no se hubiera cambiado por el más poderoso monarca de la tierra; y cuando la comunidad se retiraba de la iglesia, se quedaba él allí aún, arrancando torrentes de armonía del sonoro instrumento, estudiando sus secretos, improvisando admirables melodías; abstraído por completo de las cosas de la tierra, entornados los párpados cual si evitara el distraerse con las imágenes del mundo exterior, unas veces; y otras, sumergiendo su mirada y dejándola vagar en las misteriosas que llenaban las naves, o en los jirones de nubes que a través de las ventanas veía, con soñadora distracción, cruzar y flotar ligeras, cambiando a cada instante de color y de forma. Así pasaba largas horas, recitando al mismo tiempo a media voz, con fervor entusiasta, las plegarias y salmos en cuyo sublime significado inspiraba casi siempre sus improvisaciones; y cuando los rayos del sol traspasaban los ámbitos del templo, sumergido ya casi en las tinieblas, se levantaba el P. Jerónimo con los ojos arrasados en lágrimas, despedíase hasta el día siguiente de su tesoro de armonías, y sacudiendo una larga cuerda que pasaba por lo alto de la bóveda, sonaba el toque del Ángelus, que venía a ser la última nota de aquellos conciertos admirables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así pasaron años y años; y así transcurría dulcemente la existencia para el virtuoso monje que a todas horas bendecía al Señor por la felicidad que le había deparado en el fondo de aquel desierto. Pero, cuando menos lo pensara, se vio sorprendida la comunidad por los acontecimientos políticos que dieron por resultado las leyes de desamortización, el brutal despojo de los monasterios y la expulsión de los frailes. Las primeras noticias que acerca de ello llegaron a aquel retiro tuviéronse por falsas, porque allí no se alcanzaba a comprender iniquidad semejante; hasta que hubo que sucumbir ante la horrible realidad y padecer tan espantoso infortunio. Aquellos días de profundo dolor y confusión fueron iguales en todas las casas religiosas. Al serles comunicadas las impías órdenes del Gobierno, se elevaron súplicas conmovedoras a los poderes públicos; resistióse inútilmente al cumplimiento de tan tiránicas disposiciones, como atentatorias al derecho de propiedad más legítimo y sagrado, y por último, cuando llegó el momento de abandonar las santas moradas, se protestó de nuevo con energía, hasta que la fuerza inicua los arrancó violentamente de aquellos lugares consagrados por las sepulturas de sus hermanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día en que los ejecutores de aquella iniquidad se presentaron en Iranzu para expulsar de allí a los frailes, se encerraron estos en su cenobio y se reunieron luego en la iglesia, donde las fervientes y tristes oraciones eran frecuentemente interrumpidas por sollozos. Requerido el abad a que entregase el monasterio, protestó enérgicamente, como depositario de aquellos bienes que eran de la Iglesia, y con su resistencia pasiva obligaron los monjes a que por la fuerza se les sacara del recinto y se les arrojara al campo. Se encaminaron entonces lentamente, transportando los vasos sagrados y las reliquias, hacia el pueblecillo de Abárzuza; y al llegar al punto en que el angosto valle forma un recodo que oculta el monasterio, se volvieron para contemplarlo, se arrodillaron, oraron largamente, y besando la tierra se despidieron con lágrimas en los ojos de aquellos sitios donde dejaban sus corazones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El P. Jerónimo, cuya naturaleza impresionable le hacía sentir aquel inmenso infortunio, sin darse cuenta de lo que sucedía , como dormido, sin comprender en su sencilla honradez que aquello pudiese acontecer; y así llegó a Abárzuza. Se hospedaron los religiosos en las casas del pueblo, cuyos habitantes se disputaban el honor de darles hospitalidad, y así estuvieron mientras llegaban las instrucciones de su superior jerárquico, en las cuales había de indicarse el punto adonde se debieran encaminar. En medio de su infortunio servíales de consuelo el sentirse cerca, muy cerca del cenobio, de sus pobres celdas, de aquel santuario, confidente de sus almas, tristezas y alegrías. Pero esa circunstancia les sirvió al mismo tiempo de dolor acerbísimo, porque les permitía contemplar la brutal expoliación, el horrendo saqueo de que era objeto y víctima su anta casa. Generalmente, después de ocupar la mañana en los oficios divinos y en obras de piedad, se dirigían por la tarde, a través de los bosques, hacia el viejo monasterio, deteniéndose en sus umbrales; y si se les permitía la entrada en la iglesia abandonada, penetraban en ella y permanecían en oración hasta que la noche empezaba a extender sus sombras por el valle, y durante aquellas visitas presenciaban con espanto como iban despojando de su preciosa biblioteca, de su ajuar y sus joyas, a la anta y solitaria morada, con la brutal indiferencia del merodeador que despoja a los muertos después de la batalla; y como para evitar profanaciones se conducían a lugar sagrado, de orden de la autoridad eclesiástica, retablos, sitiales, imágenes y diversos objetos de mobiliario religioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El crear es difícil, costoso y lento; el destruir, fácil y rápido. Aquéllo requiere luz en la mente, fuego en el corazón y constancia firme; esto puede realizarlo un malvado, un salvaje o una fiera. Así es que no había transcurrido mucho tiempo cuando el majestuoso cenobio, desmantelado, abandonado y triste, sin nadie que lo protegiera de la acción destructora del tiempo y del vandalismo de los hombres, semejaba una nave que, víctima de furiosa tormenta y arrojada a playas inhospitalarias, va deshaciéndose miserablemente. El P. Jerónimo era de los que con más asiduidad visitaba el monasterio. Allí pasaba largas horas, triste, sombrío, silencioso, orando en un rincón del templo. Aparte del sentimiento religioso y de la poesía de los recuerdos que como a todos los monjes le atraían allí, existía para él un motivo especial que le clavaba en aquel sitio: el sentimiento del arte. Aún no había sido transportado el órgano de la iglesia, y podía hacer resonar él aquellas voces que conmovieron las naves con las alabanzas del Señor, y pulsar el majestuoso instrumento en medio de la soledad, como lo había pulsado entre los fieles. En aquellas ruinas desamparadas, en aquel desierto triste y silencioso, habitaba también Dios; y por lo mismo que la maldad humana había querido arrojarle de su casa, ansiaba él entonar cánticos en honor suyo, como tributo de amor purísimo y homenaje de desagravios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subía, pues, el monje a la tribuna del órgano, y sólo allá con Dios, con sus recuerdos y con la inspiración que de ellos brotaba, inundaba el recinto de dulcísimas armonías impregnadas de la tristeza de su alma; y aquella poética expansión de su atribulado espíritu le servía de consuelo e iba trocando poco a poco su dolor acerbo en dulce melancolía. Mas al penetrar el P. Jerónimo en la iglesia de Iranzu vio cierto día con espanto que el órgano también había desaparecido. Antojósele entonces aquel templo desnudo por completo, húmedo, frío y silencioso, un inmenso sepulcro en donde había sido él enterrado vivo. Se arrodilló como de costumbre, pero no pudo orar; elevó los ojos a lo alto y tropezó su mirada con la sombría bóveda que parecía oprimirle como losa funeraria. ; contempló aquel cuadro de desolación que aún no se había mostrado a sus ojos tan desgarrador; comparó tiempos con tiempos; dejó errar la fantasía recordando el esplendor pasado del monasterio y la alegre y santa paz que allí se cobijó durante tantos siglos; y cuando tras de aquellas risueñas alucinaciones, desconsoladora realidad le hirió la vista, se dejó caer en un oscuro rincón y rompió a llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando salió de aquel desamparado cenobio era ya de noche; las estrellas brillaban en el firmamento con luz purísima y oscilante, cuyos fulgores parecían más vivos contemplados desde aquel angosto valle encajonado entre las rocas; el viento encorvaba las frondas de los árboles y unía sus quejidos con los rumores del torrente y con esas indefinibles voces que surgen de lo profundo de las selvas. La oscuridad era completa, y el caminar en tales condiciones, por una estrecha senda oculta entre peñascales, barrancos y maleza, arriesgado en extremo. Emprendió, sin embargo, la marcha el pobre monje en dirección a la aldea, tropezando y cayendo, bañado en sudor que el cierzo helado secaba rápidamente, y magullado, calenturiento, exánime, llegó a su casa cuando casi empezaba a alborear el día. Los choques sufridos por aquellas naturaleza impresionable y sensible eran demasiado violentos; las olas de la tristeza que hacía tiempo iban represándose en el corazón de aquel hombre, rompiendo sus diques y desbordadas, invadían todo su ser, anonadándolo . Sucumbió, pues, a pesar de su temperamento vigoroso, y cayó gravemente enfermo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un mes entre la vida y la muerte, presa de furioso delirio, se inició por fin la mejoría, y pronto se encontró en plena convalecencia; pero si su cuerpo había recobrado la salud, se notaba en su espíritu algo anormal y extraño. Su mirada vaga e incierta brillaba a veces con resplandores bruscos, cual si reflejara las alternativas de fulgores y sombras de una luz que agoniza; veíasele siempre sumido en profunda tristeza y encerrado en un mutismo casi absoluto, y manifestaba repulsión a la música, no queriendo abrir nunca el desvencijado manucordio que le habían proporcionado, ni asistir a los oficios religiosos, solemnizados con órgano u orquesta, que se celebraban en aquellos pueblos; pasaba largas horas en la iglesia cuando sabía que había de encontrarla solitaria, y allí recitaba repetidas veces el Miserere. Interrumpió, sin embargo, sus hábitos cierto día; se encerró en su cuarto y se dedicó con afán a poner en música aquel su salmo favorito; se le oyó ensayar sus improvisaciones en el manucordio, y se observó que cuantas veces lo verificaba, concluía por cerrar con estrépito el viejo instrumento y arrojar con amargura al fuego las páginas musicales que trazara. Su carácter fue ensombreciéndose desde entonces más y más, y en sus brillantes ojos se retrataba la lucha horrible y perpetua entre la insaciable aspiración del alma a la consecución del ideal, y la impotencia humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún tiempo ni habló de Iranzu ni pensó en visitarlo; pero una tarde tempestuosa de noviembre se encaminó allí en silencio y penetró en la iglesia en ruinas. Se arrodilló en el suelo húmedo, y como de costumbre oró largo rato por la religión y por la patria, porque los que alzaran aquel santo cenobio... y por los dichosos, por las víctimas y por los verdugos. Falto e fuerzas, se sentó luego sobre los escombros en un oscuro rincón bajo la tribuna del órgano, y contempló aquel pavimento formado por las sepulturas destrozadas de hermanos suyos; evocó el recuerdo de aquellas generaciones de monjes desaparecidos, pulverizados, confundidos allí con el polvo de la ruina, olvidados ingratamente de todos, y que únicamente la madre amorosa por excelencia, la que cuida del hombre más allá de la muerte, la Iglesia, en fin, tenía presentes a todas horas, y en especial en aquel día que cabalmente era el día de difuntos. El fraile humilló su frente hasta la tierra, recitando repetidas veces el De profundis; se incorporó de nuevo hondamente emocionado y brotó de su atribulado espíritu, como de costumbre, el Miserere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viento, brusco casi siempre en aquel valle, parecía tener ese día mayor violencia y hacía retumbar las bóvedas, azotando, invadiéndolo todo, recorriendo la abandonada morada en todas direcciones, golpeando y arrancando tejas y ventanas desvencijadas, y produciendo estrépito imponente. Cual si el mutilado monumento le estorbara para barrer furioso el valle, el huracán parecía querer aventarlo furibundo, y cebábase en él como la fiera sobre la víctima que aún le pusiera resistencia. Cada hueco de los resquebrajados muros, cada concavidad de la montaña, cada grieta de puertas y ventanas, cada rama de árbol o de arbusto formaban otras tantas arpas eólicas a las que el viento arrancaba sonidos de expresión inimitable; ora se internaba como ola inmensa en los claustros desiertos; giraba en espiral en torno de columnas y labrados capiteles; tropezaba con estrépito en los ángulos de las galerías; volvía de rechazo al jardín central; sacudía cipreses, acebos, bojes y madreselvas; volaba nuevamente a lo largo de los muros hasta encontrar una salida, bramando como fiera enjaulada, y se precipitaba con furia por la puerta del templo desmantelado que recorría locamente, escapándose al exterior por los huecos de las ventanas y rosetones románicos desprovistos de vidrios; ora ascendía a la robusta torre y azotaba su espadaña, dándoles vueltas vertiginosas a las veletas y arrancándoles chirridos agudos. Unas veces sacudía las frondas de los árboles, haciendo gemir las ramas; otras encorvaba los flexibles arbustos, y restregándolos sobre la tierra producía un siseo prolongado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello era admirable, gigantesco, terrorífico y tierno a la vez. Las grandiosas armonías producidas por millares de voces de timbre y de potencia desconocidos, se confundían, se mezclaban, se unían amorosamente y se separaban después repeliéndose con furia espantable. Cuán pequeñas, cuán miserables y raquíticas eran a su lado las más sublimes que haya podido inventar el hombre. Ni la melodía ni el ritmo, tal como los conoce el arte humano, existían allí; pero no obstante, las notas suaves, amorosas, embargaban el oído y arrobaban el alma, mientras que las fuertes con sonoridad grave e imponente la sobrecogían; y las sacudidas violentas como el retemblar del trueno suspendían el ánimo y producían en él una impresión intensa de respeto y temor, y un íntimo sentimiento de la propia pequeñez. El fondo de aquellas armonías indescriptibles lo formaba una voz noble, sostenida y grave como el rumor del mar; casi invariable en la tonalidad, pero de variedad infinita en sus matices; y sobre aquel fondo, vibrante y uniforme sin ser monótono, se destacaban sonidos melódicos de timbre y de carácter distintos, voces angélicas, rumores misteriosos que parecían murmurar palabras de dulzura, suspiros prolongados, risas alegres y frases burlonas, gritos de triunfo, gemidos de amargura, imprecaciones desesperadas... Todo esto mezclándose o interrumpiéndose por intervalos de profundo silencio, cual si la naturaleza necesitara respirar y cobrar fuerzas, y acompañado a veces por sacudidas y golpes furiosos. El monje escuchaba absorto aquel concierto apocalíptico. Aquella grandiosa agitación que llenaba los espacios y arrancaba sonidos y vibraciones a la naturaleza entera, comunicábasele también a él, haciendo vibrar su alma exaltada y conmoviendo todo su ser. Le palpitaba el corazón acelerado, y sus latidos repercutían con violencia en su cerebro; su mirada extraviada vagaba por los ámbitos del templo, exploraba sus naves sumergidas ya en sombras y se clavaba con insistencia en las sepulturas que formaban el pavimento, de cuyas profundidades creía oír brotar voces doloridas. La tempestad que bramaba iracunda, la hora, el sitio, el recuerdo, parecía armonizarse para arrancar del alma un grito de piedad y de misericordia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El organista, transfigurado por la admiración, se levanta y exclama: “Eso es lo que yo sentía y soñaba y quería inútilmente expresar. Ese es el arte, el gran arte, siempre distinto y siempre el mismo, uno y grandioso, de variedades y matices infinitos dentro de la unidad. ¿Qué es el lado de éste el arte humano, pobre, deficiente y pequeño para pintar los tormentos y afectos sobrenaturales del alma? ¡Bendito sea Dios, cuyo soplo parecen ser los huracanes y las brisas que amorosas o iracundas hacen resonar ese inmenso instrumento construido por la naturaleza, esa gigantesca arpa vibrante de continuo! Yo reniego desde ahora del arte humano; yo vendré aquí siempre que sienta ese soplo divino, y entre las ruinas de mi pobre cenobio escucharé la voz de Dios, que los hombres no pueden robar ni destruir ni hacer enmudecer; que durará siempre. La voz de Dios, de la que ésta no es sino eco lejano, débil, apagado, y que sólo ha de oírse con su grandeza y belleza absoluta en las mansiones celestiales, donde las ansias, las aspiraciones, los amores purísimos de los bienaventurados formarán un himno sin fin sobre el que se destacará esa voz amorosa de Dios.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así lo hizo. El monje desde aquel día ya no volvió a abrir el clavicordio ni a hablar de música. Visitaba diariamente Iranzu. Los días de calma se detenía poco tiempo allí, pero en los de tormenta pasaba entre las ruinas horas y horas, y aun noches enteras, solo, absorto, escuchando sin perder una nota las armonías del viento en las ruinas del monasterio, sin reparar en las inclemencias del tiempo ni en el rigor de la temperatura. Y así lo encontramos nosotros, como dijimos al principio. Cuando algunos años después volvía a Iranzu, aquellas ruinas, más desoladas aún estaban desiertas, pero en la morada veneranda, habitada en otros tiempos por santos y sabios, se hallaba instalado como guarda un licenciado de presidio con su familia, uno de cuyos hijos seguía los negocios en montes y veredas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué fue del monje organista?- le pregunté.&lt;br /&gt;-Ah, el loco. Ya espichó. Dicen que les corrompió a los de su casa al morirse, pidiendo que lo trajesen a enterrar entre estos escombros de la iglesia para oír silbar al cierzo... Y pensar que a aquellos fatuos los llamaban sabios...-&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-1506113508674926865?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/1506113508674926865/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=1506113508674926865' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/1506113508674926865'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/1506113508674926865'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-x-musulmanes-y-cristianos-se.html' title='Capítulo X. Musulmanes y cristianos se enfrentan en Valdejunquera'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPm253MbSI/AAAAAAAAAI4/RG6nUtMqCwo/s72-c/194.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-7548781756835087744</id><published>2009-08-18T18:26:00.004+02:00</published><updated>2009-08-25T15:30:48.530+02:00</updated><title type='text'>Capítulo XI. Mil cristianos se refugiaron en un castillo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So801Eu8vNI/AAAAAAAAAHQ/aWkLlveUZ3A/s1600-h/697.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 241px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5372570966884662482" border="0" alt="Campos centrales de la batalla de Valdejunquera" src="http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So801Eu8vNI/AAAAAAAAAHQ/aWkLlveUZ3A/s320/697.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El choque entre ejércitos tuvo que durar del amanecer al atardecer, pero la ventaja de los árabes debió de vislumbrarse temprano. Los reyes, viendo como morían sus hombres por la superioridad combativa de los árabes, comprendiendo entonces que la victoria era meta inalcanzable, tomarían en algún momento la decisión de abandonar el campo de batalla. La dispersión por los montes de Andía era lo único que cabía en aquellas circunstancias adversas, conscientes de que el Emir no los perseguiría en ese terreno. Pero la sorpresa surge en la crónica de Ibn Idari cuando revela que antes de que concluyera la jornada de lucha, "más de un millar de fugitivos se acogieron al castillo de Muez, donde esperaban poder resistir". (Quinientos había cifrado un relato anónimo menor, atribuido a Abderramán III, al que escasa consideración se le ha prestado). Sampiro, siempre mesurado, nada refirió de castillos; todo lo más la vaga alusión a alguna suerte de refugio en el que se hallarían los obispos Dulcidio y Hermogio cuando fueron apresados, si se da por hecho que personajes de aquella condición no estaban destinados al combate. Ibn Idari insistía y daba más detalles de la determinación cristiana: "El castillo fue cercado por todas partes. Los refugiados fueron sacados y la plaza fue tomada. Los cristianos que allí se encontraban fueron llevados ante el Emir, y a todos hizo decapitar ante sus ojos". Las cabezas -se cuenta en otra parte- fueron transportadas en carros hasta la misma sede de Córdoba. La escena del castillo, de la que no hace mención alguna Sampiro, por inverosímil que resulte por parecer más bien propia de otra batalla de las muchas acaecidas en las aceifas de Abderramán contra los reinos y condados del norte peninsular, no es dable suponer que los cronistas de campaña hubiesen errado o que mintiesen, cuando hasta ese punto son coherentes de principio a fin, salvo pequeñas inexactitudes históricas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPnSvVsBVI/AAAAAAAAAJA/mjnQHXGWutU/s1600-h/703.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/SpPnSvVsBVI/AAAAAAAAAJA/mjnQHXGWutU/s320/703.jpg" border="0" alt="Camino central de Valdejunquera"id="BLOGGER_PHOTO_ID_5373893089514227026" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;¿Hubo acaso un castillo en Muez? No es verosímil en ningún caso. En las más antiguas relaciones de castillos de Navarra no figura ninguno, con menor motivo en aquellas fechas, comienzos del siglo X. Todo lo más recias casonas fortificadas en mayor o menor grado en otros puntos de los valles, como Azcona o Viguria, pero eran muy posteriores en el tiempo. No cabe imaginar, pues, un castillo en Muez que hiciese creer a un sector de combatientes cristianos que podían resistir numantinamente, carente el emplazamiento de condiciones defensivas naturales, cuanto menos hallándose tan cerca el campamento de los moros, previsiblemente al otro lado del Ubagua. No tendría sentido entonces que el Emir, nada más tener conocimiento de la decisión cristiana, "ordenase avanzar su tienda y las de sus tropas" con el propósito de rodearlos y asaltarlos. Lo más probable, lo que entra dentro de lo posible, es que un número indeterminado de hombres, viéndose cercados, incapaces de alcanzar los montes de Andía, intentase salvarse acogiéndose a algún lugar encumbrado de difícil acceso; un lugar enriscado por la parte de Iturgoyen o por la de Viguria y Arzoz, que los cronistas pudieron perfectamente estimar como castillo de Muez, pues como ya se dijo es muy probable que por tal topónimo identificasen los valles de Guesálaz y Yerri. ¿Habrían estado pensando, por tanto, en la "Peña Grande" y la "Peña Chiquita", las dos moles calizas de Salinas desenterradas por el empuje de la formación diapírica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Pensó Moret, por su parte, en esos enclaves naturales para concebir su propio castillo, su legendario Castillo de Oro, la más pasmosa constatación del jesuita? Lo es sin duda echar mano de un castillo no para refugiarse en él los combatientes el día de la batalla, sino los mismos reyes Sancho y Ordoño la víspera. "Se hicieron fuertes al abrigo del Castillo de Oro y asperezas de la sierra, reforzando de guardias todos los pasos ásperos de entrada por si acaso los bárbaros, orgullosos con la victoria, intentaban combatir los reales... Conque quedó don García (sic) haciendo espaldas a Pamplona con el ejército y sierra intermedia, por cuyos pasos recibía los socorros sin riesgo de cortárselos", determinó. Pero para llegar a esa conclusión, su imaginación hubo de jugar con elementos inconexos y situaciones anacrónicas; en primer término, recurrir a Oro, enigmático pueblo de la parte más oriental de Guesálaz, que aunque de incierta ubicación se lo supone próximo al actual de Salinas de Oro, hoy municipio independizado de Guesálaz. La incógnita la acrecienta ese topónimo, inexplicable desde el punto de vista del vasco arcaico y del romance navarro. Moret no vacila y va más allá cuando asegura haber topado sus ruinas: "Un pueblo antiguo de ese nombre, cuyas ruinas se ven allí cerca, indican una mediana población en lo más antiguo". Lo que sí consta en el entorno es la referencia no a un poblado, sino a cierto castillo que durante los siglos XII y XIII, sin saberse por qué, fue objeto de discordias entre reyes y obispos de Pamplona, el cual debió de acabar transformado en la recia iglesia "de San Miguel del lugar de Salinas, que se ve fue castillo y retiene la fortificación y forma de tal", como reflejó Moret. No bastándole el hallazgo, no tuvo inconveniente en recurrir a otro "castillo que en poquísima distancia allí había", que "construyó" con dos viejos topónimos, muy generalizados por Navarra: "gaztelu" (castillo, palabra tomada por el vasco del latín) y "gazteluzar" (castillo viejo)-, los cuales, perdidas significaciones y funciones primigenias desde los albores de la Edad Media, pasaron a relacionarse por la época del jesuita con la "Peña Grande" y la "Peña Pequeña", las dos moles calizas, cuya espectacular planta y señalada ubicación acabaron constituyéndose en gigantescos mugarris con los que delimitar o señalar terrenos, pastizales o bosques de las inmediaciones. Así, una determinada pieza podía hallarse "entre los dos castillos", en Gaztelubitartea, o "junto al castillo viejo", en Gazteluzarrondoa, averiguó Isidoro Ursúa Irigoyen, cura de Esténoz y Muzqui natural de Viguria, última persona afanada en localizar el "Castillo de Oro"…, inútilmente no percatándose del legendarismo que movía el pensamiento de Moret en relación con la batalla de Valdejunquera, que lo llevó a concluir su estudio mostrando su más profunda extrañeza porque "no hubiera quedado una sola piedra que lo delatara".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gaztelus y gazteluzarras hoy sólo perduran en viejos mapas, pero su función concreta se ignora, aunque es de suponer que se trataría de una especie de atalayas, las "al-sajrats" árabes, lugares prominentes y enriscados, reforzados con algún dispositivo defensivo muy rudimentario, desde los que defenderse o defender algo, y en tierras de Guesálaz lo único de valor que cabía defender serían las eras salineras. Debió de hacerse así en los momentos más dificiles cuando los periódicos asaltos de los bagaudas -campesinos sublevados- y la ola destructora que entró por Roncesvalles con los bárbaros, que también asolaron la comarca de Tierra Estella. Citaba Claudio Sánchez Albornoz que para defender las Salinas de Añana, Álava, había un dispositivo que se alzaba coronando una roca erguida sobre un panzudo cerro", que los moros destruyeron en una aceifa del año 865. Recintos de esa índole tuvieron que existir en montes estratégicos, como el Añorbe (Valdizarbe), el Gaztelu de la margen derecha del río Araquil a su paso por la foz de Osquía, o el Ausa de la parte guipuzcoana de la sierra de Aralar, que lo formaba "la misma peña natural y una pared de piedras y argamasa, cuyos paramentos están hechos con cantos labrados", había escrito José Miguel Barandiarán. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;span style="color:#990000;"&gt;Aranbarren&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;Tierras orientales de Guesalaz&lt;br /&gt;con los pueblos de Salinas de Oro,&lt;br /&gt;Izurzu y Muniáin.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El valle de Guesalaz, desde la perspectiva de quien viene de Estella, parece tener su final en el entrante de pie de Andía que recorre el arroyo Erragoz desde los concejos de Guembe y Vidaurre, últimos rincones sin duda en los que lucharon moros y cristianos el 26 de julio del 920. Más al este se abre un profundo entrante intramontañoso diapírico en el que se ubican los pueblos de Salinas de Oro, Izurzu y Muniáin, sobre el que pesa cierta aureola legendarista esbozada por José de Moret en el siglo XVII en torno a castillos en que se hicieron fuertes los reyes Sancho Garcés y Ordoño en la funesta jornada de lucha con los moros. La carretera NA-700 entra en ese espacio tras cruzar el "brazo de muy suave entrada entre los pasos ásperos de la gran tierra de Andía al septentrión y las montañas encumbradas hacia el lado contrario" (Madoz), que separa los cauces del Erragoz y del Salado. Es Aranbarren, el "valle interior", topónimo con el que tuvo que identificarse este lado extremo de Guesalaz desde antiguo para diferenciarlo de otras unidades similares más o menos próximas, como los también recónditos entrantes de Zumbel y de Iranzu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La larga travesía medieval dejó en el olvido muchísimos topónimos apegados al terruño, no en vano el navarro de entonces vivía en permanente contacto con el medio natural, sus campos, ríos y montes, lo que lo obligaba a nominar cualquier rincón, árbol o peñasco que destacase en el paisaje. Aunque en menor medida, también la toponimia que habría de perdurar casi inamovible hasta entrado el siglo XX seguía manteniendo estrechos lazos con aquel entorno primordial, como refleja el diccionario geográfico de Pascual Madoz. Hoy, sin embargo, están reapareciendo topónimos exhumados de archivos municipales, concejiles y parroquiales, que van figurando en mapas locales y comarcales con mayor o menor acierto por el hecho evidente de que hoy resulta insalvable la descontextualización topográfica al haberse perdido el eslabón cultural en que se movía el hombre rural de antaño, proclive más que a nombrar a describir el entorno o las partes del mismo que más le concernían. También hay que tener presente que "guesalaz" -literalmente, "salado"- antes de ser valle administrativo en el siglo XIV su significación topográfica se circunscribía al cauce del río Salado hasta la foz que cierra el embalse de Alloz, y que el Valdejunquera de la batalla sería nada más que alguna pequeña depresión de las varias en que se han instalado los arroyos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo realmente significativo de este "Aranbarren", más allá de la historia, de los pueblos y de los hombres, es que constituye una magna obra tectónica diapíricosalina, el fenómeno geológico del periodo Triásico capaz de exhumar gigantescos monolitos calizos como la "Peña Grande" y la "Peña Chiquita", alzar picos como el "Cabezón de Echauri (1.132) y el "Esparaz" (1.019), y provocar el afloramiento de manantiales que aprovechó el hombre para la obtención de sal, actividad que ya debió de llamar poderosamente la atención del propio Moret cuando visitó los escenarios de la batalla de Valdejunquera: "El valle que por la copia de sal de seiscientas fuentes saladas que revientan en Salinas de Oro y forman el río Salado, llamaron Gazala y hoy, con alguna inmutación, Guesalaz". La descripción la reprodujo posteriormente Madoz sin apenas variación: "Manan infinidad de fuentes, que después de formar varios regachos se reúnen y dan vida al río Salado que corre en dirección oeste." Fue, qué duda cabe, la obtención de sal tarea predominante desde muy temprano, ya en tiempos de la dominación romana, firme e intensa por estos valles estelleses, que en todo caso empezaría a ir a menos entre los siglos XII y XIII cuando la ganadería, el pastoreo y el cuidado del monte iban cobrando fuerza, como se desprende de la donación en 1135 del rey García el Restaurador al obispo y a la catedral de Pamplona de dos lugares cercanos, hoy desaparecidos, exigiendo que se hiciese "con todos los montes et seles, con pastos e yerbas, con agoas et fuentes et ríos con sus molinos." Los manantiales salinos desde siempre despertaron el interés de las gentes, que se las ingeniaron para hacer pasar el agua por una serie de pequeñas parcelas, allanadas, compartimentadas y asentadas sobre tierra prensada, hoy sustituidas por cemento, a fin de que el sol del verano completase la paciente labor de la evaporación. Aquella labor, porque al cabo de los siglos aún se mantiene viva, explica la natural proliferación de curiosos topónimos relacionados con la sal. Hay referencias a los mismos pozos, que se distinguían por nombres, tamaños y ubicaciones. Así el "pozo principal de la salinería" o "Butzuandia" (pozo grande), "Butzuberri" (pozo nuevo), el "pozo de abajo" (1805), el "pozo de arriba" (1827), o lo que se hallare "junto al pozo que nace el agua" (1826). Curiosamente, la más antigua de las designaciones corresponde a 1699, y alude a uno de los peñascos desenterrados por el empuje diapírico, la "Peña de la Salinería", magnífico espolón cuarteado de tonos rojizos que se alza en la boca de la foz que tajó el Salado, requerido como mojón delimitador de piezas o derechos. En 1706 se hablaba ya del "peñasco de la salera" y de las "eras salineras en Aiztondoa" (junto a la peña), dos citas que constataban las primeras menciones de eras tan singulares, esas parcelas blancas y resplandecientes entre el verdinegro de los encinales circundantes, que parecen sembradas con conos de sal rastrillada, recogida antes de que concluya la jornada en habitáculos dispuestos para tal fin, las "cabañas de tener sal" (1826), que también figuran con sus propios nombres: la "salinería de arriba", "al lado de la salinería", "encima de la salinería" y "junto a las cabañas" (1830).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Navarra existen varios diapiros salinos. Dos muy próximos en un extremo de la Cuenca de Pamplona, en Anoz y Arteta (valle de Ollo), otro entre Estella y Ayegui y los dos de Guesalaz y Yerri, en Salinas de Oro y en Alloz, al suroeste del embalse. A grandes rasgos, el diapirismo es un fenómeno geológico que tiene su explicación central en el mar que anegaba las tierras comprendidas entre los macizos de Aquitania y del Ebro. La orogenia alpina plegó enérgicamente los fondos marinos, que acabaron formando las cordilleras pirenaica e ibérica, al tiempo que provocaba el hundimiento del macizo del Ebro. El mar que se instaló en la futura cuenca del río cubría extensas fosas tectónicas que quedaron aisladas al alzarse la cadena costera catalana, originándose de ese modo enormes lagos que acabaron desecándose y sedimentando potentes espesores de sales sódicas y potásicas. El paso del tiempo geológico fue depositando materiales derrubiados procedentes del arrasamiento a que se vio sometida la cadena pirenaica recién emergida, que arrastraron los impetuosos ríos que tallaron los valles de Esteribar, Arce, Irati, Salazar y Roncal. A aquella larga fase orogénica siguió otra de plegamiento de los sedimentos, que dio lugar a la formación de cadenas montañosas como las sierras de Leyre, El Perdón, San Cristóbal, Aralar, Urbasa, Andía, etc. Pero los pujantes mantos salinos sepultados no permanecieron inactivos. La incidencia de intensas presiones laterales motivaron corrimientos internos, que acabarían catapultando los estratos suprayacentes hacia el exterior a través de las fisuras de las fallas, creándose de ese modo una cúpula que finalmente fue desventrada por la erosión, resultando el actual paisaje de arcillas, calizas y ofitas, esas piedras verdosas volcánicas visibles en la cantera abandonada del diapiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salinas de Oro, que desde mediados del siglo XIX constituye municipio independiente de Guesalaz, es pueblo situado "entre alturas que lo dominan por todas las direcciones, con calles bastante penosas, aunque empedradas en su mayor parte y comprendiendo dentro de su circunferencia montes poblados de encinas y robles. Este lugar, que según se cree no existía en el año 1225, tomó su nombre de las salinas del pueblo de Oro, que ha desaparecido", había anotado Madoz repitiendo lo poco que se sabe desde el siglo XII. Salinas no hubo tiempo en que no contase con más población que cualquiera de los pueblos de los valles, como se desprende de los censos antiguos, lo que habría que atribuir al próspero comercio de la sal. Unos kilómetros hacia el interior, pasado el espacio central del diapiro, "en una eminencia circundada de espesos montes encinales, casi en el confín septentrional del valle, con caminos locales y muy ásperos", se halla el recoleto pueblecito de Izurzu, que la carretera general cruza por medio. La mole de la "Peña de Echauri" se aprecia claramente como fue elevada por la acción diapírica. Sobre ella se recorta diminuta la ermita de Santa Lucía, esforzada meta de montañeros y senderistas. Al pie de los cuarteados roquedos, los primeros quejigos parecen establecer la línea que se abre a los "terrenos de buena calidad, especialmente el llano, aunque de secano" de que hablaba Madoz, hoy trigales que preside el concejo de Muniáin, aislado, ligeramente en alto y en paraje despejado, donde arrancan los viejos caminos de monte al alto valle de Goñi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aislamiento de Aranbarren con respecto a Pamplona fue total y absoluto hasta hace tan sólo dos siglos, cerrado a cal y canto el trazado que sigue la carretera al puerto. Hasta entonces sólo se tiene constancia de un sendero que hacia 1520 figuraba con el nombre de "Etxarribidea", el camino de Echarri, que es pueblo del valle vecino de Echauri. Todos los demás o se dirigían a las saleras o se perdían por el monte en busca de bordas, fuentes y manantiales que iban conformando la cerrada red de regatas que desembocan en el Salado. La vieja toponimia no deja lugar a dudas: los caminos apuntaban a las "fuentes frías", a las "fuentes altas" o "de arriba", a las fuentes "chiquitas" y a las fuentes "viejas", y cuando no era así, pasaban "junto a la fuente" o por "el lado de la fuente". Hasta una treintena de estas referencias -infrecuentes en cualquier caso en otras zonas- pueden constatarse sólo en el término de Salinas de Oro, las más antiguas en euskera, como un "Iturburua" que se remonta a 1698 y que posteriormente pasó a conocerse por "Fuente de arriba". No faltaban las peculiares distinciones entre fuentes; así las que respondían a los patrones "Yturzabal" (fuente caudalosa) de 1698 e "Iturchiquia" (fuente pequeña) de 1805.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las relaciones entre los propios pueblos vecinos, por extraño que parezca, debían de ser escasas, lo que podría explicar el estado de abandono en que se hallaban en todo tiempo los caminos rurales. No hay más que prestar atención al diccionario de Madoz repitiéndolo una y otra vez, y no obstante por ellos tenía que pasar a diario el valijero del valle que venía de Estella. Los accesos intercomarcales que habrían de superar puertos de montaña apenas existirían, y las que luego se consideraron vías de primer orden -los caminos reales-, tardaron en llegar. En 1836 se hablaba ya del trazado del Camino Real de Pamplona por el puerto de Echauri -futura NA-700-, y aunque figuraba uno anterior como "Camino que va a Pamplona", era otra su dirección, de Salinas de Oro a los altos parajes del Esparaz, por donde dejaba la jurisdicción de Guesalaz para descender hacia el puente de Belascoáin sobre el Arga. Poca era la gente que hasta la última guerra carlista se desplazaba a Pamplona por rutas de esta índole, no por el grado de dificultad en invierno, sino porque las gentes de estos valles solventaban los asuntos mayores y menores, el comercio y las ferias ganaderas, en la ciudad de Estella, capital de la merindad. El paso del Esparaz, que hoy no transita nadie, ya era del conocimiento de Moret, quien en su afán por reconstruir a cualquier precio la Batalla de Valdejunquera no tuvo empacho en trazar por ella la huida postrera del rey Sancho. "Quedó haciendo espaldas a Pamplona con el ejército y sierra intermedia, por cuyos pasos recibía lo socorros sin riesgo de cortárselos". Al que sí le valió un éxito militar fue al más perseguido de los guerrilleros navarros, Espoz y Mina, que gracias a ese camino pudo sorprender desprevenido a un destacamento de húsares apostados en el puente de Belascoáin. También era ese el itinerario de la vieja Cañada Real de la Valdorba a los pastos de Andía, que cruzaba el corazón del diapiro de Aranbarren por la llamada "Curva de la Salinería". En cualquier caso, hubo que esperar al año 1780 para que se emprendiese en Navarra la construcción de una red de caminos carreteros empedrados entre valles o comarcas, que se requerían cuando los intercambios comerciales o las necesidades de transporte eran importantes, que muchas veces, por mostrar gran parecido con la idea que se tenía de las calzadas romanas, llevó y lleva a confusión a estudiosos y a paisanos. La iniciativa de aquellas vías se debió al arquitecto Santos Angel de Ochandátegui (1780-1801), artífice del Camino Real de Pamplona a Estella, que respetó gran parte de la vieja ruta de los peregrinos de Santiago, tan relacionada por lo demás con los valles de Guesalaz y Yerri, pues arteria era a la que se incorporaban los caminos de los pueblos, uno de los cuales venía de Aranbarren, el "Camino que va a Estella" (1698), conocido también por "Camino que va a Viguria".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras Moret, referencias y puntos de vista ahondaron en lo mismo sin poder determinar nada en concreto. Madoz se limitó a indicar que "el pueblo (de Oro) ha desaparecido". José Yanguas y Miranda, también en esa época, sostuvo con escasa convicción que "el pueblo de Oro y su castillo han desaparecido, y en su lugar existe hoy otro llamado Salinas de Oro, fundado en las inmediaciones del primero." Julio Altadill, el intrépido viajero de fines de aquel siglo, tampoco añadía nada nuevo: "El origen del nombre actual procede probablemente del exceso de fuentes salitrosas en su término y del hecho de haber existido un reducido poblado y su castillo de Oro." Del vocablo Oro anotó Luis Michelena en su diccionario de nombres euskéricos que era "de sentido indeterminado en Oro, Oronoz, Oroquieta, Ororbia, Oroz, Orozco, Orozqueta, Mendioroz." No han faltado intentos vanos por ubicar el enigmático castillo en la "Peña Grande", considerando que al pie se hallaba la "Iglesia del Señor Sant Jerónimo", hoy ermita solitaria y perdida en el monte sobre la que pesa una orla de devoción popular merced a un destacado personaje de la historia diocesana de Pamplona, fray José de Lefebre y Borbón, que en 1672 fue elegido primer general de los ermitaños de Navarra y que acabaría ejerciendo como tal en San Jerónimo. Aquel hombre afirmaba poseer la afilada piedra con la que el santo se infligía penitencia, que él mismo se encargaría de engastar. Pero porque corrió la voz por los valles de que eran muchos sus poderes curativos, la reliquia desapareció en manos de ricoshombres que disponían de privilegio de uso. De San Jerónimo creyeron algunos, pues, que podía corresponder a la iglesia parroquial de algún poblado, y a falta de localizaciones se optó sin más porque se trataba de la de Oro. Las incógnitas no parecen detenerse ahí, porque no han faltado intentos por relacionar Oro y su castillo con dos pueblos de Aranbarren de ubicación desconocida, Zuazu o Zugazu y Ianiz, Geniz, Jaitz o Xaitz, a raíz de lo que se decía en la donación del rey García el Restaurador al obispo de Pamplona: "La villa que se dice Ianiz et la villa de Çuaçu con el casteylo que se clama Oro, con todos sus pobladores a mi pertenecientes", que seis años después volvía a ratificar añadiendo el "molino que se dize Muniavia". Del primer lugar nada se sabe en concreto, mientras que del segundo, Jaitz, hay tendencia a identificarlo con el primigenio lugar de Salinas de Oro. Existió, no obstante, otro Yaniz entre Los Arcos y Etayo, según consta en sendos documentos de 1072 del monasterio de Irache y de 1090 de la catedral de Pamplona. Como quiera, aquellos Zuazu y Yaniz del espacio de Aranbarren de Guesalaz debieron de ser dos caseríos cercanos uno del otro, ubicados en las inmediaciones de las eras salineras y que habitaban algunas familias ocupadas en las labores de recogida de la sal, lo que parece probar el hecho de que todavía en 1492 se hablase en un documento local "de una era salinera en las Salinas, en la parte clamada Zuazu". &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-7548781756835087744?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/7548781756835087744/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=7548781756835087744' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/7548781756835087744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/7548781756835087744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-xi-mil-cristianos-se.html' title='Capítulo XI. Mil cristianos se refugiaron en un castillo'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_SzmNxEu0IIo/So801Eu8vNI/AAAAAAAAAHQ/aWkLlveUZ3A/s72-c/697.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-205425583285305967.post-4533536969229658709</id><published>2009-08-18T18:16:00.000+02:00</published><updated>2009-08-18T18:18:43.803+02:00</updated><title type='text'>Capítulo XII. El Emir de Al-Ándalus regresa a Córdoba</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La batalla acabó en victoria. Los cristianos se habían replegado. Sancho, muy a su pesar, le pidió a Ordoño que no dilatase por más tiempo su estancia en Valdejunquera y que "volviese aprisa a su reino a rehacerse de fuerzas", imaginó con buen tino Moret. La Reconquista, que no había hecho más que empezar, tenía que proseguir en otros lugares. El regreso a León de las maltrechas fuerzas tuvo que hacerse de nuevo por el mismo camino de la venida: por el corredor de la Venta de Zumbel, entre Andía y Urbasa. Los árabes, mientras tanto, emplearon cuatro días en arrasar todo cuanto había por los valles, lo propio de aquellas campañas de escarmiento y venganza, las temidas aceifas que tan honda huella dejaron en el subconsciente de las gentes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuántas canciones populares de Asturias y Castilla hablan todavía de la "venida del moro". "El Emir pasó cuatro días en destruir todas las propiedades cristianas de las inmediaciones, así como los campos y cosechas". Las operaciones de castigo comenzaron el 27 y finalizaron el 30, porque el 31 Abderramán habría de ponerse en marcha en dirección al Ebro, y antes de que concluyera aquel día ya había puesto sitio al castillo de Viguera, "que Sancho había fortificado para mantener la región, pero hallándolo abandonado por la población que había huido, lo mandó destruir", indicó Ibn Idari. La crónica de Arib Ibn Saad dirá, además, que el Emir "se dirigió a los fuertes fronterizos para reforzar sus guarniciones y cuidar del buen orden de sus defensas", y que una vez cumplidos los objetivos emprendió el camino de retorno a Córdoba. Pasaron por Atienza, en Guadalajara; allí, en la enriscada fortificación que fue una de las más legendarias de la Edad Media, acontece la solemne despedida de las fuerzas de los Banu Qasi que habían combatido en Valdejunquera: "El miércoles 16 de agosto Abderramán emprendió la retirada y llegó a la villa de Atienza, donde pasó el día. Los soldados de la Frontera que fueron con él recibieron trajes de honor y monturas, así como el permiso de volver a su país…" Semanas después, un 2 de septiembre, entraba triunfal el Emir en su palacio cordobés, después de una campaña de noventa días por el norte peninsular. Traía consigo para exhibirlas "las cabezas de los infieles muertos en los diversos combates, en tal cantidad que las bestias de carga no bastaron para llevarlas todas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atrás, muy lejos, al norte del Ebro, en tierras de la futura Navarra, quedaba la desolación de la derrota y el amargo sabor de los saqueos. El pensamiento legendario pronto iba a ponerse en marcha, sin necesidad de esperar a juglares y copistas en los monasterios. No era para menos en un Valdejunquera en el que se habían enfrentado por primera y última vez los tres monarcas más poderosos de la primera mitad del siglo X. El halo de los muertos sobre los campos perduró como el de los soldados francos exterminados por los vascones en el desfiladero de Valcarlos. A ese halo no escaparon tampoco los cronistas árabes. Si ya Arib Ibn Saad en su sede de Córdoba, sin ser siquiera testigo de la batalla, pudo imaginar y concebir a su antojo sobre los hechos acaecidos en la aceifa del 920, enardecido por los relatos de campaña sobre los que trabajaba, con mayor razón aún Ibn Idari, su compilador siglos después, pudo hacer gala de legendarismo dejando constancia de fantásticos hallazgos en los campos de Muez: "En ellos se encontró una enorme cantidad de mercancías, tiendas, joyas artísticamente trabajadas y vasos, y cerca de trescientos caballos". Moret -que ignoraba la crónica-, sorprendentemente también se hizo eco de los mismos o parecidos hallazgos: "Duran en el campo de Valdejunquera y al derredor muchos rastros hoy día de la batalla, levantándose con los arados bien frecuentemente lengüecillas arpadas de saetas, hierros de lanzas, pedazos de espuelas, trozos de frenos y algunos dorados todavía y con labor antigua y alguna vez con esmaltes de azul y oro". Pero la verdad se impone sobre la visión literaria y fantástica. Nunca nada se halló en esos campos; lo demuestra el hecho de que dos siglos después -mediados del siglo XIX- Pascual Madoz siguiese contando lo mismo, lo mismo que siguen contando los más ancianos de los valles cuando recuerdan haber oído decir que a veces los arados que tiraban los bueyes levantaban espadas y huesos humanos de entre los campos sembrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algún historiador determinó que la derrota de Valdejunquera fue la más aciaga de cuantas conocieron los cristianos desde la entrada de los árabes en suelo peninsular, pero ello no impidió que Ordoño al año estuviese guerreando de nuevo contra el Emir y que Sancho Garcés al cabo de tres se aventurase a recuperar las plazas perdidas: Cárcar, Calahorra y muy especialmente Viguera, lugar en que acorrala y consigue acabar con el gobernador Muhammad Ibn Abd Allah, su enemigo en Valdejunquera. La trascendencia de la batalla no estuvo ni en la victoria ni en la derrota, sino en lo que pudo haber pasado de haber caído en combate ambos monarcas, los únicos que en las dos primeras décadas del siglo X osaron enfrentarse a un poderoso Abderramán III. Sus muertes -que debieron de estar cerca- hubieran determinado que cordobeses y Banu Qasi del Ebro se adueñasen enteramente de toda la península ibérica, pues nadie quedaba entonces con la suficiente enjundia para hacerles frente. Y aunque los dos monarcas sobrevivieron, no fueron en cambio capaces de afrontar la desgracia y la fatalidad. El leonés fallecerá enfermo en el 924; el pamplonés, tras veinte años de esplendoroso reinado, le llegará su hora en 925, también enfermo, aun después de haberse curado milagrosamente. Sí, aquejado por fuertes males acudirá el rey Sancho en peregrinación a los más afamados monasterios de su reino, pero sin conseguir la más mínima mejoría, hasta que un día alcanza a visitar un remoto paraje del valle del Romanzado, al norte de la sierra de Leyre y a la vera del Salazar recién salido de la Foz de Arbayún. Allí se topa con el recóndito monasterio de Usún, ya consagrado desde el año 829. Contaba José de Moret que "los de aquella aldea (Usún) señalan un sitio desde donde comienza a descubrirse la torre de aquella iglesia (monasterio de San Pedro), y dicen que, avisándolo al rey que ya se descubría, salió de la litera e hincadas las rodillas adoró desde allí al sagrado Apóstol". Abderramán, en cambio, sobrevivió bastantes años a sus viejos enemigos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/205425583285305967-4533536969229658709?l=valdejunquera.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://valdejunquera.blogspot.com/feeds/4533536969229658709/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=205425583285305967&amp;postID=4533536969229658709' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4533536969229658709'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/205425583285305967/posts/default/4533536969229658709'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://valdejunquera.blogspot.com/2009/08/capitulo-xii-el-emir-de-al-andalus.html' title='Capítulo XII. El Emir de Al-Ándalus regresa a Córdoba'/><author><name>Carlos Viñas-Valle</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://2.bp.blogspot.com/-Wp82w-i-aCU/TncTrvTuuQI/AAAAAAAAA1o/VEh3j-IJALo/s220/lafotoss.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
